El Periódico

Català de l'Any 2016

El deterioro del mercado de trabajo

Josep Fontana

Josep Fontana

Historiador

Competitividad

La dignidad de la mayoría de los ciudadanos no puede sacrificarse en aras del crecimiento económico

Sábado, 17 de agosto del 2013

Peter Radford asumía recientemente la responsabilidad de los economistas en la desastrosa situación en que vivimos. «La crisis actual, y nuestra mediocre respuesta política a ella, prosiguen sin respiro. El daño causado a las vidas de la gente común representa ya un desastre oculto que costará muchos años mitigar». La profesión de los economistas se ha mostrado incapaz de corregir sus errores más evidentes. La doctrina ortodoxa que manejaban antes de la crisis ha demostrado ser inútil; pero sus practicantes continúan empleándola «como si no hubiese ocurrido nada». Ello se explica, sostiene Radford, porque la profesión está dominada por las escuelas de élite, controladas por los pontífices de la ortodoxia, que son quienes proporcionan los ejércitos de analistas que trabajan en las grandes instituciones y quienes controlan tanto los congresos como las publicaciones con una autoridad que les permite «perpetuar el mito de que poseen las verdades fundamentales».

Esta doctrina ortodoxa se articula en torno a conceptos como el de competitividad, cuya sustancia, despojándolo de adornos académicos, se reduce a esto: es necesario disminuir los salarios para que aumente el beneficio de los empresarios y estos se animen a invertir en la producción y creen nuevos puestos de trabajo. Quienes lo apoyan no ignoran que la disminución de los ingresos de los trabajadores frenará el crecimiento de la demanda interna; pero tienen una respuesta para ello: produzcamos para exportar. Todos los cálculos acerca de la salida de la crisis en España se basan actualmente en el aumento de las exportaciones.

Lo que ocurre es que este sistema estaba ya inventado y tuvo una gran importancia en el crecimiento económico mundial en la era de la plantación esclavista. Un sistema que los contemporáneos defendían por razones de competitividad. Así Montesquieu, que había escrito que la esclavitud era contraria al derecho natural de los hombres, no dudaba en acotar que, sin embargo, «el azúcar sería demasiado caro si no se hiciese trabajar la planta que lo produce por medio de esclavos».

La lógica de los empresarios de nuestro tiempo no es muy distinta. El director de Caterpillar, que ha propuesto a sus empleados una congelación de salarios por un período de seis años, con el fin de mantenerlos «competitivos», lo razona con estos argumentos: «Siempre trato de explicar a nuestra gente que nunca se puede decir que ganamos suficiente dinero; nunca tenemos suficientes beneficios». (Olvidó añadir que en los dos últimos años su remuneración personal había aumentado un 80%). Otro empresario industrial, de menos vuelos, se mostraba más sincero, si cabe, al confesar que todo se reduce a que los empresarios deben pagar a sus trabajadores lo mínimo a que estén obligados, y no más; «no hay razón para aumentar los salarios mientras haya tanto desempleo». Con lo cual se explica que un estudio publicado el 28 de julio por Associated Press concluya: «Cuatro de cada cinco norteamericanos se enfrentarán al paro, a una situación cercana a la pobreza o a la dependencia de las ayudas sociales al menos durante una parte de su vida».

Entre nosotros, y en medio de los primeros entusiasmos por la aparición de signos de mejora, se ha celebrado también el empeoramiento de la calidad del trabajo, como la disminución de 50.400 asalariados con contrato indefinido, lo que no es más que una muestra del progresivo aumento del trabajo a tiempo parcial, que abarca ya en España al 16,4% de los ocupados, con sueldos más bajos y empleo precario. Una degradación que, evidentemente, nos hace más competitivos. Lo celebraba así un banquero local: «La sociedad ha sabido absorber este paro. Además, la gente se ha tomado las cosas con iniciativa: cada mes emigran de España 30.000 personas».

Pero eso no es más que el comienzo. El Fondo Monetario Internacional acaba de advertirnos de que el paro seguirá en España por encima del 25% hasta el 2018, y de que el único remedio consiste en disminuir nuestro consumo (subiendo el IVA y bajando los salarios) con el fin de alcanzar unos costes «competitivos» para que se cree un nuevo empleo que producirá... ¿para quién? Porque esta nueva producción difícilmente va a ir destinada a una población española empobrecida por los descensos de salarios y pensiones, degradada por los recortes en educación y sanidad (otra de las recomendaciones del FMI) y que va a tener además la carga de asegurar una mínima subsistencia a los millones de parados que no van a ser absorbidos en el 2018 ni se sabe cuándo.

Pienso, como Radford, que deberíamos optar por un modelo de sociedad distinto, que compita por crecer sin sacrificar el bienestar y la dignidad de la mayoría de los ciudadanos.

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