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UN INSTRUMENTISTA CONVERTIDO EN ESCRITOR

Chopin y humor negro

Nikolai Grozni, que pasó de niño prodigio del piano en Bulgaria a monje budista en la India, relata en 'Jóvenes talentos' la locura represiva de los profesores de música con el comunismo

Miércoles, 28 de noviembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ERNEST ALÓS
BARCELONA

Nikolai Grozni (Sofía, 1973) es todo un personaje, con una vida que le ha dado para sacar de ella un libro de memorias (Turtle feet) y una novela melómana, Jóvenes talentos (Asteroide), llena de humor negro y tremendista («aunque en EEUU, donde hay una ceguera ante la ironía, lo consideren trágico», dice). Estudió piano en la Bulgaria comunista («uno de los estados más represivos del bloque del Este»), ganó su primer concurso a los 9 años, dejó los estudios en un acto de rebeldía y llegó a EEUU con una beca para estudiar jazz («en mi conservatorio estaba prohibido porque era música imperialista») en la prestigiosa Berklee College tras un año de homeless en Sofía. A los 21 volvió a alejarse del teclado, se hizo monje budista en la India y a los cinco años colgó los hábitos, se casó y empezó a escribir.

Virtuoso descarriado 8Nikolai Grozni relata la represión emocional en un conservatorio musical búlgaro. DANNY CAMINAL

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Información publicada en la página 69 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 28 de noviembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

El primero de estos capítulos es el que cuenta en Jóvenes talentos, donde intenta «captar la locura de aquel sistema». El detonante fue encontrar a su antiguo profesor de música de cámara, tras la caída del comunismo, gritando por la calle, en pijama, pateando palomas. Pero Grozni no solo ha tratado de escribir sobre música de una forma que se ha ganado el aplauso de Patti Smith y de ajustar cuentas con aquel mecanismo que formaba a músicos como autómatas, haciendo que «cualquier signo de individualidad te clasificase como un rebelde». Ese peligro sigue vivo -« la música no es como el salto de longitud», protesta- en la obcecación de los jóvenes talentos por satisfacer a los jurados de los concursos. «Chopin no ganaría el Chopin», bromea.

Si el jazz parece no haberle dejado una huella especial, las inquietudes místicas sí siguen interesándole. Pero si se le plantea el tema, a quienes saca a colación no es a Buda sino a los antiguos tracios, antecesores de los búlgaros, al paganismo, a Orfeo y a sus misterios, «casi idénticos a los tántricos». Porque, sostiene, esta herencia ancestral, sus mitos y supersticiones, la de los «antiguos dioses», está «muy presente» sus compatriotas. Así que, explica, el final de la relación entre sus protagonistas, Konstantin e Irina, es «una revisión del mito de Orfeo». Aunque con cloacas y botes de humo en lugar del río Leteo y rayos caídos del cielo. Bulgaria, concluye, no solo es un lugar desde donde hacer humor negro sino que «su espíritu está en la brujería y la magia negra». ¿No exagera? «Mi madre era doctora, atea, pero de niño me llevaba a una gitana para que me defendiese de conjuros y maldiciones. Había como un universo paralelo al lado del régimen comunista». Uno y otro habitado por monstruos como los personajes de sus novelas. «Estaban locos. Estaban locos», murmura.

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