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La crítica de Monegal: Rajoy en el 'jacuzzi', sumisión, masaje y risas

Festival Rajoy en ‘El hormiguero’.

Festival Rajoy en ‘El hormiguero’.

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Ferran Monegal
Ferran Monegal

Crítico de televisión

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Se comprueba una vez más que cuando la derecha se pasa por ‘El hormiguero’ (A-3 TV) la apoteosis se escucha hasta en Pernambuco. Ocurrió hace unos días con Isabel Díaz Ayuso. Aquí se lo conté. Le hicieron un trabajo divino. Quedó como una reina, más que como una política. Visto lo visto es natural que Mariano Rajoy también se haya querido pasar ahora por el 'chiquipark' de las hormigas. Ha sido otra sesión gloriosa, sí. Eran tantos los vítores y aplausos que remataban cada uno de sus parlamentos que a lo mejor las criaturas seleccionadas para público eran repetidas: las mismas que con la Ayuso. Hombre, ya sabemos que no se le puede pedir a un 'jacuzzi' infantil que le haga una desinfección de estómago al niño.

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De modo que irle sirviendo temas en bandeja para que él vaya respondiendo a su gusto, sin una réplica, sin una repregunta, sin nada que le incomode lo más mínimo, ya sabemos que es el ‘modus operandi’ de este acreditado establecimiento especializado en la masajística. Pero quizá, cuando se le invitó a que hablase de Juan Carlos I, y sin ánimo de molestarle en absoluto, quizá hubiera sido pertinente replicar alguna cosita. Cuando este expresidente del Gobierno –«El peor presidente que ha habido en la democracia» advirtió el sábado, en ‘La Sexta noche’, Pedro J. Ramírez– cuando Rajoy, les decía, se deshizo en elogios sobre el emérito, cesante o dimitido Juan Carlos I, era su opinión, y allá él con su personal estrabismo. Pero cuando añadió, como prueba irrefutable de que es un Rey magnífico: «¿Lo ha condenado algún tribunal? ¡No está acusado de nada!», cuando lanzó esta adulteración de la realidad, quizá el masajista Pablo Motos se hubiera podido permitir un pellizco, una cosita suave, nada sangrante por supuesto, pero al menos un apretoncito en honor a la verdad y sobre todo por respeto a los tres millones de espectadores que les seguían.

 Me refiero a una réplica breve, una puntualización para intentar evitar que lo tóxico campe libre. Un mirar a cámara, y al entusiástico público allí reunido, y recordar que si al emérito no le han juzgado, ni le han sentado todavía en un banquillo, es precisamente porque se le mantiene blindado, al margen de la Justicia.  «Cuando el mundo va p’atrás, el que calla también tiene la culpa» gritaba Facundo Cabral en ‘La culpa es del silencio’, una de sus canciones más lúcidas.