Cómo escapar de la extinción humana (3)

Denuncia científica: la verdad sobre la crisis del planeta ha sido silenciada

Una poderosa maquinaria ha engañado a la población para defender intereses corporativos

Denuncia científica: la verdad sobre la crisis del planeta ha sido silenciada

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Eduardo Costas, catedrático de Genética, UCM

La ciencia alerta desde 1827 de los mecanismos naturales que propician el calentamiento del planeta y a lo largo del siglo XX ha establecido una relación inequívoca entre la quema de combustibles fósiles y las concentraciones de CO2 en la atmósfera. Pero una poderosa maquinaria ha silenciado y negado la evidencia científica. Su objetivo: engañar a la población para defender intereses corporativos.

La liberación a la atmósfera del dióxido de carbono procedente de la quema de los combustibles fósiles y sus consecuencias sobre el calentamiento global y el cambio climático han preocupado a los científicos desde hace casi 200 años.

En una fecha tan temprana como 1827, el gran matemático Jean-Baptiste Fourier esbozó las primeras ideas sobre el tema en su trabajo titulado “Mémoire sur les Températures du Globe Terrestre et des Espaces Planétaires”, publicado en las Mémoires d l’Académie Royale des Sciences de l’Institute de France (VII 570-604).

Pronto el británico John Tydall tomó el relevo. Tras una serie de investigaciones experimentales muy sofisticadas, publicó en1859 que gases como el dióxido de carbono, el metano y el vapor de agua, bloqueaban la radiación infrarroja.

A partir de su descubrimiento, Tydall advirtió que los cambios en la concentración de los gases atmosféricos, especialmente el incremento en dióxido de carbono, acabarían trayendo importantes variaciones climáticas en el planeta.

Arthenius, pionero

Aunque se considera a Tydall como el primer científico en probar experimentalmente el mecanismo de absorción de calor por los gases de efecto invernadero, lo cierto es que una mujer, Eunice Newton, descendiente directa de Isaac Newton, se le adelantó 3 años. Eunice Newton realizó experimentos laboratoriales que probaban sin lugar a dudas que el dióxido de carbono es un gas de efecto invernadero.

A finales del XIX se produce un importante giro en el tema, cuando el reputado químico sueco Svante Arrhenius (que ganaría el Premio Nobel) dio un paso más. En 1896 Arrhenius publicó un brillante artículo demostrando que la quema de carbón y otros combustibles fósiles para alimentar las máquinas térmicas de la revolución industrial, terminaría incrementando significativamente la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, dando lugar a un peligroso calentamiento global que incluso podría poner en peligro nuestra propia supervivencia.

Arrhenius se esforzó para que su trabajo trascendiese al mundo académico y al Nobel sueco le cabe el honor de intentar por primera vez convencer del peligro del calentamiento global a políticos, gestores de empresas y al público más culto.

Dos artículos emblemáticos

Indudablemente, durante el siglo XX se acumularon por millares las publicaciones científicas extremadamente rigurosas que estudiaban el papel de los gases de efecto invernadero en el cambio climático y el calentamiento global y el cambio en la estructura de los ecosistemas.

Entre tantísimos trabajos tan excelentes resulta difícil destacar algunos. Pero, por su especial transcendencia, vale la pena comentar dos de ellos.

En 1956 se alcanzó un hito gigantesco: Roger Revelle y Hans Suess publicaron en Science (que, junto a Nature, es la revista científica de mayor prestigio del mundo) que el mar absorbía por lo menos la mitad del dióxido de carbono emitido en las combustión de los combustibles fósiles, mientras que el resto quedaba, básicamente, en la atmósfera.

De no haber sido por esta absorción marina de dióxido de carbono, hace tiempo que la atmósfera ya habría sobrepasado límites extremadamente peligrosos.

Pero en el mar, el dióxido de carbono se transforma en ácido carbónico, lo que está produciendo un serio problema de acidificación marina. Esta acidificación aumenta la solubilidad del carbonato cálcico, poniendo en peligro a las miles de especies que dependen de él para sus exoesqueletos y conchas.

El trabajo de Revelle y Suess demostró que, aunque solo liberemos dióxido de carbono en la atmósfera, al final sus consecuencias negativas afectarán también a los océanos, las aguas continentales, etc., y no solo a nivel de clima.

Tras esta conclusión pionera de Revelle y Suess, miles de trabajos han profundizado en los graves efectos que la liberación de dióxido de carbono produce en otros sistemas no atmosféricos.

