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LA REACCIÓN DE LOS LECTORES AL 'CASO BÁRCENAS'

«Me hierve la sangre»

La acumulación de casos de corrupción en plena crisis y la creencia de que los implicados gozan de impunidad disparan la indignación de los ciudadanos

JOAN CAÑETE BAYLE

Sábado, 19 de enero del 2013

«Solo una pregunta -escribe, sucinto, en un correo electrónico Francisco Cabeza Carmona, de Granollers-. Y nuestro Fuenteovejuna, ¿para cuándo?». Con su pregunta, este lector le pone unos simbólicos signos de interrogación al hartazgo de Francisco Tabernero, de Sant Feliu de Llobregat («La corrupción seguirá carcomiendo España hasta que los ciudadanos digamos 'basta'»); al lamento de Fernando Arce, de Santander («La corrupción mata a la democracia»); al desencanto de Luis de Miguel («Aquí el que no hace nada es que es tonto de remate»); al pesimismo de Ricardo Servat, de Barcelona («Esto, sin una catarsis profunda y auspiciada desde la ciudadanía, tiene mal remedio»); y al diagnóstico, a la fuerza preocupante y descorazonador, de José Joaquín Sanz, de La Pineda: «Cáncer en fase de metástasis».

Corrupción. La palabra del momento después de que se desvelara que el extesorero y exsenador del PP Luis Bárcenas tenía varios millones de euros en cuentas en Suiza y de que el diario El Mundo publicara ayer que durante años pagó sobresueldos en dinero negro a la cúpula del partido conservador, ahora en el Gobierno. No solo es que llueva sobre mojado («Caso Gürtel, el único condenado el juez que lo investigaba; Millet, todavía en la calle; Fabra, con su estatua; Camps, denigrante», escribe Josep M. Blanch, de L'Hospitalet), sino que el fango salpica a (casi) todo el mundo: «El problema no es solo de los políticos. Estamos ante un sistema de corrupción generalizada» (Santiago Díaz. L'Hospitalet).

UNA CASTA IMPUNE Esta, que la corrupción es generalizada y que los políticos forman una casta impune, es la primera (y demoledora) idea que deja entre los ciudadanos la catarata de casos de corrupción que casi a diario saltan a la palestra. La segunda, que ha llegado el momento de decir basta. No solo a los políticos, sino a lo que muchos lectores del diario consideran una cultura social que se muestra tolerante con la corrupción, la acoge y hasta la incentiva. «Urge una regeneración de toda la sociedad, tanto de la clase política (la que recibe) como de la sociedad civil (la que entrega)», escribe un lector que firma como «un ciudadano harto que paga todos los años sus impuestos».

No solo la acumulación de casos de corrupción explica este basta ya, esta indignación ciudadana. La crisis, claro, es el motor que todo lo mueve en esta España (y Catalunya) del 2013. «En esos sobres estaba nuestra paga extra», gritaron ayer unos manifestantes ante la sede del PP en Madrid. «Como ciudadana, me hierve la sangre. La mayoría de los privilegiados que nos levantamos cada día a las seis de la mañana y viajamos en un transporte público caro y que deja mucho que desear estamos todo el día fuera de casa para sobrevivir y cuando miras las noticias descubres cada día a un ladrón, como si esto fuera un campeonato para ver quién roba más», acusa Lucía Isaza, de Barcelona. «¿Por qué siempre tenemos que hacer sacrificios las clases humildes y todos los implicados salen siempre inmunes?», escribe Pedro Puertas, de Barcelona.

MÁS ALLÁ DE LA INDIGNACIÓN ¿Qué hacer, además de indignarse? En estos debates siempre se suelen hacer las mismas reivindicaciones: listas abiertas, transparencia, dureza de la ley (y de los jueces que la imparten), transparencia, rigor e imparcialidad de los medios de comunicación en la denuncia del desmán... Las recetas son conocidas; tanto como extendido está el escepticismo de que sean los partidos políticos los que las implanten. La fábula del zorro y las gallinas, o, en (resignadas) palabras de Alegría Calderón, de Barcelona: «La corrupción no terminará nunca con este sistema. Los políticos se tapan los unos a los otros y no tiran piedras sobre su propio tejado. Por mucho que nos indignemos, no lograremos nada».

Aun así... «¿Cuándo reaccionaremos en este mundo tan desquiciado en el que se aprovechan unos pocos y sufrimos todos los demás?», se pregunta Roser Bermudo, de Vic. Y en un correo enviado desde Girona, Anna Reverter le contesta: «Será mejor que nos movilicemos pronto, porque si no corremos el riesgo de que alguien que no nos guste, tipo Berlusconi, lo haga por nosotros». Dicho queda.

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