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Efeméride en el mundo del arte

El robo de 'La Gioconda' (cien años después)

Los enigmas que rodearon la desaparición de la pieza del Louvre siguen sin resolver tras un siglo

Domingo, 14 de agosto del 2011 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
NATÀLIA FARRÉ
BARCELONA
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el 21 de agosto de 1911, la sala Carré del Louvre amanecía sin su inquilina más ilustre. Entre Los desposorios místicos de santa Catalina, de Correggio, y Alegoría, de Tiziano, donde debería haber estado colgada la obra maestra de Leonardo da Vinci, la mujer más deseada del arte y la sonrisa más enigmática de la pintura, había un gran vacío. Alguien había descolgado La Gioconda de la pared que ocupaba en el museo desde el destierro de Napoleón a Santa Elena (el emperador la tuvo en su dormitorio, al igual que Luis XIV, mientras se mantuvo en el poder) y se la había llevado. Así, estallaba el «mayor escándalo que el mundo cultivado haya conocido», escribe Jérôme Coignard, autor de Une femme desaparaît (pendiente de publicar en España), donde narra toda la historia del robo tras 12 años de investigación. Y empezaba otro de los muchos enigmas que esconde el cuadro. Del misterioso robo el próximo domingo se cumplen 100 años.

'La Gioconda' fue pintada por Da Vinci en Florencia entre 1503 y 1506. TURNER, 2010<BR/>

La sala Carré, donde robaron 'La Gioconda'.&#160; <BR/>

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Información publicada en la página 46 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 14 de agosto de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)

¿Quién se lo llevó? ¿Con qué fin? ¿Fue obra de un nacionalista italiano deseoso de vengar el expolio artístico llevado a cabo por Napoleón o de una sofisticada banda de timadores? ¿Tuvo algo que ver Picasso? ¿Y su amigo Apollinaire? La desaparición de La Gioconda fue un acontecimiento informativo de ámbito mundial que llenó páginas de prensa; desató las teorías más disparatadas sobre su sustracción (desde que había sido obra del propio Gobierno para distraer a la opinión pública de los avatares políticos hasta que su desaparición escondía una mala restauración) y reu-

nió más gente en la calle de Rivoli en espera de noticias que la que jamás había visitado el museo.

Aunque muchos fueron los acusados y pocos los resultados. No fue hasta 1913 que la dama reapareció. Lo hizo en Florencia, su tierra natal, 400 años después de ser pintada. Y lo hizo de la mano de un tal Leonardo. En noviembre, el anticuario florentino Alfredo Geri recibió una carta firmada por un tocayo del artista que decía: «Tengo en mi poder la obra robada de Leonardo da Vinci. [...] Mi sueño es devolver esta obra maestra a la tierra de la que procede y al país que la inspiró». Geri invitó a Leonardo a mostrarle la pieza y así fue como La Gioconda volvió a Italia siglos después de que Da Vinci se la hubiera llevado.

4.000 CORONAS / El humanista nunca se deshizo de ella y con la tabla viajó a la corte de Francisco I, en Fontainebleau. Fue el monarca quien la acabó comprando para Francia por la extravagante cifra de 4.000 coronas de oro (el equivalente a 12 toneladas de plata). El Leonardo de la carta, que fue detenido tras ser denunciado por Geri, resultó ser Vincenzo Peruggia, un obrero que había trabajado en el Louvre. El motivo que esgrimió para el robo se antojaba de lo más prosaico: quería resarcir a Italia del expolio artístico efectuado por Napoleón.

«Peruggia estaba interpretando un papel en una historia escrita por un autor anónimo: era una actuación brillante pero era solo una actuación. El hombre no encajaba con el delito, y lo que era más curioso, su móvil no encajaba con la historia», explica R. A. Scotti en El robo de la sonrisa (Turner), otro de los libros centrados en la desaparición del cuadro. De lo que no hay duda es de que Peruggia, italiano como La Gioconda, fue el autor material del robo: lo descolgó de la pared, le quitó el marco y la protección, lo escondió bajo su bata de trabajo y lo sacó tranquilamente por las escaleras principales del edificio saludando, de paso, a la otra dama del Louvre, Victoria de Samotracia. Después, se dirigió tranquilamente a su modesto apartamento. Y allí se quedó, oscilando entre la mesita del comedor y el armario de las escobas, durante dos años y medio, hasta que Peruggia se la llevó a Florencia.

LA LEYENDA OFICIAL / Por qué decidió sacarlo a la luz es un misterio como lo es saber la razón del robo y quién se lo encargó. Ni Coignard ni Scotti aclaran el enigma. Pero mientras el primero apunta al estafador alemán Otto Rosemberg, la segunda explica la leyenda oficial. La tradición cuenta que un misterioso marqués argentino, Eduardo de Valfierno, encargó a Yves Chaudron, virtuoso falsificador, seis copias perfectas de La Gioconda. Luego encandiló a Peruggia con un argumento patriótico (devolver la pieza a Italia), y la promesa de una fortuna, para que la robara. Una vez leyó la sustracción en la prensa, Valfierno solo tuvo que desa-

parecer y vender las seis copias como si fueran el original a seis incautos coleccionistas.

Una historia perfecta, pero ¿responde a la verdad? Como todo lo relacionado con La Gioconda, ofrece pocas certezas y muchos enigmas.

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