Ola de Calor con Verificat

Qué es el efecto isla de calor y por qué en las ciudades el verano es más caliente

Crónica de una ola de calor en la Barcelona de 2100

Un operario en una pausa para superar los efectos de la ola de calor en las obras que se están realizando este verano en la Gran VÍa

Un operario en una pausa para superar los efectos de la ola de calor en las obras que se están realizando este verano en la Gran VÍa / JORDI COTRINA

Verificat

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Con los termómetros en máximos como en las últimas semanas, es inevitable comparar el calor que hace en las ciudades y los pueblos. Pero, ¿hay diferencia entre las temperaturas de las urbes y las de los municipios más pequeños? ¿Influye el modelo urbanístico? 

Lo que sí que está claro es que en los últimos años ha habido una subida de temperaturas generalizada en todo el planeta, según ha explicado a Verificat Ramón Pascual jefe de predicción de AEMET en Catalunya, y estas subidas de temperatura han sido especialmente acentuadas en áreas polares y de alta montaña. En el caso de las ciudades, a este aumento de temperaturas se le suma el llamado efecto isla de calor. Este fenómeno meteorológico hace referencia a la diferencia de temperatura entre el centro de una ciudad, más cálido, y un punto de su periferia. Factores como la circulación de vehículos, el suelo que pisamos o los árboles que hay en la ciudad contribuyen en el efecto isla de calor. Javier Martín Vide, catedrático de Geografía Física de la Universidad de Barcelona, propone que nos imaginemos la ciudad como si se tratara de un ser vivo, ya que en ella encontramos muchos elementos que desprenden calor, “desde los hogares, el tránsito rodado, el alumbrado, las bocas de metro”, entre otros.

Los materiales de construcción, por ejemplo, juegan un papel importante. El asfalto abunda en todas las ciudades y tiene un albedo muy bajo, es decir refleja muy poco la luz y sin embargo retiene gran parte del calor que acumula durante el día y la desprende por la noche en forma de aire caliente. También relacionado con el suelo, que este sea impermeable permite que el agua de la lluvia se evacue rápidamente, sin embargo, según explica Martín Vide, esto impide que el agua se evapore desde la superficie y, de esta manera, ni el suelo ni el aire por encima se enfrían de forma natural.

La configuración de las ciudades, con edificios altos, también impide que el viento pueda pasar a mucha velocidad y enfríe los centros urbanos. Todo ello, lleva a que se cree una “burbuja de aire relativamente cálido que se mantiene sobre la ciudad”, según ha explicado Ramón Pascual a Verificat.

Área metropolitana

Un estudio encabezado por Martín Vide en 2017 sobre el efecto de isla de calor en el área metropolitana de Barcelona concluyó que la temperatura en el centro de la ciudad podía ser hasta siete grados superior durante la noche que en la periferia. Concretamente, el punto donde la diferencia de temperatura era mayor, según este estudio, fue la plaza Universitat, ubicada en el centro de la ciudad. En la parte alta del Raval, también en el centro, se registraron temperaturas mínimas 2º más elevadas de promedio que en la zona del aeropuerto, que se encuentra a 14 kilómetros de distancia. Vide explica que cuanto más crecen las ciudades más aumentan las temperaturas, por tanto, si según el INE la ciudad de Barcelona ha crecido en más de 44.000 habitantes en los últimos diez años, se ha reforzado el efecto isla de calor, porque hay más zona urbana y también más actividades humanas que desprende calor.

Este efecto no se da exclusivamente en verano sino en todas las estaciones y, principalmente, en invierno, pero tiene unos efectos negativos en los meses más calurosos, ya que produce un exceso de calor nocturno que tiene impactos en la salud de los habitantes. Ramón Pascual ha afirmado a Verificat que “la combinación de una ciudad excesivamente cálida de noche durante el verano, junto con una elevada contaminación es, sin ninguna duda, claramente nociva para el bienestar y la salud de los ciudadanos, con un aumento de los trastornos del sueño, la morbilidad y la mortalidad”.

El calor no mata directamente, agrava otras enfermedades


El impacto del calor en la salud es mayor en las ciudades y también varía en función de la edad de la población y de su nivel de renta, según un estudio realizado por científicos del Instituto de Salud Carlos III. Aunque, como explica Julio Díaz, físico, doctor en meteorología e investigador en el ISCIII, “el calor no mata directamente, lo que hace es potenciar otras enfermedades, por eso es tan importante detectar los grupos de riesgo y crear planes de prevención efectivos”. 

