Violencia machista

El aislamiento de la mujer de Campdevànol que precedió a su asesinato

  • Alberto, arrestado por asesinato y agresión sexual, quitaba el teléfono a Anna y le prohibía quedar con sus amigas, que ayer se desahogaron gritándole

El aislamiento de la mujer de Campdevànol que precedió a su asesinato

Oriol Clavera

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Guillem Sánchez
Guillem Sánchez

Redactor

Especialista en Sucesos, tribunales, asuntos policiales y de cuerpos de emergencias

Escribe desde Barcelona

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"Le decíamos que lo dejara. Pero cuando alguien está enamorado, no hace caso de lo que le digan". Las amigas de Anna, la joven de 21 años torturada y asesinada en Campdevànol (Ripollès) presuntamente por su novio Alberto, 16 años mayor que ella, corrieron ayer miércoles al domicilio de los hechos al descubrir que el homicida había vuelto, esposado, para participar en la segunda reconstrucción de un crimen machista atroz, el sexto que se ha registrado en Catalunya este 2022. 

El cuerpo les pedía desahogarse, gritar algo contra Alberto. Pero las chicas toparon contra un dispositivo de antidisturbios que había blindado a la comitiva judicial, encabezada por el juez instructor de Figueres y por el fiscal Enrique Barata, que junto a los investigadores de los Mossos d'Esquadra registraron durante dos horas aquella casa infestada de basura en busca de más pruebas contra Alberto, como el cuchillo que usó para apuñalar los genitales de Anna. Las amigas no dijeron nada a los policías. Se limitaron a rodear el dispositivo, tratando de buscar una rendija para aproximarse a la casa que se tragó a Anna mucho antes de que apareciera muerta, con más de 60 heridas y con fracturas en la nariz y en la dentadura. 

El aislamiento

Las amigas respondieron a las preguntas que formula este periódico con la mirada atenta a cualquier movimiento que se produjera en el domicilio, pendientes de si Alberto asomaba por una ventana de la casa o por la puerta principal. "No le dejaba quedar con nosotras", contaba una de ellas. "Y si algún día Anna podía venir, él tenía que estar delante", añadía otra. 

Anna, con familia en el vecino Ripoll, no vivía en Campdevànol, pero cada vez pasaba más días en casa de Alberto y menos en la de sus padres. Ellos también le habían advertido de que mantenía con él una relación tóxica de la que debía escapar. Tampoco sirvió de nada. En una de las ocasiones en que ambos discutieron, Anna huyó y se presentó en la casa familiar sin avisar. Sus padres recuerdan que sonó el timbre, abrieron la puerta y se encontraron con su hija. "¿Y tus llaves?", le preguntaron, extrañados. Se las había quitado Alberto. También le sacaba el teléfono móvil. Cortar los vínculos con sus seres queridos fue la forma de someterla poco a poco.

La droga

"El martes por la noche, después de los petardos –el 20 de septiembre terminaron las fiestas municipales en Campdevànol–, nos cruzamos con Alberto. Llevaba un palo en la mano y andaba cabizbajo", recuerdan una pareja de vecinos que lo vieron, sin saberlo, cuando ya habría comenzado a torturar a Anna. Aseguran que ese día estaba ausente. "Normalmente hablábamos al vernos, pero el martes no dijo nada", explican. Aquella noche ni saludó. En una de esas conversaciones anteriores, sin que viniera demasiado a cuento, Alberto se mostró obsesionado por el temor de que Anna la estuviera engañando "con un moro". 

El sospechoso del crimen, saliendo de su domicilio tras la reconstrucción.

/ Oriol Clavera

Alberto estudió en el Institut Abat Oliva de Ripoll. Una excompañera de clase dice de él que de adolescente “era un poco bichillo”, pero que no era malo. Que nunca vio nada en él que anticipara la crueldad con la que sería capaz de comportarse años más tarde con Anna. Actualmente Alberto estaba de baja por accidente, pero tenía un trabajo estable en una fábrica de piezas. Físicamente no estaba deteriorado porque se preocupaba de no perder la forma, pero sus hábitos de consumo de tóxicos eran cada vez más destructivos. “Todos sabíamos que pasaba droga: marihuana, hachís”, apunta un vecino de Campdevànol. Y que últimamente, según sospechan, había comenzado "a fumar base". La 'base' o 'basuco' es la pasta sobrante del proceso de elaboración de la cocaína, una sustancia cada vez más frecuente en el extrarradio social y cuya inhalación puede provocar graves lesiones cerebrales. Hasta que comenzó a salir con Alberto, Anna no consumía drogas. Era una mujer muy joven, guapa y bondadosa, como la recuerdan sus amigos, que por culpa de su novio dejó de hablar con ellos. Cada día, añade, estaba "más delgada".

Los celos 

Un amigo de Alberto explica que los episodios de desconfianza hacia sus parejas sentimentales no eran nuevos. Había estallado por el mismo motivo con mujeres con las que se había juntado antes de hacerlo con Anna. Actitud posesiva y celos enfermizos que estaban también detrás de algunas denuncias por violencia machista que arrastraba. Según las fuentes consultadas, entre sus antecedentes consta que Alberto fue también condenado por quebrantar órdenes de alejamiento que sendos jueces interpusieron para que evitar que se acercara a mujeres a las que había maltratado. 

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Entre el lunes 19 y el miércoles 21 de septiembre, Alberto sometió a Anna un martirio interminable que nadie sabe todavía si duró horas o días. Después, dejó que se desangrara. Cuando ya había fallecido, la duchó, la limpió, la secó y la vistió de nuevo. Solo entonces llamó a la ambulancia y fingió que las heridas habían sido de una caída en bicicleta que había sufrido el fin de semana anterior. 

Sobre las doce del mediodía de ayer miércoles, la reconstrucción acabó y Alberto entró esposado en un furgón de detenidos de los Mossos d’Esquadra. Las amigas lo vieron. Y corrieron hasta lograr ponerse a su altura. Y desahogarse gritando al hombre que les quitó a Anna.