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Emilio Santiago (antropólogo medioambiental): "Ahora mismo todas las elecciones son plebiscitos climáticos"

La Tierra sufre un auge sin precedentes de extremos climáticos

Cómo hablar de la crisis climática sin causar hartazgo o ansiedad

Entrevista a Emilio Santiago , antropólogo delConsejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Entrevista a Emilio Santiago , antropólogo delConsejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). / Juan Fernández / David Castro

Juan Fernández

Juan Fernández

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La colección de records climáticos que llevamos acumulados últimamente están extendiendo la sospecha de que hemos cruzado una línea de no retorno de la crisis medioambiental y que ya no hay nada que podamos hacer para evitar el desastre. Esta profecía se ve reforzada por la narrativa que aportaron tantas películas y novelas distópicas como llevamos vistas y leídas. El antropólogo y activista ecosocial Emilio Santiago (Ferrol, Coruña, 1984) previene contra ese pensamiento derrotista. En ‘Contra el mito del colapso ecológico’ (Arpa), el investigador del CSIC explica que creer que el apocalipsis climático es inevitable, aparte de una falacia científica, es una trampa política.

Seguramente, si salimos a la calle y preguntamos a la gente qué es el colapsismo, pocos sabrán responder.

Sin embargo, si les preguntamos cómo ven el futuro climático del planeta, la mayoría dirá que nos encaminamos hacia un colapso medioambiental irremediable que vendrá acompañado de sufrimiento y quiebra social. Ese estado de ánimo, esa incapacidad tan propia del siglo XXI para imaginar que el mundo puede mejorar, es el colapsismo. En ámbitos ecologistas es una teoría que defiende que la transición hacia una sociedad sostenible es imposible y que solo podemos adaptarnos a lo que va a venir, no intentar cambiarlo. Por desgracia, cada día cuenta con más adeptos.

Señales para la alarma y el desaliento no faltan. Llevamos un 2023 de record tras record climático y hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha dicho que “hemos abierto las puertas del infierno”.

La crisis climática es una realidad incuestionable. Debemos tomar conciencia de que hoy vivimos en un mundo muy distinto al de nuestros padres, más hostil en lo climático, y que va a seguir así en el futuro inmediato. El error es asumir que esto nos va a conducir irremediablemente al colapso. Primero, porque es falso. En la crisis que afrontamos hay un enorme horizonte de matices que se pueden disputar y un montón de acciones que se pueden aplicar para girar el timón. Pero, además, interiorizar la idea de que el colapso es inevitable tiene consecuencias sociales y políticas que no estamos estamos valorando suficientemente.

¿A qué se refiere?

Pensar así solo conduce a la parálisis, la desconexión y el nihilismo, y a concluir: total, si todo va a petar, sigamos bailando hasta que se acabe la fiesta. Esa mirada lleva inscrita un discurso profundamente neoliberal, es una versión verde del ‘no hay alternativa’ de Thatcher que da por supuesto que el estado no puede hacer nada por mejorar la vida de los ciudadanos y que solo puedes aspirar a sobrevir como individuo. Entre el negacionismo que afirma aquí no hay ningún problema y la creencia de que todo está ya perdido, hay que reivindicar una tercera salida. La cosa está mal, pero tiene solución.

La teoría del colapso ecológico es una versión verde del ‘no hay alternativa’ de Thatcher que da por supuesto que el estado no puede hacer nada por mejorar la vida de los ciudadanos

La ristra de promesas incumplidas de las sucesivas Cumbres del Clima no animan mucho a la esperanza.

La incapacidad que están mostrando los países para enfrentar este problema alimenta el mito del colapso ecológico, pero quedarnos atascados en esa crítica no soluciona nada, es una pescadilla que se muerde la cola. Por otro lado, no es cierto que no hayamos avanzado ni que todo se esté haciendo mal. El Acuerdo de París fue muy limitado, sí, pero supuso un cambio brutal frente a las dos décadas previas de diplomacia climática. Las movilizaciones de 2019 lograron colar este tema en la agenda pública y el cambio climático dejó de ser una cosa de científicos y ecologistas minoritarios para a convertirse en una preocupación de la mayoría de la gente. La concienciación ciudadana sobre este tema es infinitamente mejor que hace una década. Ahora se trata de avanzar partiendo de esa trinchera.

¿Qué habría que hacer que no se está haciendo?

Es urgente tomar conciencia de la dimensión política y cultural que tiene este reto. Por supuesto, debemos descarbonizar la economía, pero esto no se arregla cambiando nuestro coche de gasoil por otro eléctrico, por más que ese cambio sea beneficioso. Tenemos que relacionarnos de otra forma con aspectos tan vitales como la alimentación, el ocio, el turismo… Tenemos que consumir menos, pero, sobre todo, tenemos que romper esa vinculación que a día de hoy mantenemos entre consumismo y felicidad. Porque el consumismo es el motor cultural que nos ha llevado a esta situación insostenible. Esto implica reordenar los valores y las prioridades de la sociedad. Afrontamos una crisis existencial que nos va a reinventar como civilización.