Uno de los indicadores que se utiliza en estos estudios para analizar el impacto del calor en la salud es la temperatura mínima de mortalidad. Esta temperatura se alcanza en el momento en que las condiciones climáticas son óptimas y afectan lo menos posible a la salud de los ciudadanos. A partir de esta temperatura óptima, cuanto más frías o cálidas son las temperaturas, más aumenta la mortalidad. Según un estudio en el que ha participado Díaz, entre 1983 y 2018 la temperatura máxima en los meses de verano ha aumentado 0,41 Cº por década en España, mientras que la temperatura mínima de mortalidad ha aumentado 0,6 Cº por década. Es decir, cada vez hace falta más calor para que la gente muera a causa de la temperatura, lo que indica que la población se está adaptando a las condiciones climáticas, y lo está haciendo a un ritmo mayor que la subida de las temperaturas máximas.

En los últimos 35 años nos hemos adaptado bien a la subida de temperaturas

Pero, ¿nos adaptamos a la temperatura de forma natural? Hay una parte fisiológica, es decir, el cuerpo se acostumbra cada vez más al calor, pero “hay una parte muy importante en la adaptación al calor que tiene que ver con las mejoras socioeconómicas, en sanidad, en condiciones laborales, en infraestructuras, en edificios...”, según explica Julio Díaz. De todas formas, según previsiones de la AEMET, la temperatura máxima va a subir a un ritmo de 0,66 Cº por década entre 2050 y 2100. Hasta ahora nos hemos adaptado bien a la subida de temperaturas, sin embargo, Díaz advierte que en los próximos años tendremos que seguir haciéndolo para que la temperatura mínima de mortalidad no quede por debajo del aumento de las temperaturas máximas.

Zonas verdes para refrescar las ciudades


Si según las previsiones de la ONU, cada vez vivirá más gente en las ciudades y, debido al cambio climático, las temperaturas serán cada vez mayores y el efecto isla de calor también incrementará. Entonces, ¿cómo se pueden adaptar las ciudades para disminuir el impacto del efecto isla de calor? 

Los parques son esenciales, porque como ha explicado Josep Roca, doctor en arquitectura y director del Centro de Política de Suelo y Valoraciones, son como “islas de frío” en la ciudad. Cada zona verde tiene un efecto diferente, pero las temperaturas en zonas arboladas o parques pueden ser 1,5 Cº o 2 Cº más suaves, según explica Roca. El efecto de los parques también tiene un impacto en las temperaturas de las zonas colindantes, aunque depende mucho de las condiciones urbanísticas. Por ejemplo, el parque Turó Parc de Barcelona funciona muy bien desde el punto de vista climático, pero está rodeado de edificios altos que impiden que se refresquen las zonas de su alrededor. El Eixample de Barcelona, en cambio, una zona con muy pocos parques, tiene aproximadamente 1,3 metros cuadrados de verde por habitante, cuando lo recomendado sería llegar a los 10 metros cuadrados de zona verde por habitante, explica el arquitecto.

Otra forma en la que la ciudad puede mitigar el efecto de las altas temperaturas es repensar algunos materiales más allá del asfalto, como el caucho que se utiliza en los parques infantiles y que puede llegar a temperaturas de hasta 70 Cº con el impacto del sol, según explica Josep Roca.

El calor de Madrid o Barcelona: ¿cuál es peor?


Un mito urbano que se repite de forma recurrente es que el calor seco (característico del clima que tiene Madrid) es más tolerable que el húmedo (presente en el Mediterráneo). Esto tiene una explicación y es que en un clima húmedo, el mecanismo de enfriamiento de las personas, que es la sudoración, es más complicado y esto hace que la sensación de calor pueda ser peor, según explica el meteorólogo Ramón Pascual. Pero, las temperaturas máximas de Madrid en verano son ligeramente más elevadas que las de Barcelona y eso también produce un “estrés térmico notable en las horas centrales del día”. En definitiva, ambas ciudades padecen de forma similar el efecto de isla de calor y “ninguna de las dos goza de un clima ideal” en los meses de verano, así que la elección entre un tipo de calor u otro dependerá del gusto climático de cada persona.

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