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Análisis

El silencio de Guardiola

Lunes, 21 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Emilio Pérez de Rozas Periodista

Todo se hubiese terminado (o empezado) con cuatro palabras: un artículo, una preposición, un diminutivo y un apellido. ¿No es mucho pedir, verdad, después de cuatro años de gloria, de felicidad? No, no lo es. Gracias. Pues no se pronunciaron. Es más, no las pronunció Pep Guardiola, que es quien ha hecho de sus discursos palabra de ley, escudo del barcelonismo.

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Información publicada en la página 45 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 21 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Si cuando Guardiola, antes de vivir aquellos minutos deliciosos de intimidad en el Camp Nou con los suyos, completa su discurso con esas cuatro palabras, no hubiera habido el menor de los ruidos. Ni los Laporta y Sostres se hubiesen atrevido a poner en marcha la máquina de difamar o, como mínimo, dar pie a que desde los madriles se escribiese, con la misma gracias que idearon lo del villarato, que «al Barça le ha abandonado el desodorante». Vieron agitarse el Camp Nou y decidieron mover el árbol para ver si preparaban la décima.

Es posible, sí, que Guardiola esté harto de hablar. Lo intuyo. Lo ha dicho. Y lo entiendo. Pero este silencio final, de tantos días, ha permitido que los más atrevidos, que son legión (y él los conoce muy bien, demasiado bien), hayan encontrado la ocasión ideal para, no solo vengarse de la querella que les espera en el juzgado o pasarles factura por los años de oposición en la sombra con mociones de censura y otras historias, sino de empezar a demostrar que, sin ese escudo, el de Guardiola, perdón, el de la palabra de Guardiola, la defensa de la entidad será más complicada. O, simplemente, no será.

De ahí que yo, que no soy nadie, piense que si en la despedida final, en la última, en la de aquella noche celestial, además de decir «os dejo en las mejores manos…» hubiese añadido, tan solo, no más, «...las de Tito Vilanova», el círculo se hubiese cerrado de maravilla. Pero no lo dijo. ¿Lo creía? ¿Lo pensaba? Estoy seguro de que sí. Pero no lo dijo. Y se abrió la caja de los truenos. Y, lo siento, pero ahora ya es demasiado tarde.

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