El Periódico

Català de l'Any 2016

drama hipotecario

¡Qué feo es vivir!

Un exconcejal del PP se convierte en paradigma de la vileza del desahucio

La cifra creciente de las ejecuciones bancarias asfixia a los ayuntamientos

CARLES COLS
BARCELONA

Martes, 15 de mayo del 2012

  • Francisco Sánchez, ayer, en el despacho de su abogada, Ana María de la Cabeza, en Barcelona.

  • Sánchez, con su libreta de inventos que siempre le acompaña.

¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946) es una extraordinariamente bien narrada mentira sobre la bondad de quienes prestan dinero para montar un negocio o comprar un piso. Lo que a continuación viene debería ser tenido en cuenta por todo aquel que tenga deudas hipotecarias, pues la cifra diaria de desahucios desborda de largo la capacidad de cualquier ayuntamiento de ponerle un parche a cada drama familiar. Es el historia personal de Francisco Sánchez Granada, al que el director de su oficina de Banca Cívica le dijo eso de «no te preocupes, tu mujer es lo primero» cuando a ella le diagnosticaron un gravísimo cáncer y él no pudo dedicarse de lleno a su pequeño negocio de muebles. Por el impago de nueve cuotas de 500 euros, el banco le reclama ahora una deuda de 90.000 euros. Con la ley en la mano, Banca Cívica puede hacerse ahora con la propiedad de un piso en el centro de Sant Boi a precio de ganga.

Entre el 2011 y el 2012 se ejecutarán unos 50.000 desahucios en Catalunya. Es un cálculo del Consejo General del Poder Judicial. Lo común es que los bancos se queden con las llaves de pisos en su día sobrevalorados, viviendas mayoritariamente invendibles. El caso de Sánchez es distinto. Es una advertencia. Hay algo peor que tener un piso que ya no vale lo que se pagó por él. Es peor tener un piso que el banco puede quedarse por menos de lo que vale.

Un par de datos ayudan a comprender mejor por qué el drama personal de Sánchez tiene algo de advertencia generalizable.

Firmó su hipoteca en 1997. Fue un préstamo en pesetas equivalente a 80.000 euros. Pagaba así una parte del piso. El resto lo puso con dinero procedente de sus ahorros. En el 2009, con la crisis inmobiliaria ya aquí, pidió una ampliación de la hipoteca. Solicitó 30.000 euros. Para aquella operación, la oficina tasó la vivienda en 240.700 euros. El préstamo, pues, parecía menor.

En las tertulias radiofónicas es moneda común achacarle parte de la culpa de la crisis a quienes firmaron hipotecas de por vida por casas por encima de sus posibilidades. No es el caso de Sánchez ni de otras muchas víctimas a un paso del desahucio. Primero perdió fuerzas y dinero en echar una mano a su hija mayor, víctima de maltrato a manos de su pareja. Después, llegó el cáncer de su esposa. Así fue como no pudo hacer frente al pago de nueve mensualidades de hipoteca. Cuando pidió comprensión en su oficina bancaria, el director ya era otro. Los 12 años previos de puntual pago de las cuotas es casi como si dejaran de existir. En esa fase, la mayor parte de lo abonado son intereses, beneficios que el banco no tiene en cuenta a la hora de poner en marcha un desahucio.

Sánchez, por cierto y aunque solo sea por subrayar que los desahucios no son cosa solo de inmigrantes o de familias desde siempre al borde de la exclusión, compaginó su trayectoria como inventor con una etapa como concejal del PP en Cornellà entre 1995 y 1999. En su día participó en la campaña que llevó a Julio Añoveros a ser eurodiputado por ese partido. Cuando el banco inició los trámites para quedarse con su piso descubrió que el abogado de la entidad era Javier, hermano del eurodiputado. Todo muy Capra.

El resumen es que los desahucios no son dramas exclusivos de hipotecas desorbitadas y siempre mal concedidas. El problema ya es que perder el empleo puede conllevar con demasiada facilidad perder el piso, advierte Ana María de la Cabeza, abogada de Sánchez y de otros muchos casos de desahucio. «Tal vez sea mejor rescatar antes a las personas que los bancos», concluye.

El caso de Sánchez, sin embargo, es solo uno más de los cientos que comienzan a desbordar a la primera línea de choque habituales en estos casos: los ayuntamientos.

Núria Parlon, alcaldesa de Santa Coloma, condensa en una frase muy bien lo que ocurre: «Los ayuntamientos estamos gestionando el sufrimientos de la gente». No se atreve a decir que den una respuesta suficiente: «Los ayuntamientos no podemos parar los desahucios. Se trata de un proceso judicial. Podemos echar un cable a los afectados con los impuestos municipales, ayudarles a buscar un nuevo hogar que sí puedan pagar, pero no parar un proceso judicial». Eso, recuerda Parlon, depende del juez o, por qué no, de la propia entidad bancaria. Por eso último, por ejemplo, Santa Coloma ha decidido intensificar «la labor pedagógica» que realiza con los bancos. El resultado, ya se verá.

Mientras tanto, tan mal se ven a pie de calle las cosas que, por ejemplo, la Asociación de Afectados por la Hipoteca de L'Hospitalet, consciente de que los desahucios jamás se paran, solo se posponen, ha creado ya un banco de alimentos propio para encarar la situación. Cristina, una de sus coordinadoras, lo vive de un modo especial. Está pendiente de desahucio por una deuda de 3.000 euros tras pagar religiosamente durante 14 años su hipoteca. El caso de Francisco Sánchez no es único.

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