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BARCELONEANDO

Negreros y catalanes

Gustau Nerín disertó el jueves en el Museu Marítim sobre el negocio lucrativo del tráfico de esclavos

El antropólogo subrayó el clima de vista gorda en que medró la inmoralidad

Olga Merino

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Nerín sujeta, el jueves, una pintura que representa el abordaje de un vapor inglés a un galeón español usado para transportar esclavos. / JOAN PUIG

Lleno absoluto el jueves en el Museu Marítim para escuchar la conferencia del antropólogo Gustau Nerín (Barcelona, 1968) sobre el papel de los negreros catalanes en el muy lucrativo negocio del tráfico de esclavos, un asunto tan jugoso como incómodo de orear. La charla se inscribió dentro del ciclo Maridatges marítims, una propuesta muy bien pensada según la cual el público asistente se instruye sobre un tema histórico de interés mientras saborea un trago acorde con el discurso. Por ejemplo, el día de la disertación sobre los incas, el museo obsequió a la concurrencia con un pisco sour peruano, y cuando se habló de corsarios berberiscos, hubo pomada menorquina.

El jueves, chupitos de ron. No podía ser otro licor que el destilado de la caña de azúcar. Porque hablar de esclavitud en las Antillas, en Cuba y Puerto Rico, es hacerlo sobre las plantaciones azucareras, sobre jornadas extenuantes de zafra, trapiche y molienda en que los cautivos negros caían como moscas y se reemplazaban por nuevas remesas de esclavos en cuanto se les extraía el jugo.

Por algún capricho del azar, aun cuando la programación anunciaba que se serviría ron de la marca Masnou, lo que acabó escanciado en las copas fue ron Pujol, un apellido muy nostrat en cuyos ecos se confunden los vínculos entre política y chanchullismo, como sin duda debió de suceder con la sacarocracia antillana. Antes de que el oasis catalán reventara por las costuras, al parroquiano que pedía un “honorable” en ciertos bares barceloneses se le preparaba de inmediato un carajillo de ron Pujol. Ay, lo que son las cosas, pero no desviemos el rumbo de la goleta.

ESCLAVISTAS DE TODA LA VIDA

Hace apenas un año que el doctor Nerín, especialista en el estudio del colonialismo español en África y autor de ensayos como 'Traficants d’ànimes' (Pòrtic, 2015),  ha regresado a Barcelona después de una década de ausencia, repartida entre Guinea Ecuatorial y Brasil, como profesor e investigador. Siempre es un placer escucharle.

Durante la charla y posterior debate, salieron a relucir, las familias esclavistas recurrentes, como los Güell o los Vidal-Quadras, e ilustres explotadores, como Antonio López o Pedro Blanco, quienes, aunque cántabro el primero y malagueño el segundo, escogieron Barcelona como lugar de residencia y relajo. También afloraron otros nombres mucho menos conocidos como los hermanos Rovirosa, negreros de Vilanova instalados en Brasil después de haber pasado largas temporadas en las costas africanas.

Es muy difícil, según advirtió el investigador, dilucidar hasta qué punto los templos expiatorios, la exaltación modernista del Eixample o las casas de los indianos en el Maresme provienen directamente de los grilletes. En primer lugar, porque durante un largo periodo el tráfico de esclavos fue ilegal, de manera que existe escasa constancia documental, y, en segundo, porque pocos linajes están dispuestos a ventilar sus vergüenzas (la mierda descansa mejor bajo la alfombra). Pocos han tenido la generosidad de los Goytisolo -la vertiente vasca y literaria del asunto- de abrir los archivos familiares a la investigación.

TEOREMA DEL LADRILLAZO

De todas formas, Nerín sopló un truco: cualquier fortuna amasada rápidamente en los años 30 del siglo XIX proviene, casi seguro, del esclavismo, de la trata o del trabajo forzado en las plantaciones. La prueba del algodón. El ladrillazo de los tatarabuelos. En Cuba, la trata dio más dinero que el azúcar en sí.

Más allá de alistar chivos expiatorios, Nerín se esforzó por subrayar la vista gorda en que medró la ignominia. Digamos que hacia 1850 nadie se atrevía a defender el esclavismo en público, pero se toleraba. Un 'laissez faire' con el pretexto del crecimiento económico.

Mencionó, por ejemplo, el abordaje del Conchita, un barco negrero de Vidal y Ribas, por parte de la Marina británica, que se arrogó el papel de policía antiesclavista en cuanto Londres abolió el tráfico (1807) por la sencilla razón de que su economía ya había dado un salto hacia adelante. Pues, bien, el caso destapó la caja de los truenos y aparecieren en la prensa catalana encendidos artículos contra la afrenta. Un artista anónimo dedicó incluso al episodio un cuadro titulado 'Apresamiento escandaloso de la corbeta española Conchita', que se conserva en el Marítim y que los asistentes a la charla pudieron contemplar.

Parece, pues, que lo de mirar hacia otro lado viene de antiguo.                      

                  

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