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La revolución televisada

El levantamiento contra el régimen se saldó con un millar de muertos Nicolae y Elena Ceausescu fueron ejecutados ante las cámaras el día de Navidad tras un juicio sumarísimo

B. P. / TIMISOARA

Timisoara, sábado 16 diciembre de 1989. De camino a una fiesta, una joven de 21 años se tropieza en la plaza Maria con una multitud que protesta por el despido de un pastor húngaro crítico con Ceaucescu. Sigue su camino, pero al día siguiente la ciudad amanece con las ventanas rotas. A mediodía, por sus calles retumban gritos inequívocos: ¡Abajo Ceaucescu! ¡Estudiantes, venid con nosotros! «Y nos unimos a ellos, claro», cuenta Maria Ciorba, esa joven de ahora 46 años que entonces estaba en la universidad. Ella recuerda cómo en aquella época en las tiendas no había alimentos ni medicinas, y la luz y el agua caliente era racionada.

Ciorba presenció cómo Timisoara rápidamente se tornaba caos: coches de bomberos, fuego en la calle, violencia entre Ejército y ciudadanos, helicópteros. Y muertos: unos 30 en las apenas 48 horas que vendrían después. Un grupo de civiles tomó el edificio de la Ópera de la ahora plaza de la Victoria. La foto se convertiría en historia porque ahí, sin preverlo, acababa de empezar una revolución que se propagaría por toda Rumanía.

Para el historiador Francisco Veiga, autor de La trampa balcánica, una de las claves de este levantamiento fue la inexistencia de una policía antidisturbios. «Nunca había manifestaciones masivas porque siempre había un control previo. La policía no estaba preparada», explica. Según Veiga, la revolución rumana fue «un suceso bastante oscuro», todavía marcado por la incógnita. Él la divide en tres fases. La primera entre los días 16 y 19 en Timisoara, durante los que reinó una «enorme confusión» y en los que se sospechó, pero no se llegó a confirmar nunca, que intervenía el espionaje húngaro.

La segunda fase se desarrolló los días 20 y 21 en Bucarest. El día 2, e1 dictador Nicolae Ceaucescu, en un ejercicio de afirmación de poder, organizó una manifestación popular. Desde el balcón de la sede del Comité Central salió a dar el que sería su último discurso. Las televisiones lo retransmitían en directo.

«No es verdad que la gente le insulte —cuenta Veiga, desmontando así la historia oficial—. Ahí están los que él había llevado, los fieles. Pero en medio del discurso, alguien tira un petardo y, con Timisoara en la cabeza, se genera un gran desconcierto. Hay un apagón informativo durante tres minutos y la ciudadanía sale a la calle». La policía ya no puede controlar nada: hay demasiada gente fuera de sus casas. Poco después, el Ejército se pasa al bando revolucionario.

Ultima fase

El día 22, abriendo así la última fase de la revolución, Nicolae y Elena Ceaucescu huyen en su helicóptero a Targoviste, en los Cárpatos, pero en una emboscada son atrapados y juzgados en un juicio sumarísimo que dura dos horas, sin ningún tipo de valor legal y en el que el propio abogado defensor se pone de parte del fiscal. El día 25 de diciembre de 1989 ambos son fusilados y la ejecución es grabada y emitida por las teles occidentales. «Os amaba a todos como una madre»: fueron las últimas palabras de Elena Ceaucescu antes de su muerte. La de Rumanía fue la primera revolución televisada.

La revolución rumana se saldó con alrededor de un millar de muertos, pero a día de hoy aún no hay cifras oficiales. Con la ejecución de los Ceaucescu, el Frente de Salvación Nacional liderado por Ion Iliescu, miembro del PC al que Ceaucescu había relegado, tomó el poder. «Iliescu representó la continuación del régimen aunque con rostro humano», explica Veiga.

Francisco Veiga llegó a Bucarest el 2 de enero de 1990 como freelance. Aún había disparos. «Fue como volver a 1945. Había velas en las calles, gente rezando sobre el hielo», recuerda.

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