El Periódico

Los SÁBADOS, CIENCIA

Salvador Macip

Salvador Macip

Médico e investigador de la Universidad de Leicester.

La ignorancia científica

Demasiado a menudo la ciencia se ve obligada a compararse con las teorías más peregrinas

Sábado, 21 de marzo del 2015

Hace unos días, en una televisión publica entrevistaron a J. M. Mulet, investigador y divulgador, que acaba de publicar Medicina sin engaños, un libro atrevido y muy bien documentado sobre la estafa de las seudociencias. El espectáculo fue triste. Quien le hacía las preguntas no solo se olvidaba de la supuesta neutralidad periodística (un pecado, por otra parte, frecuente hoy en día), sino que, haciendo patente su absoluta ignorancia, trataba al doctor Mulet como una persona obsesionada por sus convicciones y que rechaza considerar alternativas igual de válidas.

Por desgracia, este es un problema muy extendido al que se enfrenta la ciencia. Demasiado a menudo se la obliga a compararse con ideas peregrinas e indemostrables, como si estas tuvieran el mismo valor que una teoría confirmada con años de investigaciones. La ciencia no es una cuestión de creencias, sino de hechos. Por ejemplo, que la homeopatía no tiene ningún efecto biológico más allá del placebo no es una opinión: es una realidad. También lo es la evolución o que la Tierra gira alrededor del sol. No hay vuelta de hoja. ¿Por qué, pues, los científicos debemos seguir luchando contra esta suspicacia enquistada cuando intentamos explicar cómo funcionan las cosas? Se trata de un problema básico de comunicación.

Vladimir de Semir, uno de los grandes expertos en el tema de la divulgación científica que tenemos en el país, acaba de publicar Decir la ciencia, un interesante estudio que analiza la difícil relación entre ciencia y comunicación pública. De Semir se plantea si lo que necesitamos son más científicos comunicadores (gente que, como yo mismo, tiene un laboratorio y también colabora en los medios) o mejores comunicadores científicos (el periodista con conocimientos más o menos extensos del campo). Los primeros quizá entienden mejor la información que hay detrás de un descubrimiento, pero los otros suelen transmitir mejor. La conclusión es que es necesario educar a los dos para que obtengan las habilidades que les faltan y juntos consigan que la ciencia llegue a todos, que al fin y al cabo es el objetivo.

Es una estrategia excelente, pero na debemos olvidar el tercer vértice del triángulo: el público. Mientras un grueso importante de la población siga siendo capaz de tragarse cualquier animalada que se les quiera vender sin plantearse si el principio en el que se basa tiene lógica, las semillas de la mejor divulgación científica no acabarán de germinar nunca.

Es una cuestión de ignorancia, como decía al principio, pero no por falta de educación convencional. Por ejemplo, una gran proporción de padres que rechazan vacunar a sus hijos tienen un título universitario. No es necesario que recuerde el peligro que representa esta moda, muy bien explicado por mi compañero de sección Pere Puigdomènech la semana pasada.

Hay que dar a todo el mundo las herramientas para poder detectar los engaños. Para empezar, la ciencia ha de volver a los diarios por la puerta grande. Son pocos los que aún mantienen una sección de ciencia decente. Y los esfuerzos de rigor de los periodistas científicos los echan por tierra otras secciones dela misma publicación, que con cualquier excusa referente al nombre de su cabecera o de ser entrevistas, tienen barra libre para glorificar a cualquier charlatán sin pedirle que aporte pruebas de lo que dice.

Es normal que el lector acabe pensando que tiene el mismo peso el iluminado que habla de los peligros mortales del wifi que el profesor que ha descubierto un nuevo tratamiento contra el cáncer.

Y tenemos que ir aún más allá. Es urgente que en la escuela se cree una asignatura seria que explique el razonamiento científico, que enseñe a buscar y analizar datos y sacar conclusiones propias. Es la mejor protección que podemos dar a los ciudadanos para evitar que sigan muriendo niños por enfermedades que ya deberían estar erradicadas o que alguien se suicide por desconocimiento, como le pasó a Steve Jobs cuando optó por las terapias alternatives para tratarse un tumor .

En su libro De Semir cita una encuesta que dice que la mayoría de la población de la UE está interesada en la investigación científica. Así pues, la base existe. Se debe aprovechar. Potenciar la divulgación de calidad debe ser una prioridad de los gobiernos. También los medios, que tienen una responsabilidad muy grande de filtrar las seudociencias. Y de las editoriales, que deben seguir publicando libros por incómodos que sean, como el de J.M. Mulet, o el igualmente excelente Homeopatia sense embuts de Jesús Purroy, y rechazar falacias nocivas sobre enzimas prodigiosas y dietas mágicas, aunque les den más dinero. Entre todos podemos conseguir desterrar el oscurantismo. Solamente hemos de tener ganas de ponernos a ello.