Suena a reto descomunal.

En realidad, no dista mucho del que afrontamos en otros momentos críticos de nuestra historia, como cuando se desmontó el Antiguo Régimen en cuestión de décadas o irrumpió la sociedad de masas a principios del siglo XX. Son momentos de enormes turbulencias, pero se superan. El colapso no es un destino, las turbulencias sí. No estoy diciendo que esto vaya a ser fácil, será muy complicado, pero hay que dar esta batalla.

Habla de una dimensión política.

Esta es la clave. Debemos tomar conciencia de que esto no se arregla con acciones individuales, sino que es un reto colectivo, y eso pasa por construir mayorías sociales que exijan que la sostenibilidad sea el eje de las políticas públicas y tener gobiernos que hagan de la lucha contra la crisis climática su columna vertebral. Y esto se consigue votando.

Tenemos que romper esa vinculación que a día de hoy mantenemos entre consumismo y felicidad. Porque el consumismo es el motor cultural que nos ha llevado a esta situación insostenible

La gente vota atendiendo a muchos intereses.

Cierto, pero el impacto que la crisis climática va a tener en la vida de la gente la va a convertir en la cuestión clave. Estamos en una década decisiva: lo que hagamos en los próximos diez años marcará la historia del siglo XXI. Por eso, en este momento todas las elecciones son en plebiscitos climáticos. Sin ir más lejos, las últimas que hubo en España estuvieron a punto de colar en el Consejo de Ministros a un partido abiertamente negacionista. Las elecciones europeas del próximo año serán trascendentales. Existe el riesgo real de que el bloque de la Democracia Cristiana asuma las tesis de la extrema derecha y provoque un giro involutivo en la única región del planeta que se ha tomado en serio la cuestión climática. No nos lo podemos permitir.

En su libro se muestra crítico con algunos déficits que detecta en el discurso ecologista.

La lucha contra la crisis climática no puede ser un ajuste de cuentas con nuestros pecados, sino una oportunidad para vivir mejor. El ecologismo tiene una cuenta pendiente con el deseo. Debe construir una propuesta constructiva y seductora que no muestre la sostenibilidad como un castigo o una purga por nuestros excesos, sino como una oportunidad para tener una buena vida y dar respuesta a muchas injusticias que hay en nuestro mundo.

¿Una buena vida?

Tenemos asociado el placer al consumo y a un delirante desarrollo técnico y material, pero luego resulta que los mejores placeres de la vida tienen que ver con cosas relativamente sencillas como la amistad, el amor, la sexualidad, el deporte, la creatividad… Cuestiones que, básicamente, solo requieren cierta seguridad vital, un ambiente que no sea tóxico ni hostil, y tiempo libre. La reducción de la jornada laboral debería ser una de las reivindicaciones básicas del programa ecologista. En vez de poner el acento en el desastre que nos espera, ¿por qué no ponerlo en imaginar cómo podríamos vivir de manera más sana, feliz y sostenible con el planeta?

¿Se está enfocando mal el debate de la transición ecológica?

Se puede hacer mejor. Sobre todo, esa transición debe ser justa, porque si no generará rechazo y no funcionará. Pero hay margen para la acción. Por ejemplo, ahora mismo el transporte público está siendo subvencionado en España. Estupendo, eso tiene repercusiones en el medioambiente y en el bolsillo de los ciudadanos, pero se puede ir más allá. Un informe de Greenpeace plantea un abono que permita acceder a todos transportes públicos del país por un euro al día. Esto, que ya funciona en Alemania y Austria, han calculado que costaría 2.000 milloneso de euros. Ese dinero podría salir de un impuesto al queroseno, que es el único combustible que no tiene tasa en plena emergencia climática. Las piezas están ahí. Es responsabilidad del ecologismo hacerlas encajar.

Algunas acciones reivindicativas de nuevos grupos ecologistas han sido muy polémicas. ¿Qué opina?

Todo lo que sirva para llamar la atención sobre este problema me parece válido y necesario, más allá de que esté de acuerdo, o no, con algunas acciones concretas. Pero el ecologismo debe entender que la fase de la alarma ya está superada. Ahora toca aplicar políticas públicas y gobernar, porque es ahí donde nos jugamos el futuro.

¿Es optimista?

Sería frívolo declararme optimista viendo que la catástrofe, en parte, ya está sucediendo y que nos esperan tiempos duros y difíciles. Pero me niego a ser derrotista. Soy pragmático y afirmo que, siendo realistas, estamos a tiempo de cambiar el rumbo. El colapso ecológico no es un destino, es una posibilidad, y está en nuestra mano poder evitarlo.