Virus de altura

La picaresca contagia de covid el Vall d'Aran

  • Interior se revela incapaz de controlar los accesos al Aran, un valle con solo tres puertas de entrada

  • Los dueños de segundas residencias reinventan el género de la picaresca española para burlar los controles

  • La comarca despunta con los peores índices de covid de Catalunya a pocos días de Semana Santa

Bossost, un contraste de tiendas, restaurante y hoteles cerrados y, en cambio, segundas residencias llenas en la mayor parte del valle.

Bossost, un contraste de tiendas, restaurante y hoteles cerrados y, en cambio, segundas residencias llenas en la mayor parte del valle. / Gorka Martinez Llurda (Gorka Martinez Llurda)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El riesgo de rebrote es aún de alturas pirenaicas en el Vall d’Aran, cercano a mil, más de cinco veces superior al de (se supone y por comparar) la ingobernable e incorregible (desde el punto de vista epidemiológico) Barcelona, Uno de cada 10 araneses ha pasado, con más o menos síntomas, el covid-19 desde que se declaró la pandemia. No hay quien le tosa a los araneses en esta ominosa competición. Está semana nieva. Hay hambre de esquí. Dentro de pocos días, el sector turístico del valle colgará el cartel de ‘completo’, al menos el que abra al público, que no será todo. ¿Qué puede salir mal?

A su manera, el Vall d’Aran es una isla, como Nueva Zelanda. La comparación es malintencionada, por supuesto. El país de las antípodas ha causado admiración mundial por su eficacia a la hora de contener la propagación del coronavirus. Es una isla, así cualquiera, dicen quienes relativizan el éxito de la primera ministra Jacinda Ardern. También es un poco insular el Vall d’Aran, una comarca que solo tiene tres puertas de acceso, dos cuando el puerto de la Bonaigua está cerrado por la nieve. No hay que ser el mariscal de campo Montgomery para coordinar un infranqueable confinamiento comarcal o, como ahora, autonómico si así se desea. Hay una puerta al valle en Les, la de la frontera francesa, y otra en el túnel de Vielha. Que el índice de rebrote fuera de más de 1.700 puntos hace un mes y comenzara esta semana aún por encima de 1.000 es la historia de un monumental fracaso. ¿Culpa de quién?

El gran supermercado de la frontera, a medio gas ante el confinamiento llevado a cabo en Francia.

/ Gorka Martinez Llurda

Basta prender la mecha de la conversación con araneses varios, como casi todos los vecinos del valle, vinculados poco o mucho al sector turístico, para llevarse una primera sorpresa. Hay enfado, no por lo común en zonas de costa o en Barcelona, es decir, no por la persistencia de las restricciones y las limitaciones horarias impuestas a la restauración, sino por lo contrario, por el hecho de que muchos hoteles hayan optado por la sana (en el sentido médico del término) decisión de cerrar y que, en cambio, las segundas residencias se hayan llenado los fines de semana tanto o más que en una temporada invernal normal. Solo un apunte del natural: para la elaboración de esta crónica se ha ido y vuelto del Vall d’Aran y se ha recorrido dos veces de punta a punta sin topar con ningún control policial. Desde luego, el ‘conseller’ Miquel Samper no es Montgomery.

Juan A. Serrano, alcalde Vielha y dueño del hotel Riu Nere, cerrado desde hace meses porque le parece lo más responsable, no cae, sin embargo, en la fácil tentación de achacar las pésimas cifras de covid del valle solo a los visitantes foráneos. Al menos, no en exclusiva. “Ha habido irresponsabilidad también aquí”. Tal vez por ese paisaje de Shangri-La tan reconfortante a la vista que es el Aran ha habido, quién sabe, una falsa sensación de inmunidad, de que aquí todo el mundo es Robert Conway en ‘Horizontes perdidos’. Las imprudencias no han sido pocas. A su escala, la gente se arremolina como en el Born de Barcelona para tomar sus copas. Ha habido incluso algunas fiestas clandestinas que no han llegado a salir en la prensa, con carreras de los asistentes por el bosque para huir. Mal asunto.

Locales cerrados y negocios en alquiler también en Vielha, a causa de la pandemia.

/ Gorka Martinez Llurda

La cosa se torció (eso dicen las cifras) tras Navidad. Antes era un refugio seguro. Los índices de covid eran de color verde. El valle, grave error, se llenó para despedir el año, una imprudencia en la planificación de la Conselleria de Salut que pronto comenzó a cobrarse el coronavirus. Llegó, no se sabe cómo, la cepa británica, el no va más en contagios. El virus conquistó así nuevas tierras. Así como en otras partes de Catalunya la incidencia de la enfermedad en las escuelas ha sido mucho menor de lo temido al principio, en el Vall d’Aran ha sido más alta. Un 75% de los 1.300 escolares araneses han tenido que confinarse en uno u otro momento.

Las desdichas, pues, se han ido sucediendo catastróficamente. Ni siquiera se hizo caso de las señales de aviso, aunque parecieran literalmente caídas del cielo. El pasado 6 de febrero, como en una de esas plagas con las que Charlton Heston conmina a Yul Brynner a ceder, una nube de polvo sahariano tiñó de rojo la nieve de Baqueira como si fuera el Nilo. ¿Cuál fue la respuesta a esa advertencia en technicolor? ¿Temor? Que va, como el faraón, ni caso.

Un esquiador surfea con su tabla sobre la nieve teñida por la arena el pasado 6 de febrero.

/ Gorka Martinez Llurda

La síndica de Aran, Maria Vergés, no obtenido ni siquiera una protocolaria respuesta por parte de la Generalitat a algunas de las cartas urgentes que enviado para que se decidiera un plan B para el valle a la vista del aumento de los contagios. Si se hizo con la Cerdanya, por qué no con el Aran. Las relaciones entre el Conselh Generau de Aran y la Generalitat raramente son cordiales y fluidas. Desde la capital se trata a los araneses desde hace décadas con un irritante paternalismo que, llegado el covid, se les ha vuelto en contra. La Generalitat se ha mostrado claramente ineficaz a la hora de hacer cumplir las normas que ella misma decide. Lo dicho, el valle solo tiene tres puertas y siempre han estado abiertas.  

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Las segundas residencias han funcionado incluso quizá más que otros inviernos. Las clases más pudientes de Barcelona, Madrid, Valencia y País Vasco se han llegado a comportar como versiones adineradas de buscones quevedianos, con episodios de picaresca tan sorprendentes como eficaces. Por ejemplo, este año es muy llamativo en el valle el elevado número de familias que han federado a sus hijos en la disciplina del esquí, lo que, ¡oh!, las provee del papel necesario para romper el confinamiento. “Sé por un administrador de fincas que hasta le han llegado a pedir que convoque falsas reuniones de la comunidad de propietarios para así tener un documento con el que viajar al valle sin miedo a los controles”, cuenta, y prefiere no dar su nombre, un hotelero que esta Semana Santa no abrirá su establecimiento, incluso a riesgo de sentirse un poco tonto. En su opinión, compartida por otras fuentes consultadas, lo ideal sería dejar el valle limpio de covid cara a Sant Joan, para comenzar así una reparadora temporada estival. Lo que se intuye en el horizonte, sin embargo, es la cuarta ola.