El Periódico

Los sábados, ciencia

Salvador Macip

Salvador Macip

Médico e investigador de la Universidad de Leicester.

El origen del lenguaje

Sábado, 24 de enero del 2015

Una de las cosas que nos hacen únicos a los humanos es la capacidad de usar el lenguaje para comunicarnos. Ningún otro animal en este planeta puede hacerlo. Hemos hablado de eso otras veces: aparte de su utilidad como herramienta, el lenguaje nos ha permitido evolucionar, ha dado forma a nuestras sociedades y, en el fondo, nos ha hecho como somos. Si lo llevamos a las últimas consecuencias, podríamos ciertamente creer que los límites del lenguaje son también los límites de nuestro mundo, parafraseando la máxima de Wittgenstein. Es por todo ello que el estudio del lenguaje, tanto desde el punto de vista histórico como del científico, siempre ha despertado mucho interés, sobre todo en cuanto a sus misteriosos orígenes.

No está del todo claro en qué momento empezamos a crear palabras. Como no hay ninguna prueba documental que haya sobrevivido hasta nuestros días (las grabadoras son un invento moderno, por desgracia), todo lo que podemos hacer es hipotetizar. Hay científicos, por ejemplo, que creen que más de dos millones de años atrás los primeros humanos ya habían desarrollado algún tipo de lenguaje rudimentario. Otros dicen que eso no pasó hasta mucho más tarde, quizá hace solo 50.000 años, en pleno Paleolítico Superior, cuando los cromañones estaban a punto de comenzar a extenderse por Europa. Si realmente fuera así, significaría que antes habríamos inventado el arte (los primeros restos artísticos tienen unos 70.000 años de antigüedad), lo que no deja de ser curioso.

Quizá podríamos definir mejor los inicios del lenguaje si entendiéramos qué necesidad concreta nos empujó a crearlo. Si nos basamos en los principios de la evolución, que nos dicen que en biología estos cambios tan importantes no suelen ser accidentales, podemos aventurar que la selección natural debió tener algo que ver. Es decir: si el lenguaje se ha consolidado como parte esencial de nuestra especie es porque debería proporcionarnos alguna ventaja a la hora de sobrevivir. Eso es lo que piensan un grupo de psicólogos de la Universidad de California, en Berkeley, dirigidos por el doctor Thomas Morgan. En un artículo publicado la semana pasada en la revista Nature Communications proponen que el lenguaje podría haber surgido por la necesidad de explicar a nuestros congéneres cómo fabricar utensilios de piedra, una habilidad revolucionaria que nos permitió empezar a dar pasos de gigante hace un par de millones de años.

Los psicólogos dividieron un grupo de estudiantes en grupos. Enseñaron a varios voluntarios cómo fabricar lascas olduvayenses, unos trozos de sílex cortantes en forma de concha que son una de las primeras herramientas que se conocen. No es un trabajo fácil, porque hay que golpear la piedra de una manera concreta para que quede bien afilada. En el primer grupo no había ninguna persona que supiera generar las lascas, solo el material necesario y unos cuantos ejemplos. A los otros les pusieron un maestro que podía enseñar a un alumno lo que hacía: en un grupo no se podía comunicar, en otro podía hacer solo gestos y en el último podía hablar para explicar el proceso en detalle. Cuando alguien lo aprendía, se convertía en el maestro del siguiente miembro del grupo.

Usando esta cadena de transmisión de información se llegaron a generar más de 6.000 lascas. Como era de esperar, el grupo que no tenía tutor no salió muy bien parado. Pero solo mirando tampoco se lograron resultados satisfactorios. Solo en los dos últimos grupos, en los que había algún tipo de comunicación entre maestro y alumno, las lascas eran del tamaño adecuado y suficientemente punzantes para ser útiles. Y concretamente, cuando se usaba el lenguaje se cuadruplicaban las posibilidades de obtener buenos resultados. Concluyeron que una explicación del boom tecnológico de principios del Pleistoceno sería que nuestros antepasados descubrieron la manera de explicar a sus compañeros cómo se construían las herramientas, primero con gestos y finalmente con un lenguaje rudimentario. La producción más efectiva de lascas sería lo que hizo que sobrevivieran mejor.

Naturalmente, estos experimentos tienen la limitación de que han sido hechos con voluntarios que han nacido y crecido en un entorno donde el lenguaje es básico para funcionar. Es probable que sus cerebros sean adictos a él de una manera que los humanos primitivos no se podrían imaginar. Deducir a partir de ahí lo que ocurría en las llanuras de Tanzania, donde el Homo habilis producía sus lascas, quizá es demasiado optimista, pero la hipótesis no deja de ser interesante. En todo caso, parece mentira que una capacidad que apareció por la necesidad de difundir conocimientos que nos permitieran avanzar se use tan a menudo hoy en día para esparcir mentiras, odio e ignorancia, que tienen justo el efecto contrario.

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