El golpe del covid-19

"Los abuelos no merecían morir así"

Teresa Avellán y Antonio Bernadó.

Teresa Avellán y Antonio Bernadó. / EL PERIÓDICO

  • Familiares de fallecidos en la residencia de Tremp temen que sus padres murieran desatendidos
  • Tras sufrir la posguerra, estos hombres y mujeres trabajaron para que sus hijos pudieran estudiar
  • Hoy, la culpa invade a muchas familias: "No debimos encerrarlos ahí", sollozan
Se lee en minutos
Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

Escribe desde Barcelona

ver +

Poco antes de la pandemia, Evaristo, a sus 90 años, seguía yendo a pescar y cazar en las montañas pirenaicas con los amigos. Antonio era el taxista del Pallars (Lleida), conocido en la comarca entera siempre dentro del vehículo. Y Teresa, ama de casa, era la abuela incansable que permitió la conciliación de sus hijos.

En dos semanas, todos ellos han fallecido en el geriátrico de Tremp (Pallars Jussà) tras un brote descontrolado de coronavirus que de momento se ha llevado a 49 personas, un tercio de los ancianos que residen allí. Sus familiares los recuerdan en EL PERIÓDICO y sospechan que no solo murieron solos: también lo hicieron desatendidos.

Tras jubilarse, a Evaristo le encantaba subir al monte con los amigos para cazar o pescar. La última vez que lo hizo se inventó que había pinchado la rueda del todoterreno para que otros cargaran con el jabalí que había capturado. Su familia, que prefiere hablar desde el anonimato, le define como un hombre valiente, muy libre, y un tanto 'trasto'. Jamás quiso ingresar en el geriátrico de Tremp. Lo hizo a regañadientes, después de romperse el fémur en otoño y por las recomendaciones médicas que le indicaban que debía ir allí para recuperar la movilidad. Tres semanas después, cuando su familia lo volvió a ver, ya estaba muerto.

El 19 de noviembre, Evaristo resultó infectado por el brote de coronavirus en la residencia Sant Hospital. La información escaseaba, hasta el punto que la primera llamada que recibieron los familiares fue 10 días después y para darles el pésame. Esa misma noche entraron en el geriátrico para verle. "Aquello parecía una película de Berlanga. Dos abuelas con alzhéimer merodeando por la planta, una cuidadora gritando que no podía más y la funeraria moviendo muertos de un lado para otro", explican.

"Parecía una película de Berlanga: dos abuelas con alzhéimer merodeando por la planta, una cuidadora gritando que no podía más..."

Evaristo estaba en una habitación, tapado por dos mantas, con la boca y los ojos abiertos y los puños cerrados. La propia familia tuvo que colocarle la bolsa que envuelve a las personas fallecidas por coronavirus. "La sensación era de que lo trataron como a un perro, como una colilla, y que hacía muchas horas que había fallecido", lamenta su entorno. Para ellos, es imposible quitarse esta imagen de la cabeza. Aunque prefieren recordarle en el monte, con los 'walkies' puestos y la caña en mano. Lo que más le enorgullecía era que la tienda de muebles que logró levantar es de las pocas que sigue en pie en el Pallars, después de que su hijo y su nieta optaran por defender el negocio familiar antes que marcharse a Lleida o Barcelona como tantos.

A labrar las tierras

Antonio Bernadó nació en el año 1932 en Sopeira (Huesca), un pequeño pueblo del pirineo aragonés. Apenas pudo ir a escuela. Desde niño, se dedicó a labrar las pocas tierras que tenía su familia. "Eran ocho hermanos, y las tierras no daban para todos", cuenta su hijo, Toni Bernadó. Así que a los veintipocos probó suerte en Tremp, un pueblo que, tras la creación de la academia militar de Talarn, iba ensanchando oportunidades.

Antonio Bernadó, fallecido de covid-19.

