29 mar 2020

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Análisis

El viaje a ninguna parte

Jordi Ferrerons

Existen pocas cosas más absurdas que perder deliberadamente el tiempo en épocas de crisis. En este primer aniversario del apagón analógico conmemoramos la puesta en marcha de un sistema de emisión y recepción de televisión caro, desordenado, desconcertante, empobrecedor de la calidad, industrialmente poco sostenible y ocasionalmente alentador de algunos contenidos extremos. La TDT, además, se implanta en un momento en el que el consumo audiovisual del público comercialmente más interesante (entre 14 y 45 años) discurre también por otros territorios: cada vez más, ese sector va a buscar lo que quiere en el momento que quiere, no lo que unos cuantos operadores que deben rellenar parrillas con productos lo más baratos posible le ofrezcan cuando ellos decidan.

Esta misma semana, el Observatorio Audiovisual Europeo publicaba que España es el segundo país de Europa con más cadenas de televisión, un total de 1.180, solo superada por Gran Bretaña (1.222, casi la mitad de las cuales emiten para otros países). Francia, otro buen referente, cuenta con 450 cadenas. Y la TDT no ha ordenado tamaño despropósito. No existe capacidad de financiación para tanto canal: un mercado publicitario en crisis, tanto económica como de identidad, sigue apostando, pese a la fragmentación, por los grandes operadores privados, únicos beneficiarios de la supresión de publicidad en TVE.

Son estos grandes grupos los que obtienen el grueso de la audiencia en España: según Kantar Media, en marzo fue un 50%, repartido en 16 canales entre los grupos Telecinco, Antena 3 y La Sexta; solo ellos pueden permitirse ofrecer, mal que bien, programaciones diferenciadas para públicos distintos y complementarios. Un 24% fue para los seis canales de TVE. El 26% restante, entre cadenas autonómicas y una miríada de frecuencias locales y pequeñas televisiones privadas. Estas últimas han apostado a menudo por hacerse oír para existir en medio de este océano digital: cadenas de ruido y furia cuya notoriedad es sensiblemente superior a sus índices de audiencia pero que impregnan y alimentan contenidos de la competencia a través de los programas de zapeo, resultones y sobre todo baratos.

Resumiendo mucho podemos concluir que en un año hemos ganado Intereconomía, perdido CNN+ y cuestionado muy seriamente la viabilidad financiera de TVE y la ya maltrecha reputación de las televisiones autonómicas. En este último caso, la única excepción es TV-3, líder de audiencia en Catalunya y sin perder ni un ápice de su extraordinaria incidencia social. A pesar de ello, la crisis económica amenaza también su actual modelo de gestión.

Sherlock Holmes solía preguntarse a quién beneficia el crimen. Olvidémonos del concepto crimen y no perdamos la esperanza de tropezarnos algún día con algún espectador que disfrute de la situación actual y la entienda, pero planteémonos para qué diablos ha servido la TDT.