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Hito ferroviario | El impacto urbano

Extraños en un tren

De la metáfora al tópico y de este a la velada insinuación política, algunos de los discursos

inaugurales fueron propios de otro siglo

Miércoles, 9 de enero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JOSEP MARIA FONALLERAS

En 1862, el tren llegó por primera vez a Girona. Me lo cuenta Carles Gorini, un amigo historiador a quien fascina el ferrocarril y todo lo que tenga que ver con él. Las crónicas del momento se refieren a una fiesta ciudadana por todo lo alto, con repique de campanas, procesión de gigantes y cabezudos, banda militar, bailes populares y versos como este: «Que la miseria ha huido al dar el monstruo su primer silbido».

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Ciento cincuenta años más tarde, la cosa es distinta. También hay autoridades, por supuesto, pero no hay campanas ni jolgorio. El asunto se convierte en un trámite que va de la metáfora al tópico y del tópico a la velada insinuación política. Todo se celebra a unos cuantos metros bajo tierra, y «el bullicio de la población» a que se refería el diario Lo Geronès en el siglo XIX se convierte en el XXI en protesta a distancia, mientras príncipes, políticos, gestores y demás, encapsulados en el nivel -1, descubren la placa y lanzan mensajes que reverberan en una estación donde reinan el frío y los murmullos. Y un fondo musical, a mitad de camino entre Michael Nyman y la banda sonora de una consulta de dentista.

En el interior, la escenografía es high tech, con una descomunal barra de hierro que no se sabe si es decorado o si realmente sirve para fijar las paredes. En el exterior, donde una vez hubo un parque, se asienta lo que muchos ya empiezan a llamar la «zona cero» de Girona, un espacio desolado, desértico, lleno de escombros. En el interior, un vídeo publicitario da inicio al festival del tópico gerundense. Resulta que la infraestructura ferroviaria es «moderna, genial y universal» y que «la genialidad nos acerca al mundo». ¡Demonios con la genialidad!. Huelen a Dalí y a los creativos les sale la genialidad por los poros. Es automático. Para acabar este primer capítulo, nos enteramos de que el AVE es «un nuevo triunfo de la imaginación sobre el espacio y el tiempo». Como si en lugar de alta velocidad habláramos de un acelerador de partículas. Eso, en el interior. Fuera, protestan quienes no quieren a Felipe de Borbón, quienes luchan contra los desahucios y quienes, como los vecinos del barrio de Sant Narcís, llevan años en dura batalla contra el espacio que les han invadido y el tiempo que han tardado en acabar (es un decir) las obras.

El primero en tomar la palabra es el alcalde de Girona, que no ha sabido hasta última hora que podría hablar, aunque fuera poco, y se muestra hospitalario pero incisivo. Habla de heridas que conviene restañar y de la normalidad aún no recuperada. También en la parte reivindicativa del acto, el president Mas da una lección de historia sobre raíles e identifica a Catalunya con la locomotora que ha sido durante tantos decenios, el «adalid» de la economía española, que no recibe el tren como un privilegio sino como un acto de justicia -tambores lejanos- y con la mirada puesta en una Europa que no atiende a los «estados tradicionales» sino a una nueva concepción política que nada tiene que ver con la hispánica unidad de destino en lo universal sino con otra unidad más tangible, la del mercado.

Pastor y Rajoy tiran también del carro de los guiños, pero esta vez en clave de tremendo topicazo. La ministra de Fomento nos descubre los encantos de la «bellísima Costa Brava» y habla de «hitos» y de «cohesión y vertebración», palabras que repetirá el Príncipe y que son, en este mundo de metáforas ferroviarias, algo así como un aviso para locomotoras. Y, por supuesto, se saca de la manga a Josep Pla, que vale para todo, y nos informa de que viajar sirve para ser tolerantes, una reflexión francamente original.

«Vías de entendimiento»

La palma, sin embargo, se la lleva Rajoy, que vuelve al espíritu del manual de la formación del espíritu nacional que yo estudié en el siglo pasado. Dice «Gerona» y le sale «una de las provincias más hermosas de España». Automático. No habla de «peculiaridades regionales», pero poco le falta, y no puede evitar la tentación de entender las líneas férreas como «costuras» y clamar por la «voluntad de avanzar juntos» ya que «los raíles son vías de entendimiento». Y más: el AVE como ejemplo. Si se han superado «dificultades orográficas» tan complicadas ¿cómo no se van a resolver otros problemillas con la «tierra catalana»?

Y Felipe, a lo suyo. Cohesión y vertebración, que es lo que tiene el tren. Y Catalunya como puerta de España para poder ver lo bonita que es «mi estimada comarca del Ampurdán». Los cronistas de 1862 estarían encantados. El espacio puede que no, pero el tiempo ha sido abolido.

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