Asturias

El día que nació el "¡Puxa Asturies!": Amelia Valcárcel recuerda cómo creó en los 70 el que hoy es un "grito inmemorial"

"A veces me hace gracia cuando escucho el ¡puxa! y pienso: mi mayor invento y no lo patenté..."

"Lo que sé es que cuando volví de Valencia a final de curso, aquello ya corría con vida propia"

Amelia Valcárcel

Amelia Valcárcel / DAVID CABO

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Tino Pertierra

El "grito inmemorial" del "¡Puxa Asturies!" tiene fecha de nacimiento y la filósofa Amelia Valcárcel reivindica su autoría. Fue a mediados de los años 70 y en primavera. "Cada vez que alguien lo dice, yo añado: son cinco céntimos. Mi mayor éxito de todas mis creaciones", relata con humor.

Todo ocurrió bajo la estatua de Feijoo en lo que era la facultad de Letras, en Oviedo. Con ella, Xosé Lluis García Arias y Lluis Xabel Álvarez. Tres asturianistas de pro.

"Yo debía a la sazón estar estudiando en Valencia", rememora Valcárcel, "aún no había acabado la carrera pero ya se había hecho el Conceyu Bable. Y quizás hubo algo de mimetismo, porque en Valencia no veas cuánto estaba ya el ‘visca’. Estábamos charlando allí felizmente y yo dije que debía existir una palabra en asturiano que indique querer algo con mucha voluntad. O empujar algo hacia delante con muchísimo interés. Y entonces Arias que, como buen tevergano, tenía un registro lingüistico amplio, empezó diciendo ‘emburria’. Y no, emburria no, de todo punto imposible. Y fueron saliendo varias palabras, hasta que entre los dos lluises dijeron: hay una palabra, ‘puxar’. Y yo, que era menos conocedora de toda la semántica, dije, date, está muy bien. ‘No, porque úsase para otras cosas’, dijeron, y yo contesté que eso daba igual, que se usará para esto".

Tápense los oídos: "Voy a confesarte la única vez que yo he ‘atacado’ el patrimonio artístico. Menos mal que el ‘delito’ ha prescrito. Como iba armada –no me preguntes por qué– con un rotulador de esos que escriben gordo, con las mismas entramos en la Facultad. No había nadie, no era un día lectivo, y subimos hasta el bar de arriba en Letras, que ya no existe. Y vi allí un trozo de mármol blanco tan apetitoso, y yo con un rotulador tan prieto... Y les dije: mirad un momento, y apareció allí escrito –sin que yo sepa quién lo hizo (ríe)– un ‘puxa Asturies’. Zas, zas, zas. Y dije: esto queda aquí".

"La gente tiende a pensar que estas cosas son inmemoriales y que vienen del tiempo de Pelayo. O de Favila, por lo menos. Y no. El puxa Asturies surgió aquella mañana en particular y no había sido escuchado nunca antes".

Y se extendió "porque hacía falta. Inmediatamente empezamos a decirlo por ahí, a usarlo a derecha e izquierda. Además, creo que aquel hermoso mármol tuvo algo que ver porque aquella cafetería era muy visitada. Tenía fama de intelectual. Era tan ideal. El primer grafiti del puxa lo perpetré yo. Me lo pedía el cuerpo. Claro, al mes o así ya no estaba, alguien lo borró cuidadosamente. Lo que sé es que cuando volví de Valencia a final de curso, aquello ya corría con vida propia. Y fue maravilloso. A veces me hace gracia cuando lo escucho y pienso: mi mayor invento y no lo patenté...".

Eran jóvenes de veintipocos años con "un patriotismo de verdad. Que sigue siendo noble porque lo conservamos. E hicimos cosas que eran como si estuviéramos arrebatados por un viento necesario", señala. "El patriotismo es importante", afirma, "no creo que sea malo. Es una virtud. Cuando escucho la cosa esa tan abstracta de que todas las identidades son malas, pues no. Todo lo que sea comedido y bien hecho, está bien. Punto. No puedes tomar un país como el nuestro y decirle: tu derecho a la existencia está mermado porque te faltan no sé cuántas cosas esenciales. No me digas. ¿De verdad? ¿En serio? Yo, como asturiana nacida en Madrid, vivía en una casa donde escuchabas hablar asturiano y cuando salías fuera y lo soltabas, la vergüenza era general. ‘Pero esta pobre criatura qué dice, ¿de dónde sale...?’".

La gente, afirma con orgullo, "se identifica muy mucho con ese puxa Asturies. Leí en alguna parte, quizás en internet, instrucciones para pasarlo bien en Asturias, aunque no seas de aquí. Llegas, te compras una bandera, dices puxa Asturias todo el rato..."

De haberlo llevado al Registro Intelectual de la Propiedad, bromea, estaría quizá montada en el euro gracias a los derechos de autora, "a punto de llevarme bien con Bill Gates... El que inventó lo de la chispa de la vida no tiene tanta responsabilidad". Trae a evocación "la que se armó con un concierto de Raimon en Ribadesella, cantando en catalán, y que se pudo celebrar aunque unos fachas habían tirado al mar el equipo de sonido, y cuando acabó nos pusimos en pie veinte o treinta para cantar el ‘Asturias, patria querida’. Lo hicimos tan bien o la ocasión era tan agradable que alguien nos dijo: ‘No, si todavía lo vais a conseguir’. Nadie pensaba que acabaría siendo el himno, algo tan ‘horipilante y borrachuzo’ para algunos. A ver, el ‘Asturias’ tiene un problema, y es que lo conoce una cantidad de gente enorme, y sigue arrastrando un poco esa nube popular, pero cuando lo oyes fuera tiene una solemnidad muy apreciable. Cuando lo escuchan los neoyorquinos se suelen quedar como admirados, y dicen cosas como ‘qué solemne es la primera parte’. En fin, era un tiempo especial y había un viento especial".

"Poco excluyente y alegre"

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Y recuerda con humor Valcárcel que ese viento y la estatua de Feijoo con la mano bajo la barbilla y aquella mañana de primavera con buen tiempo con un rotulador profundamente negro "que quería hacer algo el pobre, me brincaba en el bolsillo" allanaron el camino para que en un "bellísimo mármol se escribiera un grito poco excluyente, agradable y muy alegre. Y se empezó a usar por doquier. Como el himno: en todas las ocasiones". En 1976, cuando se hizo la manifestación de bable en las escuelas, "el grito ya lo teníamos perfectamente compartido".

Saliendo del ‘puxa’, ¿qué piensa de las lenguas cooficiales sonando en el Congreso de los Diputados: "Me parece una tontería de muchísimo cuidado. Naturalmente que puedes hacer uso de las lenguas propias allí, aunque en ocasiones muy significadas. Pero la idea de que en la convivencia española no tenemos una lengua común no tiene ni pies ni cabeza. Claro que la tenemos. Que alguien se ponga a escuchar el euskera sin pinganillo. Yo entiendo perfectamente catalán, e incluso lo hablo, porque, claro, estudié en Valencia. Y el gallego porque no tiene mayores secretos para alguien que hable asturiano. O el portugués. Las lenguas romances tienen un parecido. Pero ponte a escuchar euskera. No, no, no, tonterías las justas. El castellano de Castilla, con tantas adherencias de otras lenguas a lo largo de los siglos, es la lengua común, y pretender negarlo es de insensatos".