UC San Diego

Curva de Keeling

Pero el más célebre de los múltiples trabajos sobre los problemas de la liberación del dióxido de carbono en la atmósfera es sin duda alguna la llamada curva de Keeling.

En 1958 el científico estadounidense Charles David Keeling, de la Scripps Institution of Oceanography, empezó a registrar de forma continua la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera desde la cumbre del Mauna Loa, un lugar aislado en el medio del Océano Pacífico. También tomó medidas en la Antártida.

Keeling demostró que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se incrementaba de año en año. Y lo que es mucho más importante: la tasa de incremento de la concentración de dióxido de carbono en un año muestra exactamente la correlación esperada por la cantidad de combustibles fósiles quemados en ese año.

Desde entonces, la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) analiza muestras de aire de una red de 100 observatorios situados por todo el mundo.

Con estos datos se confecciona la curva de Keeling, una gráfica que muestra los cambios en la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera desde 1958. Sus resultados son espectaculares.

En 1958, cuando Keeling empezó a medir, había 315 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono en la atmósfera. A principios de este año 2022 ya se habían alcanzado las 418,19 ppm. Más de 100 ppm en 65 años.

La Ántartida contiene valiosa información sobre el pasado de la Tierra. / Long Ma/Unplash

Registro de 500.000 años de antigüedad

Pero, además de la curva de Keeling, tenemos un excelente registro del dióxido de carbono atmosférico durante el último medio millón de años.

Cuando nieva queda aire atrapado entre los copos. En el Ártico y en la Antártida la nieve nunca se funde. Termina compactándose, formando hielo por la presión de sucesivas nevadas: ese aire queda atrapado en forma de pequeñas burbujas en el hielo. Así disponemos de aire atmosférico atrapado en el hielo polar en una serie completa de 500.000 años de antigüedad, lo que constituye un registro extraordinario de la evolución de los gases atmosféricos durante el último medio millón de años.

El análisis de este aire atrapado en el hielo nos proporciona las concentraciones de dióxido de carbono anteriores a 1958. También nos aportan las concentraciones posteriores a 1958, confirmando que las medidas de Keeling estuvieron perfectamente hechas.

La importancia de estos análisis es crucial.

Así se demuestra que, en nuestra era, las concentraciones de dióxido de carbono apenas fluctuaron durante siglos entre las 270 y las 280 ppm. Sin embargo, tras la revolución industrial, empezaron a crecer cada vez más rápido, coincidiendo exactamente con la cantidad quemada des combustibles fósiles.

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Pasar de 270 a 418 ppm de dióxido de carbono en la atmósfera en 200 años es extremadamente alarmante. La gran extinción Pérmica, de la que tratamos en el artículo anterior, nos proporciona buenos indicios de lo que podría pasar.

Pese al inminente peligro al que nos enfrentamos, durante muchas décadas actuó una poderosa maquinaria para silenciar y negar la rigurosa evidencia científica. Su objetivo fue engañar a la población para defender poderosos intereses creados.

Cómo escapar de la extinción humana: artículos para entender lo que está pasando con el planeta

 

Bajo este epígrafe publicamos una serie de artículos que analizan de forma científicamente rigurosa la crisis planetaria en sus diferentes dimensiones, así como explican cómo afectará a nuestras vidas y el precio que habremos de pagar para escapar de la catástrofe que podría acabar con la vida en la Tierra.

Ofreceremos una visión completa de la problemática, siempre en clave divulgativa, que no solo expondrá los últimos conocimientos sobre biología y ecología, sino también las últimas aportaciones desde campos tan dispares como la neurobiología (intentando ver por qué nos comportamos como lo hacemos cuando destruimos nuestro propio ambiente), e incluso desde la economía más científica.

El objetivo de esta serie de artículos es que cualquier persona pueda no solo entender lo que está pasando, sino también, si así lo desea, comprometerse con el planeta con los conocimientos adecuados que le permitan trascender medidas meramente estéticas.

Como el cambio global que estamos sufriendo es extremadamente complejo, los artículos que intentan explicarlo van a ser relativamente complejos. Pero vale la pena esforzarse para entender el cambio global, ya que es algo extremadamente grave.

Para ello le invitamos a hacer un viaje largo y complejo, pero también divertido, a través de toda esta serie de artículos. Solo después de haber leído muchos de ellos estará en condiciones de entender bien lo que estamos viviendo como especie y de actuar en consecuencia.


EDUARDO COSTAS


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