/ EL PERIÓDICO

En muy poco tiempo se puso al volante de un taxi que rompía con la incomunicación de la zona. "Era asombroso, le conocía todo el pueblo", añade el hijo. "No recuerdo ni un solo día que no trabajara. Es que ni un festivo. Mi padre solo quería labrarnos un futuro mejor", rememora su hijo. Lo consiguió. Todos sus tres hijos terminaron estudiando en la universidad y, además, son profesores.

"No recuerdo un solo día que no trabajara. Ni un festivo. Mi padre solo quería labrarnos un futuro mejor"

Sin embargo, hacía ya seis años que a Antonio le diagnosticaron alzhéimer. Los hijos lo detectaron con pequeños despistes, como dejarse las llaves u olvidar el aparcamiento de su coche, que tantos años le había acompañado. Estuvo dos años viviendo en casa de su hijo, pero en 2016 los tres hermanos decidieron ingresarlo en la residencia de Tremp. "La enfermedad iba muy rápido, apenas conocía a nadie..." cuenta el hijo. Pese a todo, la familia podía verle muy a menudo, y sabían que en la residencia estaba muy bien tratado. Hasta que estalló el brote de coronavirus.

Antonio fue de los primeros a infectarse. Los días pasaron sin apenas información. "Una semana después supimos que le pusieron oxígeno, pero nos decían que no lo veían para morirse", agrega el hijo. Al día siguiente, el 30 de noviembre, una de las hermanas entró en la residencia para ver al padre. En cuanto puso el pie, ya en la recepción, le dieron el pésame. En el certificado de defunción consta que Antonio falleció a las 11, una hora después de la visita de la hija. "No quiero poner en duda la profesionalidad de los trabajadores, pero nos tememos que nuestro padre murió solo en la habitación, desatendido, y que pasó varias horas muerto hasta que alguien entró y lo descubrió", lamenta el hijo. "Lo que más nos duele es que le dejaran morir así, no se lo merecía", añade.

De orígenes humildes

A Núria Marín, en cambio, le carcomen las dudas y la culpa. "No tendríamos que haberla llevado a la residencia", se repite una y otra vez entre llantos. Su madre, Teresa Avellán, nació el 1929 en Vilaller (Alta Ribagorça), un pequeño pueblo del Pirineo. Su suerte cambió cuando conoció a su marido en Pont de Suert, un aragonés que, como tantos, decidió emprender una nueva vida en tierras catalanas. "Siempre fuimos una familia muy humilde y trabajadora", cuenta su hija. Los padres apenas habían podido estudiar. Él trabajó en la empresa hidroeléctrica y en las siderúrgicas de las que dependían para construir los pantanos de la zona. Ella se quedaba en casa cuidando de los tres hijos que tuvo el matrimonio. Luego, se convirtió en una abuela encomiable. "Sin ella no hubiéramos podido criar a nuestros hijos", señala Núria.

"Quiero pensar que no sufrió, pero si se hubiera quedado en casa aún estaría viva"

Hacía ya ocho años que una hidrocefalia se había llevado los recuerdos y la autonomía de Teresa. Durante todo ese tiempo, vivió en casa de Núria. A finales de octubre, una caída de la silla le rompió dos costillas y le provocó un ictus que le paralizó medio cuerpo. Fue entonces cuando los médicos recomendaron que ingresara en la residencia de Tremp. Entró una semana antes de que estallara el brote de coronavirus.

Noticias relacionadas

Teresa Avellán, en una foto de su familia.

/ EL PERIÓDICO

Teresa contrajo el coronavirus una vez la Generalitat ya había tomado el control del geriátrico. Núria pudo entrar en el centro el día 30 de noviembre y constató cómo la falta de personal era evidente. "La veíamos en videollamadas y cada día se la veía más endeble", cuenta la hija. El día 5 de diciembre los sanitarios del centro empezaron a inyectarle morfina. El día 7 falleció. "Quiero pensar que no sufrió, pero si se hubiera quedado en casa aún estaría viva".