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Análisis

Coe corta la cabeza de la serpiente

Es la primera vez que la IAAF sanciona a un país a causa del dopaje sistemático

Martí Perarnau

Es la primera vez que la Federación Internacional de Atletismo sanciona a un país a causa del dopaje sistemático. Las razones de la suspensión de Rusia por tiempo indefinido para toda competición internacional son tan poderosas y variadas y la implicación del Estado ruso es tan profunda e inequívoca que la resultaba inevitable. Baste un dato para advertir de qué magnitud estamos hablando: uno de los varios entrenadores que sancionados a perpetuidad es Viktor Chegin, que acumula nada menos que 37 casos positivos entre sus atletas. No uno, ni dos, ni tres, que podrían ser atribuidos a una terrible y nefasta coincidencia, ¡sino 37! Rusia ha heredado los peores vicios del dopaje estructural que se practicó en la Unión Soviética desde el inicio de los 60.
    Sebastian Coe lo conoció de primera mano, ya que participó -y ganó- en los Juegos de Moscú 1980, donde el tráfico de anabolizantes y sustancias dopantes en la Villa Olímpica provocaba sonrojo. Como atleta, Coe es uno de los grandes iconos históricos y además goza de una imagen de corredor impoluto que se ganó a pulso. En paralelo, fue inevitable que conociera la otra cara del atletismo: no solo el dopaje sistemático en la URSS y la RDA, sino sus desembocaduras en el mapa de acero, desde Polonia hasta Cuba. Y dado que también participó -y ganó- en los Juegos de Los Ángeles, pudo conocer de primera mano las estratagemas de entrenadores y atletas americanos para escapar de los controles, lo que se prolongó en el tiempo hasta llegar a Marion Jones, Justin Gatlin, Tyson Gay o el caso Balco.
    Como hombre inteligente que es, Coe supo del dopaje masivo en Gran Bretaña y Alemania, del uso extendido en Italia y Francia y, cuando estas cuatro potencias pusieron coto, no pudo desconocer lo que ocurría en España y Grecia, focos del dopaje en el cambio de siglo. Pero como vicepresidente de la IAAF durante ocho años, al igual que su contrincante electoral hace unos meses, el ucranio Sergei Bubka, debió esforzarse mucho para no advertir los síntomas de corrupción del presidente Diack, incluida la ocultación de casos positivos de dopaje a cambio de sobornos, según la policía francesa.
    Anoche, ante la demoledora presentación de pruebas irrefutables por parte del comité independiente de la AMA, dirigida por el nada político Dick Pound -lo que en su día le costó no ser presidente del COI-, Coe no ha tenido más remedio que mirar de frente a la serpiente del dopaje y cortar muchas manos sucias. Rusia solo es la punta del iceberg, al igual que el atletismo solo es el más envenenado de los deportes, junto al ciclismo. Pero hay muchos otros deportes y otros muchos países. Solo en atletismo hay pruebas suficientes para sospechar abiertamente de Kenia, Etiopía o Turquía como en su día de España. Basta repasar la lista de récords mundiales, europeos o de muchas naciones para sentir escalofríos: están trufadas de tramposos. Ni la IAAF ni casi ninguno de sus miembros asociados -con excepciones notables como alemanes, británicos o italianos- han querido limpiar este deporte de semejante lacra hasta que se han visto forzados a una decisión terrible. El veneno de la serpiente había llegado demasiado lejos y sin duda es terrible para los deportistas limpios, aunque a medio plazo ellos serán los más beneficiados si en Rusia deciden apostar por la honestidad.

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