Una vida de trabajo

95 años y sigue cotizando como autónomo

  • El veterano joyero gallego Odilo Fernández sigue sin jubilarse tras una vida dedicada su establecimiento, El Cronómetro 1928

Odilo, a las puertas de El Cronómetro 1928, acompañados de sus hijos, Odilo y María Concepción

Odilo, a las puertas de El Cronómetro 1928, acompañados de sus hijos, Odilo y María Concepción / Iñaki Osorio (Faro de Vigo)

Se lee en minutos

María José Álvarez (Faro de Vigo)

Odilo Fernández dedicó tantos años a fundir oro y platino en el taller del negocio familiar de la calle de la Paz –El Cronómetro 1928–, a engarzar gemas de ensueño o a fabricar pieza a pieza los relojes de pulsera y pared que ayudaron a medir el paso del tiempo a varias generaciones de ourensanos, que se le ha olvidado mirar la hora de jubilarse. Más bien no ha querido ni mirarla.

A sus 95 años, este joyero y relojero de los de antes, alquimista en el arte de hacer brotar joyas de un trozo de metal, es la segunda generación de una saga artesana que empezó su padre, cuando emigró a Cuba a principios del siglo XX. Ahora es él quien se ha convertido en el comerciante en activo de más edad de Ourense, aún de alta en el pago de su cuota de autónomos.

“El negocio es su vida. Nunca quiso pedir la jubilación y apenas ha tenido bajas laborales, en 77 años que lleva trabajando en el negocio. Pregúntele usted en qué momento piensa coger vacaciones este año”, bromean sus dos hijos en un reportaje publicado en 'Faro de Vigo', diario que pertenece a Prensa Ibérica, empresa editora de EL PERIÓDICO. “¡Nunca!” , les contesta el padre con determinación.

Odilo y María Concepción, sus dos hijos, son ya tercera generación de un oficio que han aprendido de su padre, quien, de tanto rodearse de gemas, ha adquirido la dureza del diamante. “Siempre estuvo en la puerta el primero, antes de la hora de apertura del comercio, mañana y tarde, y como estudió de joven perito mercantil, sigue llevando facturas y cuentas en el despacho” explica la hija.

Aunque camina solo con ayuda de bastón, y totalmente erguido, “ya no va solo en autobús y a los bancos desde que, hace un año, una furgoneta de reparto dio marcha atrás en la Praza del Hierro, no lo vio, le paso por encima y le fracturó las dos piernas”. Unas semanas después ya estaba en forma. El que es de hierro es Don Odilo, no la Praza de Ferro, y el veterano emprendedor sigue adelante.

Desde Cuba a calle de la Paz

La historia de esta saga de 'odilos', que perpetúan el mimoso trabajo de fabricar relojes y joyas únicas y por encargo, comenzó en Aguada de Pasajeros, en la provincia cubana de Cienfuegos. A aquella Cuba poscolonial de principios del siglo XX viajó desde Ourense el abuelo Odilo Fernández, y allí montó la primera joyería.

“Durante la pandemia ordenamos papeles y encontramos abundante documentación de cuando emigró el abuelo en 1911, desde su billete de Vapores de Pasaje con el que partió, fotos, facturas...” Incluso encontraron “las peticiones de insignias y otro tipo de distinciones que le encargaba el centro gallego de la Habana y otros”, explican los nietos del fundador.

Aguada de Pasajeros tomó su nombre, indican, por ser el lugar donde paraba el único tren, construido por españoles, para que bebiera el pasaje y para el reportaje de agua de la máquina de vapor. Allí nació en 1925 Odilo Fernández, y en el negocio familiar isleño de joyería le salieron los primeros dientes.

La resistencia del comercio local

Cuando el hoy joyero nonagenario cumplió dos años, la familia regresó de Cuba a Ourense y fundaron la primera joyería en Rúa de Paz, hoy El Cronómetro 1928, en recuerdo del año de apertura.

En momentos de zozobra para el comercio local, con decenas de cierres el pasado año por la crisis, y con la presión de plataformas digitales y multinacionales, Odilo Fernández no claudica. “Jubilarme? ¿Y para qué?”, responde. La clave de la resistencia parece residir, en este caso, en la oferta de alto nivel y personalizada, y en la perseverancia. De eso sabe el jefe de la casa. “Llevo esto en las venas. No lo puedo dejar”, confiesa. Y eso que en casa continúa aguardándole su mujer, Conchita.

“La mesa de trabajo es su forma de vida. Hace unos años decidimos organizarles un viaje a Londres para que se fueran él, mi madre y un grupo de amigos. Le dio la morriña a los dos días de llegar a Londres. Le faltó llorar. ¡Mira que viajaron por el mundo!, pero como era para viajar a ferias del sector no pasaba nada, era trabajo”, recuerda la hija con humor.

Son ejemplos de una estirpe en extinción, para la que el trabajo no era una carga, sino una forma de vida. La vida. Sus hijos, aunque le regañen por tanta y tan larga entrega, lo miman y lo admiran.

En ese taller de la trastienda, en el que siguen fabricando un 80% de sus joyas por encargo y a gusto del cliente, se atesora la historia. Guardan piezas de joyería desde los años 20, las ahora cotizadas piezas vintage. “Eran más sencillas si cabe”, recuerda Odilo. Platino, zafiros, diamantes, en piezas de los “locos años 20” , década de fin convulso en lo económico, pero que dejó trazos únicos como el Art Decó.

Eso es lo que narra esta saga ourensana de El Cronómetro: la historia local de los últimos cien años, resumida en joyas, que condensan los cánones de belleza de cada generación.

El Cronómetro 1928, nombre actual de este ejemplo de resistencia del comercio local, tiene en su haber su ubicación en la emblemática Rúa da Paz. “Gente como Otero Pedrayo, o Cuevillas, eran vecinos, clientes y además amigos del abuelo, que simpatizaba con el Grupo Nós”, explica María. Su padre asiente y recuerda que la esposa de Otero Pedrayo solía encargarles sus joyas y “era una mujer muy elegante”.

Noticias relacionadas

Este entorno mágico de un Ourense en plena ebullición permitió al ahora “patriarca”, por edad, de los comerciantes locales crecer en el negocio de su padre rodeado no solo de gemas preciosas, gramófonos de “la Voz de su Amo”, otro de los caprichos de clases entonces más solventes, y relojes, sino alguna de las “joyas” culturales que dieron nombre a una generación de intelectuales gallegos.

“A veces también tocaba ser discreto”, afirman, pues en aquel Ourense en el que la sima entre ricos y pobres era más acusada, en ocasiones el apasionado encargo de diseño que se hacía al joyero no era para la esposa. Ahora mismo, entre las muchas curiosidades que atesora esta joyería histórica, está la fabricación de relojes de cuerda “hechos a mano de forma artesana. Creo que son ya únicos en su género, pero solo fabricamos uno al mes, pues es muy laborioso, y lo hacemos para no perder la marca”, explica Odilo Fernández, el hijo y reconocido gemólogo que, junto con su hermana María Concepción, garantizan que el oficio artesano de relojería y joyería no va a perderse en Ourense.

Temas

Jubilación