El Periódico

La entrevista

ELENA HEVIA

Francisco Ferrer Lerín: «He sido devorado por mi leyenda»

Francisco Ferrer Lerín Poeta. Se dudaba de la existencia de este autor barcelonés, dedicado a la defensa de los buitres y al cultivo del póquer. Con el poemario ‘Fámulo’ ha ganado el Premio de la Crítica.

Domingo, 23 de mayo del 2010

Ni su aspecto ni su coche ni su estudiada elegancia señalan al poeta. Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) más parecería un agente secreto en excedencia. Es un raro de la literatura y de la vida, compañero de generación de los Novísimos, amigo del alma de Gimferrer y Azúa. Este chico bien que se instaló en Jaca tras numerosas vicisitudes, algunas difíciles de confesar, abandonó la poesía durante tres décadas. El reciente premio de la Crítica restituye su valía.

–¿Por qué un urbanita barcelonés decide marcharse a Jaca?

–Me fui allí en 1968. Antes, con Pere Gimferrer, un hombre de una omnipresencia que a veces resulta obsesiva, había formado durante dos años algo así como un ser de dos cabezas. Pero dije adiós a mis amigos y, fascinado por las aves necrófagas, me fui al único centro de ornitología de campo que existía en España, en Jaca, por entonces controlado por el Opus. Con la gente de la Obra tuve no pocas fricciones.

–A lo largo de su biografía eso de las fricciones ha sido constante.

–Es que los barceloneses somos muy especiales. Nos gusta épater le bourgois. Yo, por ejemplo, también escribía versos en inglés.

–Pero abandonó la poesía durante 30 años. Fue usted un Bartleby, que diría Vila-Matas.

–Sí, pero después de que me incluyera en la nómina de los escritores que dejan su labor he publicado un libro tras otro.

–¿Por qué tiró la toalla?

–Nunca lo hice. Sencillamente no le di importancia. Me resultaba tan fácil escribir que no le daba valor. Mis compañeros de generación tenían muy claro su futuro. Yo, en cambio, me resistía a llamarme poeta. Llegué a reírme un poco de ellos. Y en cierto modo eso me perjudicó.

–¿Los buitres son poéticos?

–Piense en los campos de batalla medievales. El buitre es una bestia que pertenece al pasado. Es de difícil encaje en la sociedad actual, en la que se exige por ley la retirada de los cadáveres de animales.

–Poesía radical, pues.

–Son impresionantes. Llegas a un descampado. Miras al cielo. No hay nada. Silencio. Sacas del coche las piltrafas e inmediatamente empiezan a llegar, dotados de una belleza funcional increíble.

–Eso de las piltrafas desanima un poco, la verdad.

–Alimentando los comederos del Pirineo catalán y aragonés viví experiencias inolvidables. Cuando los asesinatos de ETA estaban en su apogeo, nos paró la Guardia Civil por la carretera con el maletero del coche cargado de cabezas.

–¿De... cabezas?

–Sí, de caballo, partidas por la mitad, procedentes del zoo de Barcelona. Imagine la escena: noche cerrada y el guardia civil de muy mala bala diciendo que abriera el maletero. Y yo: ‘Le quiero prevenir...’. Y el guardia: ‘Aquí no me previene ni Dios’. Abro y aparece una masa informe y ensagrentada... Por suerte, todo acabó en risas.

–¿Qué le dice la palabra tahúr?

–Interesante palabra desde el punto de vista filológico. Viene de tafur. Los tafures eran unos bandoleros tan crueles que se decía que llegaban a comer carne humana. Luego se asoció a persona de mala vida y se centró en el juego. Se aplica a una persona que vive del juego o que hace trampas.

–¿Y usted las ha hecho?

–No, ese no es mi caso.

–Pero todo jugador de póquer, y usted se ganó la vida con ello, busca un pardillo que desplumar.

–En el argot no se dice pardillo, sino pichón. En el póquer hay una regla y es que si cuando llevas media hora jugando no sabes quién es el pichón eres tonto. Yo buscaba pichones a los que les gustase presumir de su dinero. Verdaderos mangantes. Le ganaba a los malhechores, así que jamás he tenido mala conciencia.

–Como Robin Hood.

–Pues en cierta forma sí. Porque he dedicado buena parte de esos beneficios a la defensa medioambiental.

–¿Qué le hizo regresar a la poesía?

–Los lectores. Aparecieron en una conferencia, seguidores durmientes que habían estado 30 años esperando a que volviese. Vinieron a tocarme, a besarme, a comprobar que yo existía.

–¿No estaba claro?

–Durante algún tiempo se especuló con que yo era un heterónimo, un alter ego de Pere Gimferrer. Tengo la sensación de haber sido devorado por la leyenda. Todo el mundo habla del personaje, pero ese no soy yo.

–Pero usted ha sido su principal impulsor y así lo contó en Níquel, una novela autobiográfica.

–Que no se atrevieron a publicar en Barcelona porque, teniendo como tengo información privilegiada, saqué a la luz los orígenes del actual catalanismo.

–Le han llamado mal catalán.

–Tantas veces... Pero no me importa. A mí se me ama o se me odia. No hay término medio.

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