El Periódico

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Domingo, 28 de febrero del 2016

Ya no eres un hombre. Tendrás el aparato reproductor propio del género masculino, pero lo tienes ahí como adorno y deberían borrártelo ya. Serás todo lo machito que te creas delante de tus amigotes, pero desde el momento en el que le levantas la mano a una mujer, ahí perdiste la condición de hombre y pasas a ser otra cosa. Cobarde, desgraciado, o para decirlo más fino, maltratador. Pero hombre, ya no. Me niego a que nos denominen a ti y a mí igual. Así que te llamaré otra cosa, pero hombre, no.

No, hombre, no. Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo, campeón. Tú y todos los que sois como tú. No sólo los 11 asesinos en lo que llevamos de año en nuestro país, al menos 57 en el 2015, suma y sigue, que parece que este año vamos a más. Los que las apuñalaron, las apalearon, las dispararon y hasta las rociaron con ácido o con gasolina. No sólo ellos. Monstruos que pudieron consumar su monstruosidad. Algunos, suicidas a contratiempo, cobardes por partida doble, por no tener no tuvieron ni lo que hay que tener para recibir su merecida condena por parte de la sociedad.

También los que siguen torturando a sus semejantes sólo por el hecho de que los creen más débiles. Curioso que jamás se metan con alguien de su talla física, que les pueda atizar igual. Pero también los que controlan y presionan psicológicamente a sus parejas hasta hacerles llorar. Los que les envían mensajes vejatorios a cualquier hora. Los que no les dejan salir a la calle, dónde te crees que vas así vestida, quién te ha escrito ese mensaje, no te irás a maquillar. Los que las persiguen por las redes sociales. Los que las humillan publicando fotos comprometidas de cuando estaban juntos, violando así su legítimo derecho a la intimidad. Los que les comentan despectivamente tras dejar la relación. Los que las zarandean y humillan durante un concierto de Alejandro Sanz. Si te encuentras en este grupo de basura humana, mírame bien que esto va por ti.

No, hombre, no. Eres escoria social. Un desecho. Un error de cálculo de la naturaleza o de la civilización, da igual. Y como tal te deberíamos tratar. Un bravo bien grande por Alejandro. Y una pregunta incriminatoria para todos nosotros, para todos los demás. Cuántas muertes y palizas nos habríamos ahorrado si todos, vecinos, familiares, amigos y simples desconocidos, hubiésemos actuado igual que Sanz. Pensémoslo. Porque igual, parejo a cualquier tipo de maltrato, lleva adjunta nuestra responsabilidad como seres humanos que convivimos puerta con puerta. Pensemos si esto que tenemos se puede llamar civilización mientras la mayoría sigamos mirando hacia otro lado, si mientras no nos toque muy de cerca, parece que nos dé igual.

Pero esto no va sobre nosotros, sino sobre ti. Que no me he olvidado de tu cara, ni de lo que estás haciendo, pedazo de animal. Espera, que me perdonen los animales, siento haberte comparado con nuestros nobles compañeros de planeta, ellos sienten y actúan mejor que nosotros en muchísimas cosas, así que tú no llegas a la condición de animal.

Eres cosa. Eres algo -no alguien- que hay que erradicar. Alejandro, aparte de tener los arrestos de parar el concierto y encararse contigo, además llamó a seguridad. Y ése ha sido para mí el gran gesto, la gran lección. Quiero que sepas que, por mucho que te pienses que nadie te mira, estamos todos ahí, y cada vez somos más. Escuchamos, miramos, vemos y estamos dispuestos a parar lo que haga falta para hacer lo que hay que hacer: denunciar.

Espero que acabes tus días en una cárcel en la que te hagan pasar por todo lo que tú estabas dispuesto a hacer pasar.

Mientras tanto, ruego a todo el mundo que te llamemos lo que queramos.

Pero hombre, no.

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