El Periódico

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EL PERSONAJE DE LA SEMANA

Íñigo Errejón, el 'uno' bis

Nunca quiso ser 'número uno' pero ha asumido que tampoco puede anclarse al rol de asesor brillante. Tras meses de contención, se desmarca. Advierte que si Pablo Iglesias cambia el rumbo, Podemos fracasará.

Sábado, 31 de diciembre del 2016

Su primera revolución fue la de los microondas. En el 2004 Íñigo Errejón era un estudiante de la beca Erasmus en Utrech (Holanda) y militaba en Juventudes Anarquistas. Harto de no poder calentarse la comida cuando lo necesitaba por la escasez de estos electrodomésticos, convocó una asamblea. Fue puerta a puerta llamando a los vecinos de todo el edificio. Les convenció, protestaron y no hubo más remedio que hacerles entrega de una remesa de microondas.

La anécdota describe el espíritu de un político de formas afables que lleva la revolución corriendo por las venas, convencido de que hay luchas que pueden cambiar la vida de la gente, siempre que esa gente esté unida. Lo aprendió en Latinoamérica, donde hizo su tesis doctoral sobre la lucha por la hegemonía del MAS en Bolivia, y leyendo a sus dos referentes intelectuales: Antonio Gramsci y Ernesto Laclau.

'PUEBLO' FRENTE A 'ÉLITE'

Ese pegamento social para él es Podemos: un partido que dotaría de significado a las múltiples demandas de una ciudadanía diversa para construir un sentimiento de pertenencia común, un "pueblo" frente a una "élite". Si no existe esa identificación mayoritaria, transversal, de gente que proviene de diferentes lugares, Podemos nunca llegará al poder. Esa es su tesis. Su hipótesis de doctor en Ciencias Políticas que dio nacimiento a Podemos. Y la que ahora, le separa de su amigo y compañero Pablo Iglesias.

El 26-J, a las dos de la tarde, supo que no lograrían el 'sorpasso'

Tras el 26-J, el secretario general decidió poner el acento en la pertenencia a la "clase obrera", mientras que Errejón cree que con esas etiquetas nunca llegarán a ser una opción mayoritaria y perderán como ya lo demostró la vieja izquierda.

Ese giro táctico que pretende imponer Iglesias en el congreso estatal del partido, en febrero, fue la espita para que el secretario político dijese basta y, por primera vez, se permitió discrepar abiertamente.

Fue el 22 de noviembre. Dijo "rotundamente no" a la idea de fusionarse con IU. Se desmarcó y ese discurso diferenciado y argumentado le permitió construir una identidad a la que casi la mitad del partido ya siente pertenecer. Su liderazgo ha cambiado. Desde que consiguió el 39% de los votos en la consulta interna el pasado 22 de diciembre, ha asumido que ya no puede ser solo un estratega brillante, un número dos, sino que le toca ejercer otro papel.

No le ha resultado fácil aceptarlo. Nunca quiso ser 'número uno', es un cargo que "detesta", explican sus amigos, y no quiere disputarle la secretaría general a Iglesias. Tratará de evitarlo a toda costa y su reto, cuentan, estriba en mantener el rumbo original de Podemos sin que esas discrepancias con el secretario general dañen la nave.

La lucha es dolorosa porque Errejón e Iglesias se quieren. No es que se respeten, que se admiren o que se tengan afecto. Se quieren, con lo bello y lo venenoso que contiene la palabra. Y lo hacen a pesar de esas guerras que les desgarran. Se siguen queriendo, y ahí anida la esperanza y la tragedia. Cuando Iglesias pronunció la "cal viva", Errejón estaba profundamente enfadado pero solo enarcó las cejas. Reconoce que entonces aprendió que en el escaño no puede permitirse ni eso.

UN 'POSMO'

"Es poliédrico. Radical, afable y con capacidad de entendimiento"

Sus adversarios pablistas le han llamado tibio, moderado y hostigador. Pero hay un calificativo desconcertante, absurdo y sublime con el que le atizan desde la izquierda en un intento maravilloso de erosionar esa imagen de intelectual aventajado que ha ido construyendo: "Es un 'posmo' (por posmoderno)", dicen bajito, y uno se los imagina tecleando en sus Olivettis o pintando corazones en las paredes mientras esperan a que llegue el cambio político en un atardecer místico.

Los que dicen valorarle, desde el PSOE, o los que le consideran la 'esperanza blanca' del socialismo, no le conocen. Errejón es poliédrico: un radical con formas amables y capacidad de entendimiento. Su fidelidad al proyecto morado no la ponen en tela de juicio ni aquellos que más le detestan en su partido. "Si un día lidera Podemos, el PSOE desaparecerá", se sincera un relevante dirigente socialista.

A veces es difícil decidir si es humano o replicante. Le incomoda exhibir sentimientos, es pudoroso y Extremadamente cauto. Sus homólogos en el Congreso y su equipo de colaboradores reconocen que tiene una gran permeabilidad y que siempre pide opinión desde una ausencia de ego que sigue sorprendiendo a políticos de otras fuerzas. Pide honestidad, es terriblemente exigente y, dicen, acepta las críticas con humor. Como cuando medio país se rió con su reflexión sobre el "núcleo irradiador".

TERMÓMETRO SOCIOLÓGICO

Errejón tiene una obsesión absoluta por aprender y logra intelectualizar gestos que otros viven como meras anécdotas. Es una especie de termómetro sociológico. Cuando una mujer le dijo que le votaría más adelante, cuando Podemos siguiese siendo valiente pero sin dar miedo, entendió que existe un amplia capa de la población que simpatiza con el cambio pero necesita más certezas. Cuando habla catalán en un mitin (vivió en Girona) estudia por qué Podemos tiene un electorado distinto allí que en Madrid. El 26-J a las dos de la tarde vio la participación y supo que no iban a lograr el ansiado 'sorpasso' al PSOE.

Cuenta su gente que no se cuida. Lee mucho, duerme poco. No desayuna, come cualquier cosa y por la noche pide carne, casi cruda. Es capaz de escuchar rock en catalán, Camela, Habeas Corpus y ska sin enloquecer. "Es más agarrado que un chotis", admiten sus amigos, y en campaña mira el presupuesto con lupa. Juega a la FIFA y al Catan. Pero ahora está apunto de disputar la partida más importante de su vida. Sobre el tablero de Podemos.

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