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Josep Borrell

El malestar ciudadano

Josep Borrell

Expresidente del Parlamento Europeo

Una crisis de la política

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Lunes, 1 de abril del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

A medida que la (mal) llamada crisis del euro se ha ido extendiendo, ha cambiado de naturaleza. Ahora es ya una crisis política que cuestiona gravemente la esencia misma del proyecto europeo. La última encuesta de Eurostat muestra la grave desafección de las opiniones públicas, especialmente los jóvenes, hacia una Unión Europea que ya no es una promesa de prosperidad compartida.

De igual manera que la crisis en Europa se ha convertido en una crisis de Europa, la crisis política es en realidad una crisis de la política. Los partidos se ven afectados por problemas de corrupción y los ciudadanos acaban por creer que pueden cambiar de Gobierno pero no de política porque la dictan la globalización, las exigencias de los mercados financieros o las decisiones de Bruselas, es decir, de Berlín.

El problema es general y profundo. Cuando el presidente Napolitano encarga a Bersani que intente formar Gobierno, reconoce que los italianos están hartos de sus partidos. Cuando en Chile se suprime el voto obligatorio, la participación electoral en las municipales, las más cercanas a los ciudadanos, se derrumba hasta menos del 40%. La baja participación es una constante en toda Europa, con excepciones como las presidenciales francesas. Emergen movimientos populistas anti que buscan chivos expiatorios en los emigrantes o soluciones mágicas en el aislamiento. Ocurre en países de honda tradición democrática como el Reino Unido, con el ascenso del UK Independency Party, o Finlandia.

Al paso que vamos, España puede ser un caso especialmente grave de esta crisis de la política debido a la conjunción de unos niveles insoportables de corrupción y las graves consecuencias sociales de la crisis económica. Y la sensación de impunidad constituye una mezcla explosiva.

Las expresiones de indignación social que se han producido reflejan una crisis que exige reformas profundas en el funcionamiento de los partidos. Hemos llegado al final del modelo creado en la transición, que priorizó la estabilidad de los partidos y concentró el poder en sus cúpulas, que deciden el acceso, ascenso y exclusión de los candidatos por métodos opacos que no son ni democráticos ni meritocráticos.

El resultado es una pérdida de calidad de la política, débil democracia interna y escaso control interno y externo de la financiación de los partidos, terreno abonado para la corrupción. Pero son males que tienen remedio. Hay países que han resuelto muchos de esos problemas porque se han dotado de reglas adecuadas. La ley alemana, por ejemplo, exige que las cuentas de un partido estén firmadas por su máximo responsable y auditadas externamente, los partidos son responsables penalmente y sus presidentes y tesoreros no pueden tener cargos en las fundaciones afines. Con eso, muchas de las cosas que ocurren por aquí no podrían pasar en Alemania.

Pero el punto más débil es la elección de los candidatos a los puestos de representación política y la exigencia de responsabilidad ante conductas reprobables o simplemente errores. El descrédito de la política en España proviene en buena medida del sistema electoral de listas cerradas y a ese adagio popular ya consolidado de que «aquí no dimite nadie». Los ciudadanos no votan a sus representantes; en la práctica, votan a partidos cuyas direcciones escogen a los componentes de las listas, que en su gran mayoría son desconocidos por los votantes. Y eso condiciona el comportamiento de los representantes, que se deben menos a sus representados que a los que les pueden poner o quitar de las listas. Como presidente del Parlamento Europeo pude apreciar cómo los sistemas electorales condicionan enormemente las actitudes de los diputados. Nada parecido entre el diputado británico y el español.

Por eso en Estados Unidos -en Wiscosin, en 1902- inventaron las elecciones primarias abiertas a los ciudadanos para elegir a los candidatos a todo y romper así la opacidad de los aparatos. Recientemente, en Europa ese sistema ha tenido mucho auge. En Francia y en Italia ha dado alas a la renovación de la izquierda y sus expectativas. En cada vez más países los candidatos son elegidos por elecciones directas internas entre militantes o simpatizantes. Y los representantes de los militantes en los congresos de los partidos deberían también ser elegidos de forma directa y transparente, acabando con un sistema de listas cerradas y bloqueadas que da a las direcciones un amplio margen para influir en los resultados.

En tiempos de crisis, a la democracia le salen muchos enemigos. Para fortalecerla hay que aumentar su calidad en las tres tareas básicas que deben cumplir los partidos: elaborar propuestas de gobierno, seleccionar al personal político y socializar la política para que esta no quede secuestrada por ellos.

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