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GENTE CORRIENTE

Miguel Ángel Puy: «Con la danza ocupo un vacío de silencios dolorosos»

Saltó a la vía del metro y cayó de golpe sobre una silla de ruedas en la que realiza danza integrada

Manuel Arenas

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JULIO CARBÓ

A principios de 2014, Miguel Ángel Puy (Premià de Mar, 1971) se dispuso a contarle a un psiquiatra de urgencias cómo pensaba quitarse la vida: “Voy a saltar a la vía del metro”. “Tras leer mi historial y ver que había tenido ya dos intentos, me dijo: ‘Ya se puede ir’”, cuenta Puy. Acto seguido llevó a cabo lo anunciado y aquel intento de suicidio le dejó en silla de ruedas: desde entonces se adapta a una vida con diversidad funcional y participa en proyectos artísticos de danza integrada.

-¿Me está diciendo que aquel psiquiatra no hizo nada por detenerle? Nada. Yo buscaba eso, que me ingresaran para tener dónde dormir y comer.

-Pero no ocurrió. No. Me fui de allí y subí al metro en Vall d'Hebron. Bajé en El Carmel, vi pasar uno, me senté, eché a llorar y ya, cuando pasó otro, salté. Tuve la fortuna de que la estación de bomberos estaba a 30 metros y ellos me sacaron. Sólo recuerdo despertar en las vías: las piernas ya no estaban; no dolía pero quemaba mucho. Me desmayé y estuve un mes en coma.

-¿Cuál fue el punto de inflexión para llegar a esa situación? Ver a mi madre en el balcón, cansada de mis cagadas, diciéndome: “Aquí en casa no te puedes quedar”.

-¿Cómo era su vida antes de aquello? Empecé en la hostelería a los 17. Por mis horarios me era imposible hacer un círculo de amistades, así que empecé a salir de fiesta solo. A los 25 tuve mi primer contacto con las drogas: al principio medio gramo de coca me duraba tres días, pero llegó un punto en el que enfermé y acababa con cinco gramos en una habitación de hotel, rodeado de revistas porno y masturbándome loco perdido.

-¿Seguía en la hostelería? No. En 2008 estudié un curso de trabajador social y empecé a trabajar en el Centro de Acogida de la Zona Franca, atendiendo a personas sin techo. Mi vida caótica me hizo entrar en depresión y dejé el trabajo. Mis padres me dijeron que me buscara la vida, y como hasta que no cobrara el paro no tenía dinero, tuve que vivir en la calle durante un mes.

-¿Cómo? Uno de los usuarios a los que yo había atendido en la Zona Franca me ayudó. Me encontró llorando en la estación de Sants y durante ese mes estuvimos comiendo en un comedor social y durmiendo en cajeros y huecos de ascensores.

-Cuando despertó del coma todo había cambiado. Sí, todavía ni siquiera soy plenamente consciente del cambio físico en mí. Hay gente que me dice: “Qué huevos tuviste”. Pero no se trata ni de huevos ni de cobardía: se trata de desesperación. A veces lo he pensado: si tú te quieres matar, te tiras en el inicio del andén, cuando el tren viene rápido. Pero yo me tiré de la mitad para el final, cuando estaba frenando. Yo creo que fue una llamada de: “Por favor, ayudadme”.

-¿Cuál era su visión sobre las personas con diversidad funcional antes de ser parte del colectivo? Siempre he sido sensible a esos temas, pero lo cierto es que nunca me planteé poder estar en el otro lado.

-Desde que ocurrió, está muy ligado al mundo del arte. ¿Por qué? Que yo empezara en la danza tiene que ver con perderlo todo y sentir un vacío. Un vacío lleno de silencios dolorosos. Y para ocupar esos silencios dolorosos, empleo el tiempo y las ganas en la danza, que ocupa el lugar de esos silencios que dejaron las cosas que he perdido.

-¿Cree que hubiera descubierto la danza, que tanto le apasiona, de no haber pasado lo que pasó? No lo sé. El accidente fue una coyuntura porque te incapacitan para el mundo laboral pero no quieres estar en casa deprimido. Yo sabía que tenía la capacidad, y entonces me dije: “Prueba”. 

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