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Joan Miquel Gomis

Director del grado de Turismo de la UOC

'Free riders 3.0'

Algunas innovaciones disruptivas, más que tecnológicas, son jurídico-financieras

'Free riders 3.0'

Una estación de la línea 4 del metro de Barcelona.

Martes, 13 de junio del 2017 - 17:35 CEST

De origen anglosajón, el concepto de 'free rider' se utiliza desde hace décadas en ámbitos como la economía y la ciencia política para referirse a la figura de quien se beneficia de un bien o servicio, generalmente público, sin contribuir a su mantenimiento. Un ejemplo clásico es el de la persona que viaja en transporte público sin billete. Pero hay otros casos que muestran la transversalidad del fenómeno. Un free rider podría ser, entre otros muchos, el trabajador que se beneficia de las mejoras laborales que puedan obtener los sindicatos a los que no está afiliado, el paciente que abusa de la gratuidad de las medicinas, las personas que evaden impuestos o las que (a menudo muy a pesar suyo) actúan en la economía sumergida

Las teorías sobre este fenómeno son complejas. Tanto como los grupos de individuos en las que se desarrollan. Se considera que cuanto más reducido es un grupo, más difícil es que el free rider pase desapercibido. Y a la inversa. Por ello, cuestiones como la globalización (que tiende a eliminar fronteras para la libre circulación de capital y de bienes y servicios, aunque no de personas) añade elementos que sitúan la dimensión del problema a escala mundial. Ejemplos como la existencia de paraísos fiscales, son también muy ilustrativos del grado de sofisticación que puede adquirir la figura del free rider y de la relevancia que para afrontar este problema asumen los poderes públicos en su objetivo democrático de defender el bien común. Aunque en demasiadas ocasiones, como nos demuestran casos cercanos de triste actualidad, quienes debieran velar por este bien no sólo no actúan, sino que incentivan o directamente participan y se lucran con este tipo de actividades.

El avance tecnológico introduce elementos que acentúan la complejidad del fenómeno. Nadie mínimamente informado puede dudar de los efectos que la denominada cuarta revolución industrial puede tener en nuestras vidas, con la irrupción de innovaciones que aplicadas racionalmente deberían facilitar mejoras en las condiciones de vida de los humanos. Innovaciones disruptivas que en el campo de la inteligencia artificial y su utilización en los más variados ámbitos, como la robótica, plantean un escenario que, mal resuelto, puede poner en duda aspectos estructurales del sistema de distribución social. En este entorno se identifican conflictos de intereses entre actores económicos tradicionales que pierden protagonismo y los emergentes que lo ganan. Se impone un cambio de reglas global muy difícil de aplicar por la velocidad de este avance tecnológico y la diversidad de las normativa internacionales. Campo abonado para quienes, en este tránsito, aspiran a obtener beneficio de las lagunas legales existentes. Lejos del bien común, se amparan más que en disrupciones tecnológicas, en innovaciones jurídico-financieras para extraer y deslocalizar beneficios de la comercialización de bienes y servicios básicos locales (energía, transporte, vivienda…) en cualquier parte del planeta. Es el sofisticado free rider 3.0.

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