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Albert Solé

VIAJE A LA ANTÁRTIDA (4)

Albert Solé

Periodista y director de documentales

Por fin... la Antártida

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Miércoles, 9 de enero del 2013

8 de la mañana. Equipados hasta las cejas y con ropa térmica, nos dirigimos al aeropuerto para abordar el vuelo con dirección a la Isla Rey Jorge. El avión va repleto de turistas, se supone que millonarios, que han pagado una pasta para poder contarle a sus amistades que han pasado un día en la Antártida. De hecho, casi todos van por la mañana y regresan por la noche a Punta Arenas con muchas horas de vuelo, cansancio y el bolsillo considerablemente aligerado. Miran con curiosidad al grupito de científicos españoles encabezados por una respetable veterana como Pepita. Le pregunto cómo se siente, responde que con mariposas en el estómago. Y por fin, cuando, tras dos horas de vuelo, empiezan a vislumbrarse las primeras montañas nevadas, las mariposas empiezan a volar a sus anchas por los estómagos de todo nuestro grupo. Y no será por falta de experiencia. Eugenio y Ana, compañeros de Antonio Quesada llevan ya unas cuantas campañas antárticas encima. Pepita, ni decirlo. Clara, la nueva doctora, y mi equipo, con el director de fotografía Hans Hansen y el sonidista Marc Casademunt componemos el grupo de novatos. Pero la Antártida tiene un algo de místico y un mucho de mítico. Según me cuentan, por mucho que la conozcas nunca dejará de emocionarte.

El equipo posa al llegar al aeropuerto. HANS HANSEN

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El equipo posa al llegar al aeropuerto.
Pepita Castellví y Albert Solé, sobre el hielo de la Antártida.
El equipo de científicos llega al Hespérides.
Pepita Castellví, sobre el buque.

La ilusión se desborda cuando el avión aterriza en la pista de ripio de la isla, rodeados de nieve y con un cielo de azul profundo y limpio. Un lujo de día. Acto seguido, los turistas millonarios enfilan un camino precedidos por la guía turística de la compañía. Aún no se lo han dicho, pero les toca bajar andando hasta la playa: Unos cuantos kilómetros pisando charcos de nieve fundida con los pies en el agua. Muchos no están preparados. Querías aventura... aquí la tienes. En cambio nosotros, somos recibidos a pie de avión por el coordinador logístico de la campaña antártica española, Miguel Ángel Ojeda, Miki para los amigos, y el comandante del Hespérides, Jaime Cervera, de físico quijotesco. Bendita coordinación. Si algo no se les puede negar a científicos y militares es el sentido de la organización. Nos suben en un 4X4 de la armada chilena para llevarnos hasta la playa, un objetivo muy loable si no es porque el todoterreno acaba enterrado en la nieve ya muy cerca del destino. Una vez allí aparecen los primeros pingüinos y una foca somnolienta. Qué más se puede pedir. Les acribillo a fotos aunque me avisan de que de eso no me va a faltar. Los militares nos disfrazan de "teletubbies", trajes secos, como rezan los protocolos de seguridad. Nos embarcan en la 'zodiac' y nos dirigimos al imponente buque científico de la armada, el mítico Hespérides.

Resulta complicado moverse con los trajes tamaño XXXL, pero el momento inenarrable es el de encaramarse por la escalerilla del barco. Ante los múltiples ofrecimientos de ayuda que recibe Pepita (un marino le pregunta incluso si quiere un arnés para subir) ésta responde con desdén. ¡Menuda es ella! O sea que a los pocos segundos está trepando como un mico por la escalera con una agilidad que para mí la quisiera mientras refunfuña contra el protocolo de seguridad que en su época, dice, no existía, ni falta que hacía. La verdad es que el barco es una maravilla, bien dotado para la investigación, bien atendido por unos 30 militares y con conexión permanente de telefonía e internet, desde donde estoy escribiendo esta crónica.

Hacia la medianoche llegaremos a la bahía sur, la más cercana a la Base Antártica Española desde donde, me figuro que, otra vez vestidos de teletubbies, desembarcaremos. Claro que aquí la luz no cambia demasiado entre la noche y el día; cambia el clima. Hemos salido con un sol radiante, rodeados de los paisajes imponentes de la cordillera de las Shetland del sur y de alguna que otra ballena despistada y ahora nos adentramos en un cielo gris y pesante. No, ¡Acaba de cambiar al malva!. Los icebergs adquieren colores rosados a estribor mientras babor es gris. Son las 23 horas pasadas. Un poco místico sí que es, se lo dice un agnóstico total. Ya falta poco para llegar a la isla Livingston, el hogar de Pepita durante tantos años. ¿Reconocerá "su" base? Allí pasaremos varios días y sobre todo nos comeremos las uvas bajo el sol de medianoche y un frío que pela. ¡Feliz 2013 desde el fin del mundo!

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