Homenaje al caído

Márquez fue recibido por su equipo como si hubiese ganado su GP número 12, con todos los miembros colgados del muro de Misano

Los comisarios empujan a Márquez para que arranque su Honda

Los comisarios empujan a Márquez para que arranque su Honda / periodico

EMILIO PÉREZ DE ROZAS / MISANO (ENVIADO ESPECIAL)

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La misma sonrisa. El mismo gesto. Idéntica euforia. Parecida felicidad, de verdad. El equipo entero, enterito, de Marc Márquez, con Emilio Alzamora, su mánager, y Santi Hernández, su técnico, a la cabeza, se encaramaron al muro de Misano, se agarraron como pudieron a la verja y celebraron el puesto 15º del campeón, del líder, de su chico, como si ese puntito significase la conquista, la renovación, del título que está por llegar.

Pocos se dieron cuenta, la televisión, tal vez, ni se percató de ello, pero la forma en que el equipo de Márquez recibió a su campeón fue idéntica a la de las restantes 11 victorias y, por supuesto, clavadita a la que los muchachos de Valentino Rossi dedicaron a su ídolo. «Le he recordado lo que le dije en Catar la primera noche de Mundial: dos ceros siempre se hacen. Cualquier título tiene dos ceros. ¡Tú no llevas ni uno, pues hoy has conseguido un puntito!», comentó Alzamora.

«Sí él se cae, si él se levanta, si él pone la moto en marcha como puede, si él corre las 18 últimas vueltas al ritmo de Vale, de Lorenzo, es decir, a ritmo de los de cabeza, si él hace todo eso es para premiar nuestro trabajo», relata Hernández. «Cualquier otro hubiese abandonado, se hubiera venido al box, pedido disculpas y regresado a casa. Marc, no; Marc se levanta, corre a tope, entra el 15º, suma un punto y nosotros debemos corresponderle como se merece: encaramados al muro y dándole las gracias por el esfuerzo».

Cambio de mentalidad

Es así como se comporta el equipo del campeón, del mejor rookie de la historia. Se trata de una familia. «Caer y volverse a levantar, ese es el destino de todos los campeones, sean del deporte que sean», añade Alzamora. «Cuando uno quiere ganar hay que arriesgar, son las carreras», relata, aún tenso, papá Julià. «Yo creo que tenía ritmo y ganas de atrapar y ganar a Vale, pero… ¡Mala suerte!», exclama su hermano Àlex, pendiente de todo. «Estaba sola en su motor-home y cuando le he visto caerse, casi acostarse sobre el asfalto, he pensado: mejor caerse así, sin dolor, sin lesión. Luego, le he visto levantarse y he pensado, ¡uf!, qué bien», explicaba mamá Roser.

No había drama en ese boxe. No había dolor en ese equipo. No había rabia en esa familia. Tal vez, porque lo primero que hizo Marc al llegar a su refugio fue pedir perdón, sacarse el casco y mostrar su mejor sonrisa. «Pese a todo estoy contento. ¿Por qué? Porque el sábado no estaba para pelear con ellos, con Vale y Jorge y, a la mañana siguiente, me veía fuerte», relató Márquez, que consideró su caída, «el primer error en domingo en toda la temporada», como un «claro toque de atención».

Así que, a partir de ahora, ¿serás más prudente, pensarás más en los puntos, en el Mundial, en amarrar tu segundo cetro? «Sí, esa es la lectura que saco de este error, de esta caída, de esta segunda derrota, de este 15º puesto, de este puntito. Pero la siguiente carreras es Aragón, ¿no? ¡Aaaaah! Pues ahí no puedo correr conservador, es mi casa, hay que salir a ganar. Bueno, esperaré a Motegi, Japón». Y todo el boxe estalla en una carcajada.

Al otro lado de la puerta, el italiano Livio Suppo, mano derecha del jefazo de Honda, el japonés Shuhei Nakamoto, lamenta la caída de Marc («no sé, no sé, si Vale hubiese ganado»), pero celebra la gloria de su compatriota: «Que bestia ¿no? 35 años, casi el doble de Marc, y sigue ahí, peleando con los chavales ¡Y de qué manera!»