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viajeros bajo tierra

El metro, la kryptonita del coche

En el suburbano de Barcelona son legión quienes sacrifican la comodidad del coche por la eficacia de los vagones

Antón Rosa

Barceloneta 8 Viajeros de la línea amarilla esperan subir a un vagón.

Barceloneta 8 Viajeros de la línea amarilla esperan subir a un vagón. / RICARD FADRIQUE

Esther Barrientos utiliza el metro cada día. “Es más práctico y me aseguro que no hayan retrasos como en el bus”, señala esta estudiante de Publicidad. Hasta hace apenas cuatro años, Barrientos podía desplazarse hasta su instituto en Sagrada Familia caminando y solo usaba el transporte público ocasionalmente. “En la universidad cambié las T-10 por la T-JOVE”, explica.

Es el mismo caso que Ana Cebrián. Esta vecina de Esplugues de Llobregat utiliza el metro tanto para ir a trabajar como a clase. “Es el transporte que me lleva más directamente”, asegura. Cebrián coge la línea azul (L5) en la parada Pubilla Cases de Hospitalet de Llobregat. En la misma estación se sube al vagón cada mañana María Larrión. Hace más de cinco años que dejó de coger el coche para ir a trabajar. “Con tanto atasco y poco aparcamiento es imposible”, lamenta. Según Larrión, los turistas son los grandes beneficiados del aumento de líneas: “Para el visitante extranjero es más fácil moverse por Barcelona en metro”.

Maara y su hermana se mueven como pez en el agua por la línea azul. Las dos utilizan siempre el metro para moverse desde Collblanc hasta la oficina donde trabajan. “Es la mejor combinación para llegar cada mañana a la hora”, comentan. Por la misma razón, David Fernández decidió hace tres años probar de cambiar el bus por el metro. “No tengo coche y me di cuenta que era la manera más rápida para llegar al trabajo entre semana”, asegura. Marcel Magem, en cambio, es un veterano del metro. Este joven del Poblenou lleva más de seis años utilizándolo con frecuencia. Desde setiembre, se ha visto obligado a utilizarlo entre dos y tres veces cada día para poder compaginar trabajo y estudio. “Es la manera más rápida. No tengo que hacer trasbordo y el bus tarda más y no es tan directo”, explica.

A pesar de haber pedido desde hace unos meses la baja en su trabajo, Margarita Saserras no ha renunciado a moverse por Barcelona en metro. Hoy le toca revisión y se ha acercado hasta el céntrico Hospital Clínic. “Solo tengo 20 minutos hasta casa y el aumento de vehículos es excesivo”, explica con una sonrisa. Para Sergio Rodríguez el tráfico también es la excusa perfecta para subirse a un vagón: “Lo utilizo tanto para ir trabajar como a la universidad. Incluso teniendo moto, cojo el metro para evitar retenciones”, comenta. Además, Rodríguez elogia los avances que se han hecho para habilitar nuevos tramos: “Las nuevas líneas permiten más combinaciones y posibilidades”.

“La L9 es un lujo asiático”

Siete pisos de laberínticas escaleras separan la línea azul de la línea 9 Sud a su paso por Collblanc. Este tramo inaugurado en febrero de 2016 conecta Zona Universitaria con el Aeropuerto en poco más de media hora. Sergi Mas es un usuario habitual. Su trabajo le obliga a viajar mucho y cuando tiene que coger un avión no duda en utilizar esta línea. “Es un lujo asiático. Acostumbra a estar vacía”, asegura. Para Mas, la L9 no puede ser rentable, pero demuestra que el metro es el mejor medio de transporte. “No habrá otro que le supere. Hace siete años que me canse de las multas y de la congestión”, señala.

En una de las esquinas de la parada de la L9 en Zona Franca, Sarah ojea un pequeño mapa plegable de la red de transporte público de Barcelona. Esta estudiante de Munich lleva cinco días en la ciudad y ya es la segunda vez que utiliza esta línea. “La cogí para ir del aeropuerto a mi hotel. Hoy tocaba acercarse al Camp Nou”, explica la joven.

En Barcelona sin coche

“Nos encanta el metro”, asegura Hjordis Audunsdottir. Esta islandesa no se lo pensó dos veces cuando su empresa le ofreció trabajo en Barcelona en 2016. Se mudó a la ciudad con dos de sus hijos, Malen y Saevin, y su marido Lydur. “Nos subimos al avión y nos despedimos de todo lo demás”, recuerda Aunsdottir. En Islandia, la familia utilizaba dos coches a diario, sin embargo, desde que viven en la capital catalana solo se desplazan en transporte público. “Allí no tenemos tren o metro. Barcelona nos ofrece muchas posibilidades”, señala Lydur.

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