El Periódico

La compatibilidad entre Islam y democracia

Manuel-Reyes Mate Ruperez

Reyes Mate

Filósofo e investigador del CSIC

De la mezquita a la escuela

Urge llevar a las aulas las grandes tradiciones religiosas, pero con la mirada de la enseñanza laica

Sábado, 12 de diciembre del 2015 - 18:30 CET

Para no incriminar al Islam en los recientes atentados de París, toda declaración políticamente correcta debía separar la violencia de la creencia islámica. Una cosa es el fanatismo yihadista y otra, la fe en Mahoma. Era una medida prudente, habida cuenta de la islamofobia reinante, pero tan discutible en sí misma que no ayuda a resolver o disolver el viejo asunto de la violencia religiosa. Porque la verdad es que las tres religiones monoteístas tienen un alma violenta. No hay más que echar un vistazo por las tierras mediterráneas pobladas de guerras santas. La tolerancia solo llegó a Europa cuando la política se desentendió de la religión.

Solo se llegó a ese punto cuando las mentes más clarividentes de la Ilustración reconocieron que las guerras seculares de nuestro entorno tenían una raíz teológica que había que aclarar de una vez por todas. El dramaturgo Efraim Lessing la planteó genialmente en su obra Natan el Sabio al preguntarse “¿cómo tres religiones distintas, con pretensiones de verdad absoluta, pueden ser al tiempo verdaderas?” Ahí la guerra está servida porque cada una querrá hacer valer su verdad excluyente “por lo civil o por lo militar”. La salida la ofrece el protagonista de la obra, el sabio Natán, cuando dice que todos “antes que diferentes somos iguales”. Antes que judíos, moros o cristianos, somos seres humanos. La tolerancia comenzó el día en que la política dejó de inspirarse en la religión y aceptó basarse en la humanidad que nos une.
  Al catolicismo le costó entenderlo. La iglesia condenó la modernidad y anatematizó la libertad echando mano de armas espirituales y materiales. Hasta se prohibió a los católicos leer periódicos liberales (exceptuando eso sí, “la información sobre cotización de la bolsa”). Todavía hoy la jerarquía católica española más que compartir la democracia, la sobrelleva.
  Lo que ahora nos preguntamos es si el Islam puede hacer el mismo camino, si su alma hospitalaria y convivencial es compatible con una cultura política no excluyente como la laica. Nada hay que lo impida pues estructuralmente el Islam es mucho menos excluyente que el cristianismo o el judaísmo. Por María y Jesús hay en el Islam un respeto que no se da entre los cristianos por Mahoma, por ejemplo. Y en su historia hay teóricos de la tolerancia como Averroes sin parangón en el cristianismo de la época.

EL LENGUAJE DEL CREYENTE


El problema no es su capacidad de cohabitación con la democracia, como sistema político, sino la laicidad. Propio de esta es tratar la religión no en clave confesional sino desde la razón crítica. Lo explicaba bien el filósofo Jürgen Habermas en el debate que sostuvo con el anterior Papa, Joseph Ratzinger. El viejo Habermas que se había jactado en su juventud de tener “poco oído para la religión”, reconocía ahora la importancia de valores religiosos para la construcción de una democracia mejor, pero a condición de que “hablaran el mismo lenguaje que los ciudadanos”. Las religiones tienen su sitio en la democracia a condición de que los creyentes aprendan a presentar sus valores laicamente. No estaba defendiendo algo tan obvio como que sin cultura religiosa nos costaría entender la pintura de El Greco, la grandeza de las catedrales medievales o los entresijos de nuestros mejores escritores, sino otra cosa mucho más sutil. Pedía a los creyentes que se esforzaran en presentar sus valores o propuestas no en el lenguaje de la fe sino en el de la razón. Por ejemplo, que si se oponían a la ley del aborto no fuera porque lo dice el Papa o el Corán sino porque tienen argumentos científicos o morales. Esta invitación a hablar de lo religioso con el lenguaje de los hombres tenía dos grandes ventajas; por un lado, incitar al creyente a manejar argumentos que pueden ser compartidos o rebatidos por los demás. Y, por otro, educar a ese mismo creyente en el manejo de una razón crítica que le permitiría distinguir en su religión lo aceptable de lo inaceptable. El creyente no tiene que renunciar a su lenguaje sino esforzarse en traducirlo. Y esto no se aprende en las mezquitas o iglesias sino en las escuelas cuando se abordan estos temas desde la historia o la filosofía de las religiones.

Esta tarea de pasar la creencia por el cedazo del lenguaje secular es algo que afecta al Islam pero también a las otras religiones porque no olvidemos que todavía en España y a estas alturas de la historia, las Cortes nos han aprobado la ley Wert que eleva la catequesis en la escuela a asignatura de primer orden. ¡Esta ley sería el sueño de los yihadistas!. Urge por tanto llevar a la escuela el estudio de las grandes tradiciones religiosas pero hecho con la mirada crítica y universal de la enseñanza laica y no con la corporativa de las respectivas religiones. Esto enriquecería a la democracia pero también a los propios creyentes porque les ayudaría a no comulgar con ruedas de molinos.

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