Efectos de la crisis climática

Crónica de una ola de calor en la Barcelona de 2100

Obreros trabajando durante la ola de calor en el centro de Barcelona.

Obreros trabajando durante la ola de calor en el centro de Barcelona. / Simone Boccaccio (EPC)

  • La temperatura media de un mes de agosto para finales de siglo podría sobrepasar los 30 grados, con mínimas de más de 25 durante la noche

  • Este es el futuro de las grandes ciudades del Mediterráneo si no actuamos inmediatamente para frenar la crisis climática, advierte el último informe del IPCC

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Valentina Raffio
Valentina Raffio

Periodista.

Especialista en ciencia, salud y medio ambiente.

Escribe desde Barcelona.

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Barcelona, agosto del año 2100. Los noticieros anuncian la llegada de la enésima ola de calor. Los termómetros ya marcan casi 4,5 grados más que en la década de los 20, por lo que, en el día a día, la temperatura ya ronda los 30 grados centígrados. En un agosto típico de esta era, la ciudad vive alrededor de 12 días por encima de los 35 grados y más de seis por encima de los 40. Todo apunta a que la llegada de una masa de aire cálido disparará todavía más el calor y el bochorno en la ciudad. Los meteorólogos advierten de que cada vez hay más olas de calor y cada vez son más intensas.

Durante los próximos días, la metrópolis se convertirá en una isla de calor urbana. La temperatura en Barcelona superará los registros de los municipios más rurales (o menos masificados) de su alrededor. La propia estructura de la ciudad aupará este fenómeno. En una metrópolis inundada de hormigón y asfalto, el suelo absorbe, concentra y amplifica el calor ambiente. La concentración de edificios también impide la circulación natural del aire y evita que la brisa del mar dé un respiro a la urbe. En zonas como Ciutat Vella, donde la densidad y proximidad de los bloques apenas deja correr el aire, el sofoco es todavía mayor que en el resto de la ciudad.

Un trabajador se protege del sol en una obra en Barcelona.

/ Jordi Cotrina

Preocupa el calor de día, sí. Pero también preocupa el calor de noche. Las mínimas previstas para este agosto del 2100 estarán por encima de los 25 grados centígrados. Estas mismas cifras, que durante las primeras décadas del siglo se consideraban casi una anomalía, se han convertido ya en algo habitual a finales del siglo XXI. Mientras, el calor extremo ha abierto, todavía más, la brecha entre los ricos y los pobres de la ciudad. Mientras en algunos hogares soportan estos días a golpe de aire acondicionado, otros ni siquiera pueden permitirse encender el ventilador.

Este es el futuro que dibuja el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) para las ciudades del año 2100 en caso que, lejos de buscar una solución para hacer frente a la crisis climática, sigamos como hasta ahora. No se trata, pues, ni del escenario más pesimista ni del mas optimista. Estos extremos térmicos suponen, hoy por hoy, el escenario más realista. Según apunta el análisis sobre el impacto de la crisis climática en áreas urbanas, "la urbanización ya ha exacerbado el impacto del calentamiento global en las ciudades". De cara al futuro, "se espera que se intensifique la relación entre el desarrollo urbano y la frecuencia de eventos climáticos extremos, como olas de calor con más días y noches cálidas y un aumento al estrés térmico en las ciudades", concluye el estudio.

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Islas de asfalto y calor

Las proyecciones a largo plazo indican que si la humanidad mantiene su nivel actual de emisiones de gases de efecto invernadero durante las próximas décadas, a finales de siglo la temperatura global subirá hasta 3 grados de media. Esto equivaldría a un aumento de entre cuatro y siete grados en el Mediterráneo, que destaca desde ya como uno de los "puntos rojos" del calentamiento global. Según apunta el informe, este incremento de las temperaturas se hará notar con especial intensidad en grandes ciudades como, por ejemplo, Barcelona, Madrid o Sevilla, donde las llamadas 'islas de calor' intensificarán todavía más el extremo de temperaturas.

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En estos momentos, los registros ya corroboran el impacto del calor extremo en las ciudades. Según recoge el informe del IPCC, las temperaturas registradas en Atenas son, de media, hasta 0,7 grados más altas que en las ciudades de su alrededor. En Bruselas, los termómetros muestran una diferencia de 0,62 grados respecto a los municipios colindantes. En Moscú, hay hasta un grado de brecha. Y en Teherán y Calcuta, la diferencia de temperaturas entre estas grandes metrópolis y las zonas rurales de los alrededores supera los dos grados. En Barcelona, según apuntaba un estudio de la Universitat de Barcelona (UB), se han llegado a registrar diferencias de siete grados entre la metrópolis y su periferia.

Turistas en la plaza de Colom, junto a un termómetro, durante el verano del 2020.


/ RICARD CUGAT

Según destaca el análisis del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, conforme avance la crisis climática por el planeta, el calentamiento global afectará más las temperaturas mínimas diarias de las grandes ciudades que las máximas. El problema, pues, no serán solo los picos puntuales de los termómetros sino que el calor se mantendrá extremo y constante durante largos periodos. El verano será la estación en la que más se note el aumento de las temperaturas. Preocupa, sobre todo, la previsión de que los "extremos climáticos" dispararán el calor nocturno de las metrópolis. Algo que empieza a vislumbrarse ahora pero que podría acrecentarse todavía más en las próximas décadas.