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cine de animación

Descubriendo a Mamoru Hosoda

'The boy and the beast' del director japonés competirá por la Concha de Oro en San Sebastián

El cineasta es considerado heredero directo de Hayao Miyazaki ('El viaje de Chihiro' )

BEATRIZ MARTÍNEZ / MADRID

Miércoles, 19 de agosto del 2015

  • THE BOY AND THE BEASTKyuta , un niño solitario que vive en Tokio,entabla amistad con Kumatetsu, una criatura sobrenatural aislada en un mundo imaginario.

  • THE BOY AND THE BEASTKyuta , un niño solitario que vive en Tokio,entabla amistad con Kumatetsu, una criatura sobrenatural aislada en un mundo imaginario.

Ha sido largo y costoso, pero el cine de animación por fin parece haberse ganado en los últimos tiempos el respeto del público. Sin embargo, todavía se mantienen algunos prejuicios a la hora de equiparar a nivel artístico y autoral una película de animación con otra de imagen real convencional. El Festival de Berlín fue pionero al seleccionar en 2001 El viaje de Chihiro, del maestro Hayao Miyazaki en su sección oficial, lo que supuso un gran revuelo en su momento, con voces a favor y otras en contra. La película terminó alzándose con el Oso de Oro (ex aequo con el filme de denuncia política Bloody sunday, de Paul Greengrass) y ha acabado convirtiéndose en una de las obras más icónicas de la animación contemporánea, además de ser la primera cinta anime con un Oscar.

Ahora, el Festival de San Sebastián introduce, por primera vez en su historia, dentro de la competición de su 63ª edición la última película de Mamoru Hosoda, The boy and the beast. Pero, ¿quién es Mamoru Hosoda?. Pues, vamos a descubrirlo. Para empezar, se trata, sin duda de uno de los directores más interesantes que han surgido en los últimos años dentro del amplio y fascinante universo de la animación japonesa y, para muchos entendidos, el heredero directo del gran Hayao Miyazaki (La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro).

Nueva generación

Mamoru Hosoda (Kamiichi, Toyama, Japón, 1967) pertenece a una nueva generación capaz de recoger la tradición del manga y el anime revistiéndola con una pátina de modernidad e incorporando temas actuales que conectan directamente con la sensibilidad de nuestro tiempo. En su mayor parte se trata de películas juveniles, frescas y directas, protagonizadas por personajes que se encuentra en una edad limítrofe entre la niñez, la adolescencia o el inicio de la madurez. Son historias de iniciación y de aprendizaje, inundadas de valores morales acerca de la amistad, de la importancia de la familia y de la necesidad de ser hacer frente a las inseguridades para luchar sin miedo ante los problemas que plantea la vida.

Aalcance simbólico

Las películas del director parten del elemento cotidiano y por lo general hay una minuciosa descripción costumbrista de los ambientes, pero utilizan la fantasía para ampliar su espectro metafórico y tener alcance simbólico. En La chica que viajaba a través del tiempo (2006), su primer gran éxito, el dispositivo de ciencia ficción sobre el que se asentaba la narración no era más que una excusa para que la joven protagonista afrontara sus primeras decepciones amorosas, así como el miedo a expresar sus sentimientos. Y es que, al fin y al cabo, se trata de fábulas sobre el crecimiento, inundadas, eso sí, de una melancólica poesía y una gran precisión en el trazo emocional, de forma que llegan directamente al corazón.

Tradición versus modernidad

Mamoru Hosoda forma parte de la factoría Madhouse, la misma que albergó en su seno al que fuera el último gran maestro de la historia del anime reciente, Satoshi Kon, que falleció en 2010 con tan solo 46 años dejando obras imprescindibles como Millennium actress (2001) o Paprika (2006). Exuberante a nivel formal, el cine de Kon era demasiado adulto y complejo, sus obras estaban compuestas por múltiples capas y alcanzaba un enorme nivel de abstracción.

Parte de la herencia de Satoshi Kon la consiguió destilar Hosoda en su película Summer wars (2009). En ella el mundo virtual luchaba por tomar el control del real a través de un virus informático que atacaba una hipotética red social a la que toda la humanidad se encontraba conectada. Conceptualmente muy elaborada y visualmente desbordante, la película supuso un punto de inflexión en su carrera gracias a la explosión de creatividad que contenía. Pero en realidad, entre las numerosas capas de lectura emergía un mensaje muy claro en torno a la propia identidad de Japón y el enfrentamiento entre las tradiciones sobre las que se ha asentado históricamente el país y el miedo ante las nuevas tecnologías como forma de perder su idiosincrasia.

Espíritu pop

Pero mientras Summer wars irradiaba espíritu pop a través de su colorido visual y rompía con la cadencia elegante y armoniosa de La chica que saltaba a través del tiempo, el director volvía a recuperar su pulso narrativo más clásico en Wolf children (Los niños lobo) (2012), que conectaba directamente con la reivindicación de la naturaleza de Miyazaki, acercándose además a su simplicidad poética, a su trazo refinado y luminoso y a su imaginación desbordante repleta de lirismo y espiritualidad.

Ahora falta saber a hacia qué lado de la balanza se decantará The boy and the beast. Puede que con ella el director logre por fin deshacerse de todo tipo de comparaciones y alcanzar una entidad propia independiente como el nuevo rey de la animación japonesa. Lo sabremos tras su paso por el festival donostiarra.

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No le asusta tener que ganarse la titularidad, pero tampoco quiere aburrirse en el banquillo