Crisis sísmica

La Palma se prepara: "¿Por qué no un tercer volcán en una vida?"

Quienes ya vivieron la experiencia del San Juan (1949) y el Teneguía (1971) no temen a una tercera erupción

La Palma se prepara para un nuevo volcán. / VIDEO: LA PROVINCIA

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Ramón Pérez

Los habitantes de La Palma, sobre todo los que ya peinan alguna cana, conviven con estos días de incertidumbre por el enjambre sísmico con la tranquilidad de tener las vivencias del episodio volcánico de 1971, e incluso, los más mayores, la experiencia de 1949. Tanto el Teneguía como el San Juan sientan un precedente relativamente reciente del comportamiento de los volcanes en La Palma, que en ambos casos permitieron pasar del miedo de las jornadas previas a sus erupciones, a prácticamente la algarabía que supuso contemplar dos espectáculos de la naturaleza.

En el recuerdo de las personas nacidas antes de 1949 está el haber convivido con estas dos emergencias en una época en la que los medios técnicos no permitían conocer al detalle, como ahora, el desarrollo pormenorizado de lo que ocurre bajo sus pies. Es el caso de Santiago San Juan, que cuando explotó el volcán tenía catorce años. Desde su casa sentían los temblores, pero niega haber pasado miedo al desconocer que era lo que ocurría. Cuando ya se produjo la erupción se desplazaron en la parte de atrás de un camión hasta la zona de Las Manchas, en El Paso, desde donde contemplaron cómo la lava avanzaba lentamente por las laderas de Cumbre Vieja.

Al llegar, «nos subimos en un muro», relata Santiago, y de pronto comenzó a oler a «goma quemada». Pero no se trataba de los efectos de la lava a su paso por el territorio, «eran nuestras alpargatas», que comenzaron a derretirse por el calor que emanaba del suelo. Fue entonces cuando «un señor mayor nos gritó que nos quitáramos de ese muro», advirtiéndoles de la llegada de la lava, «y al momento de bajarnos vimos cómo se llevaba ese muro», relata Santiago mientras contempla fotografías de aquellos momentos de juventud. Pero él también tuvo la suerte de vivir un segundo episodio volcánico, el del Teneguía en 1971, cuando ya tenía 36 años. «Entonces ya sabía lo que era el miedo», señala. También la inexistencia de tecnología hizo imposible conocer que estaba a punto de surgir otro volcán.

En su casa sentían los temblores, y con cada terremoto «caían fiscos del techo de madera», mientras se quedaban sin suministro eléctrico y se escuchaba un ruido muy fuerte «como si fueran truenos». Después, «nos enteramos por el boca a boca», dice, ya que describe que «empezó a decirse que había reventado el volcán por Fuencaliente». En aquella ocasión se juntaron diez vecinos de su calle, en Santa Cruz de La Palma, para trasladarse en un taxi hasta el sur de la Isla. «Lo vimos de lejos», señala. Esas experiencias le permiten no tener miedo ante la posibilidad de otro volcán, aunque si se muestra preocupado porque «coja casas o gente, de resto, es hasta bonito».

De la misma manera piensa Fernando Leopoldo, que en 1949 tenía cinco años, aunque reconoce acordarse de todo lo vivido en aquellas semanas. «Con otro volcán veré tres, eso sí es difícil», bromea. Del San Juan recuerda cómo caía ceniza por toda la Isla y se veía un resplandor en la cumbre. Como Santiago, también fue junto a su padre a ver como la lava caía por las laderas. Hasta allí «fuimos en el taxi de Oscarito», haciendo el recorrido por Fuencaliente, que en aquella época era la única carretera que unía las dos comarcas. Justo cuando llegaron a Las Manchas, «la lava pasó la carretera», señala Fernando, y «cientos de personas estábamos allí viéndolo», negando la posibilidad de riesgo «porque la lava es muy lenta».

Reconoce que se era «un poco inconsciente» de la situación, aunque destaca que «sabíamos que nuestros volcanes son mansos». Sobre el Teneguía, afirma que «dio miedo el primer día», pero después de la erupción «se calmó todo». También fue a visitarlo varias veces. «Aquello se convirtió en un encuentro familiar», relata.

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Sobre la posibilidad de vivir su tercer volcán deja claro que «el próximo también se notará», aunque piensa que actualmente «se está alarmando a la gente sin necesidad». Por eso, destaca que «cuando tenga que estallar lo hará, da igual el nivel de alerta».

Tomás Rodríguez, un vecino de Los Llanos de Aridane, piensa igual: «si está por salir, saldrá». Él tenía doce años cuando el volcán Teneguía. «Los temblores se sentían desde una semana antes», señala, aunque los de la última noche rompieron incluso vajilla de su casa y les obligo a sus padres y a él a «tirarnos fuera de la casa». Después se sumó a la fiesta que supuso el volcán. Hasta allí iban en bicicleta «agarrándonos de los coches en las cuestas». Recuerda como los fuencalenteros permanecieron durante semanas acampados fueras de sus casas por el temor a los derrumbes. Una vez en la zona de la montaña frente al Teneguía, «hacíamos escalones en el picón con los pies y ahí nos juntábamos», convirtiendo la erupción en un espectáculo. También hace la reflexión sobre las consecuencias negativas de una futura erupción, pues «en la costa ahora todo está construido», lo que puede generar el problema.