HOSPEDAJE VOLUNTARIO

El librero solidario de Badalona

  • El también escritor Marçal Font hospeda al senegalés Cheikou Oumar Sow mientras busca trabajo y alojamiento

  • Los bomberos salvaron la vida del africano cuando se disponía a saltar del edificio en llamas

 

Amistad nacida en Badalona: Marçal Font y Oumar Sow.

Amistad nacida en Badalona: Marçal Font y Oumar Sow. / RICARD CUGAT

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Anna Rocasalva
Anna Rocasalva

Periodista.

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El senegalés Cheikou Oumar Sow tiene 50 años, pero parece más joven. Su actitud risueña le ha valido la amistad de muchos paisanos y otros tantos vecinos de Badalona, a los que ha conocido vendiendo chatarra. Estos últimos le llaman Oumar a secas, que “es más fácil de pronunciar”, les excusa, con una sonrisa. En 2008 emigró a España en patera porque “África es rica pero la gente es pobre y los gobiernos son muy corruptos”, describe el senegalés. Hace seis años, un amigo le habló de la nave de Gorg, donde estuvo viviendo hasta el día del incendio cuando casi pierde la vida escapando de las llamas.

Afortunadamente, Oumar ha encontrado un nuevo hogar temporal en casa de su amigo, el librero y escritor Marçal Font y su familia, que lo han acogido con gusto. Sentados en el porche de la vivienda, en las afueras de Badalona, explican cómo entablaron amistad y cómo conviven ahora en declaraciones para EL PERIÓDICO. “Oumar es uno de los mejores compañeros de piso que he tenido en mi vida, y he vivido con muchos. Estamos muy contentos”, dice el librero. “Lo que queremos es que tenga su propio alojamiento pero, de momento, no dejaré que un amigo viva en la calle”, agrega.

Unidos por los libros

Las estancias de la casa de Marçal Font están repletas de libros hasta el techo, incluido su antiguo despacho ahora transformado en el dormitorio de Oumar. Algunos de los volúmenes se encontraban en la antigua librería de viejo del escritor, donde se conocieron ambos amigos seis años atrás. Ahora, Font vende las obras por Internet.

“Cuando tenía la tienda física, en la calle Canonge Baranera, veía pasar a Oumar, que vendía papel a peso. Un día le comenté que primero me enseñase los libros a mí, que le pagaría más que por el peso del papel. Yo no soy una hermanita de la caridad. Si me traes un libro que lo vale, te lo compro porque hago negocio”, explica el escritor. “Nunca me engañaba con el precio”, bromea Oumar. Y así nació la amistad.

“El problema de base es que la gente no da los buenos días. Si saludas a alguien que ves a diario, tarde o temprano sucede la anécdota, un día te ayudas, y otro día te vas conociendo más. Como eso no se da, luego vienen los miedos, y tienes a esos vecinos de Gorg enfurruñados, por ejemplo”, describe Font.

El día del trágico incendio, el senegalés se disponía a cenar cuando un humo negro y espeso inundó la nave. “No pude bajar las escaleras y subí al tejado con algunos compañeros”, expresa el superviviente. “Arriba, las llamas llegaron hasta nosotros y mis amigos se arrojaron al vacío. Cuando me disponía a saltar, los bomberos me salvaron”, recuerda. En la calle se encontró con Marçal que, al ver las noticias, había venido corriendo. “Me dijo: ‘mi casa es tu casa’”, describe Oumar. 

Buscando alternativas

Oumar tiene NIE y está en proceso de regular definitivamente su situación legal en el país. Cada mañana, se levanta a buscar chatarra y, lo poco que obtiene a cambio lo envía a su mujer y a sus tres hijos en Senegal. La familia de acogida le ayuda en lo que puede, pero son conscientes de la dificultad de la situación. “Me gustaría encontrar trabajo y pagar una habitación”, dice el senegalés, que también tiene una discapacidad física, aunque “falta que se le reconozca el grado”, agrega Marçal Font.

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“Las empresas reciben ayudas a la contratación para personas con discapacidad pero, con el Covid, este trámite se está atrasando. Todo es un: ‘vuelva usted mañana’. Así funcionan las cosas en Badalona”, lamenta el escritor, quien afirma que le “entran todos los males” cuando recuerda la “mala gestión del Ayuntamiento” los primeros días tras el incendio. “Cuando llegué a Gorg, vi el puesto de Servicios Sociales, al que no entraba nadie, y la policía en medio. Me pareció una gestión muy negligente. Pusieron comida allí y vino gente que no era de la nave a gorronear”, se queja.

“Una persona necesita techo y comida. Me jode que se cuente nuestra historia como algo extraordinario cuando debería ser lo normal. Lo normal es que un Ayuntamiento tenga unos servicios que nos garanticen el auxilio a todos, porque a mí mañana se me puede quemar la casa también y quedarme en la calle”, concluye el escritor.