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tú y yo somos tres

Piel contra piel, y disfrutando

Ferran Monegal

No es ninguna tontería este ejercicio que nos acaba de presentar Albert Om bajo el título de El convidat (TV-3). Siempre he lamentado que, en televisión, el género de la entrevista decline, naufrague y se transforme en una espuma insustancial. Pues bien, de pronto Om subvierte la anodina tendencia y no solo entrevista -y bien- sino que va más allá y se sumerge todo un fin de semana, cuerpo a cuerpo. O sea, consigue una profundidad que es una estimable rareza. La primera vida en la que se ha introducido ha sido en la de Teresa Gimpera, una de las señoras más entrevistadas de la historia de la televisión, y que descubriéndola ahora con Om parecía como si nunca la hubiera entrevistado nadie antes. Llegó a su casa el sábado por la mañana y se quedó hasta el domingo por la tarde. Y allí, en el pisito de Teresa, junto a Craig Hill y un perrito y un gato, Om se fundió y consiguió dar un sentido, y una sensibilidad, a la inmersión. En la cocina, en el lavabo, en la salita de estar, o cenando en la minúscula mesita, fluía la vida de Teresa, suavemente, y a nosotros en casa nos daba la sensación de estar acariciando una piel sabia, deliciosa. Una piel con el surco de alguna arruga grabada en ella, pero una piel que, con el paso de los años, ha adquirido una luminosidad estupenda. Hubo momentos muy divertidos. Por ejemplo, cuando Craig habló de sus conquistas («más de un centenar de damas», decía, recordando cuando era el rey del spaghetti-western y cabalgaba en plan tremendo) y Teresa, entre modosa y coqueta, añadía: «¡Ay! Pues yo no, yo solo he tenido ocho». ¡Ahhh! Fue un instante muy bueno. También hubo momentos de honda, hondísima, carga emocional, como cuando ella recordó la muerte de su hijo Joan, con entereza, evocando aquel duro trance con dulzura, pero con realismo y con firmeza. Fue precisamente Om quien se rompió ante aquel recuerdo. Sentido y sensibilidad, decíamos al comienzo. Efectivamente. Cabe solo un levísimo reproche: esa incursión nocturna que realizaron a una discoteca no tenía ni pies ni cabeza. Al margen de ese instante, puntual y olvidable, el ejercicio ha sido excelente. Estos fines de semana de Om, sumergido en casa de la criatura, pintan muy bien. Recuerdo que cuando Maragall era alcalde de Barcelona de vez en cuando se iba a casa de alguna humilde familia, sin avisar ni nada, y se quedaba uno o dos días con ellos. El sistema le dio unos resultados excelentes.

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