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Paula Kortis

Soy mayor, ¿y qué?

POR NÚRIA MARRÓN

Las señoras mayores-mayores parecen ser las nuevas transexuales, que a su vez fueron las nuevas aborígenes, que en su día ya habían sido las nuevas modelos de talla grande. Y el verbo es parece porque en estas dosis homeopáticas de disidencia que cada temporada prescribe la industria de la moda, dos gigantes textiles como son Zara y American Apparel han coincidido estos días en convertir en cabezas de cartel a dos damas de más de 60 años.

La mujer que posa con la lencería del titán estadounidense se llama Jacky O'Shaughnessy y ya había pasado la sesentena cuando una empleada de la casa vio que aquella señora que fumaba tan estilosamente en una calle de Nueva York bien podía ser la chica it de la compañía. ¿Acaso no queda bien ahora hacerse un poco el refunfuñón con la santísima trinidad -belleza-juventud-delgadez- de la moda?

La holandesa afincada en Barcelona Paula Kortis, la mirada perdonavidas de la colección de camisetas Keep your mind young de Zara, ya hace tiempo que lleva una doble vida gracias a esa herejía. Cuando se jubiló en el 2001, una sesión de fotos para la revista AB le sirvió para retomar «de vez en cuando» su profesión de juventud, la de maniquí, que se diría en vintage. En los años 60, había trabajado dos años para Asunción Bastida e incluso alguna reverencia le había hecho a Carmen Polo en los desfiles del Pardo. Luego aparcó el trabajo, crió a cinco hijos y más tarde puso una agencia de modelos. Con el retiro, se le volvió a abrir la puerta inesperada de la moda y, desde entonces, en su inventario de «cosas chocantes», como dice ella, constan una sesión de fotos con la supermodelo Karolina Kurkova, un anuncio de la colonia de Antonio Banderas junto al actor y Paz Vega, y un desfile en Cibeles para Juan Duyos. «Se me caían las lágrimas -recuerda-. ¡Había pasado tanto tiempo!».

Hijas del 600 y el rock and roll

Al igual que otras supermodelos inesperadas como Linda Rodin, de 65 años, y Daphne Selfe, de 86, Paula cumple con la delgadez canónica, espanta palabras como bótox y quirófano, y se suma a la generación de mujeres hijas del 600 y el rock and roll que no encajan en los papeles que se les suelen reservar: o viejecitas encantadoras o adictas a la cirugía. «La jubilación está siendo una de las mejores etapas de mi vida», dice Paula, que a la que puede imparte algunos consejos (y no, no son de belleza): «Debes prepararte el retiro, saber cuánto dinero tendrás y buscar cosas que hacer. En mi caso, leo libros y periódicos, sigo la moda, miro bien por dónde camino para no romperme nada, intercambio ropa con hijos y amigos, y hago cuatro cambios a la que ya tengo, para actualizarla».

 

Cuando empezó su segunda vida de modelo («además de ayuda económica, me sube la autoestima, me da la sensación de que existo»), su caso era tan raro-raro que la publicista Emilia Giró, fundadora y directora creativa de la agencia La Gemegé, la convirtió en el icono del proyecto La transgresión de Paula, que se proponía hacer cuña para que las agencias se atrevieran a pensar en las señoras mayores más allá de los anuncios de dentaduras postizas y compresas para las pérdidas de orina.

Ocho años después, Giró augura que la apuesta por la veteranía no solo es una boutade de temporada. «Es cierto que aún se elige a una señora mayor para ser original, pero poco a poco se está convirtiendo en algo más habitual -dice-. El dinero es conservador y los cánones aún pesan mucho, pero cada vez hay más mujeres creativas publicitarias, más concienciadas, y, además, estamos viviendo la revolución de la gente mayor, acelerada también por la crisis. Los jubilados, que cada vez serán más, están teniendo un protagonismo inaudito, muchos son el sostén de sus familias, y también están saliendo a la calle». ¿De todo esto son síntoma estas campañas? «Yo creo que, de alguna manera, también son el signo de que muchas mujeres ya no se tragan los mandatos de la moda, que prescriben belleza y juventud eterna».

Es cierto que la moda, cada temporada, llega con nuevos caprichos que quedan en eso: en caprichos. American Apparel, que hasta hace 10 minutos reproducía cánones de belleza convencional, ya se descolgó semanas atrás colocando abundante vello púbico a sus maniquís. Ante el ji ji general, la casa aseguró que se proponía mostrar cuerpos más reales, abrazando la proclama del mismísimo Financial Times, que había titulado así un artículo: «El feminismo ha vuelto a la moda».

Lo difícil en estos casos es discernir entre lo que es anécdota y espíritu de los tiempos. Tras años en que los rasurados parecían un mandamiento estético e higiénico, en el entorno artístico también está aflorando un erotismo menos aséptico, más libre y velludo. «Hay un hartazgo de la belleza enlatada, diseñada por ordenador», certifica la periodista, investigadora y consultora Charo Mora.

Más allá de lo que ahora toca, la investigadora apunta a que las campañas con señoras mayores podrían ser una de las réplicas de esa crisis de valores que «lo está cuestionando todo, desde los mandatos del género y los cánones de belleza hasta el individuo y las instituciones». Hay estudios de márketing de EEUU que apuntan a que las mujeres compran como si tuvieran 24 años. «Pero esto es muy relativo -cuestiona Mora-.Lo provocador de campañas como la de American Apparel es que están convirtiendo en icono de belleza a una mujer que ya no está en edad fértil. Y a mí  me parece un referente muy deseable. Nos faltan modelos de mujeres mayores independientes, felices y seguras. Además, por primera vez, la gente de la tercera edad empieza a no pedir disculpas por hacerse vieja. Tienen recursos económicos e intelectuales, y son críticos. Todo está por ver, pero igual se convierten en los elementos más peligrosos de la sociedad. ¿Quién sabe?». 

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