De consumidor a consum'actor

Cada vez más ciudadanos tienen claro que las decisiones del consumo no son neutras: tras cada producto que se compra o se disfruta, hay una forma de producción, de comercialización, y un estilo de consumo

Dos compradores en el supermercado cooperativo La Osa, en Madrid.

Dos compradores en el supermercado cooperativo La Osa, en Madrid. / David Castro

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Marike Charlier

"La desigualdad y la crisis climática son las principales consecuencias del actual modelo económico basado en un consumismo desmesurado e insostenible y cuyo único fin es la generación de capitales". Lo decía la coordinadora estatal de Comercio Justo hace justo un año, en el día del Comercio Justo 2020, pero, si sigue vigente este año, ya lo era hace 25 cuando se creó la Organización Mundial del Comercio Justo. De hecho, la situación no hace más que empeorar… 

Este concepto de Comercio Justo va obviamente de la mano del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 12: el de producción y consumo responsable y está también relacionado con los 16 otros objetivos de la Agenda 2030 que juntos son la definición de una vida digna, para todos, en los límites del planeta. Pero 2030 se acerca y, a nivel global, cuesta ver cambios positivos que nos acerquen a este objetivo.

A pesar, o por culpa, de este panorama desolador, sí que se van viendo cada vez más iniciativas individuales relacionadas con la Economía Social y Solidaria cuya base es la búsqueda de un impacto positivo y donde la ética, la reducción de las desigualdades salariales y el respecto del medio ambiente prevalecen sobre las ganancias. 

Los supermercados cooperativos son un excelente ejemplo de estos proyectos desintoxicadores donde el consumidor se deshace de los estímulos permanentes del consumismo (estrategias de márketing, publicidad, estudios de mercados) para ejercer un consumo ciudadano y libre, con capacidad de elegir, detectar y aplicar alternativas justas y racionales. 

Una forma de producción y de comercialización

Las decisiones del consumo no son neutras: con cada producto que se compra y se disfruta, con cada servicio que se usa, se está dando un voto por una forma de producción, de comercialización, y por un estilo de consumo.  

Estos supermercados cooperativos favorecen las cadenas de suministro cortas, el contacto casi directo entre productores y consumidores, la creación de vínculos sociales entre cooperativistas y con todo el ecosistema que articula. 

Por su tamaño y al comercializar todo tipo de producto, tienen además, una ventaja adicional comparado con las cooperativas de consumo de más pequeña escala: son más accesibles a todos, no necesariamente a personas ya sensibilizadas a la idea de un consumo local y ecológico. Se vuelven así puntos de información y propagación de un modo de gestión diferente basado en la cohesión social, la lógica medioambiental y la gobernanza colectiva

Actualmente, en Catalunya, sabemos de dos supermercados cooperativos inaugurados este año: el Super Coop, en Manresa, y La Feixa, en Matarò, y dos proyectos están incubando en Barcelona: el FoodCoop, en el barrio de la Esquerra de l'Eixample, y el Pebreroig, en el Poblenou. 

Si comparamos con Francia donde el primero, La Louve, abrió en Paris a finales de 2016 y donde ahora existen más de 40 iniciativas funcionando en todo el territorio galo, el crecimiento de este modelo de consumo alternativo en el territorio parece garantizado! 

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Y para quien quiera iniciarse como consum’actor, dos recomendaciones: Opcions.org i JoTrio.cat.

Marike Charlier es ingeniera y cooperativista.