El confinamiento dispara la anorexia y la bulimia

Los expertos subrayan que los casos de trastornos alimentarios han aumentado y se han agravado durante la pandemia

Instagram, los memes y la obsesión por el ejercicio físico durante el encierro son algunas de las razones de este crecimiento

Una paciente de anorexia se apoya contra una puerta de cristal en un servicio especializado.

Una paciente de anorexia se apoya contra una puerta de cristal en un servicio especializado. / FERRAN NADEU

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Elisenda Colell

La pandemia ha disparado los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente la anorexia y la bulimia. A falta de datos oficiales, tanto expertos como las asociaciones de familiares confirman el aumento de estas patologías. La Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia ha triplicado las peticiones de familias de niñas o jóvenes enfermas. En el Hospital Clínic, los ingresos de menores con estas enfermedades se han duplicado, y en Sant Joan de Déu han crecido un 45% llenando el 80% de las plazas destinadas a menores con trastornos de salud mental del hospital. Los expertos señalan que la desatención de muchas jóvenes durante la pandemia y el desarrollo de conductas obsesivas durante el confinamiento ha desatado las patologías. Es más, no solo ha aumentado el número de casos sino que también ha incrementado la gravedad de los trastornos

"Hay que entender que todo parte de una situación de autoestima muy baja y unos ideales de belleza muy marcados. Sabemos que el confinamiento ha afectado la salud emocional de muchas personas, y aquellas que tenían esta patología previa han desarrollado un trastorno de la conducta alimentaria", expone el doctor Eduard Serrano, coordinador de la unidad de Trastornos de Conducta Alimentaria del Hospital Infantil Sant Joan de Déu

"Muchas de estas personas, la mayoría niñas pero también mujeres adultas, han aplicado conductas restrictivas en la comida: han dejado de comer, han aumentado el ejercicio físico para quemar más, se han provocado los vómitos o han usado laxantes", cuenta Teia Plana, jefa de la unidad de trastornos de conducta alimentaria del Hospital Clínic de Barcelona. A diferencia de la anorexia nerviosa, la bulimia también tiene un componente de atracones de comida que luego las enfermas tratan de aliviar. "Ambas conductas han aumentado, en número de casos y en gravedad", añade Plana.

Sistema sanitario saturado

En el Hospital Clínic, las chicas ingresadas con trastornos de conducta alimentaria representaban un cuarto de la planta antes de la pandemia. "Ahora estaremos llegando a la mitad. Los ingresos se han duplicado. Hemos tenido muchas demandas de ingresos, y el problema es que las chicas que nos están llegando ahora han perdido mucho peso y la enfermedad ha evolucionado demasiado rápido", cuenta la doctora. Una tesis que comparte Serrano. "Hoy nos llegan las niñas y adolescentes que enfermaron en marzo y abril, y que en menos de medio año habrán perdido 10 o 20 kilos". ¿Si se mantiene esta evolución, puede que las unidades terapéuticas se saturen y no admitan más pacientes? "Esperemos que no ocurra y la desescalada haya reducido también el impacto de la enfermedad", reza el doctor.

"El aumento ha sido brutal, constantemente tenemos llamadas de padres y madres que están viendo conductas de riesgo y no saben como actuar", confiesa Sara Bujalance, directora de la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia. En los tres primeros meses del confinamiento la entidad atendió a 1.431 familias. Durante todo el 2019 fueron 1.200 las atenciones. "Hemos triplicado las peticiones de ayuda, y nos encontramos a muchas familias desatendidas. Llaman al CAP y no les cogen el teléfono, y así es muy difícil poder empezar a hacer el tratamiento, añade Bujalance. Una apreciación que también comparte Serrano. "La saturación de los CAP, pero también de los CSMIJ [Centres de Salut Mental Infantil i Juvenil] ha hecho que muchas niñas hayan empeorado. Hay casos que ya estaban diagnosticados pero se han agravado porque las visitas con los psicólogos o psiquiatras se han tenido que aplazar o se han tenido que hacer de forma telemática, añade el doctor. En estos casos el diagnóstico temprano es muy importante", insiste Bujalance.

Los padres, más presentes

Parte del aumento de casos se explica, también, por el mayor diagnóstico que pueden hacer los padres. "Por primera vez ha habido familias que, al convivir las 24 horas con sus hijos, han visto que vomitaban después de comer o que no comían", señala Bujalance. "Ha habido un mayor diagnóstico. Había niñas que vomitaban en la escuela o cuando los padres no estaban. Niñas que comían solas o tiraban el bocadillo del almuerzo sin que sus padres lo vieran. El confinamiento ha permitido aflorar todo eso", sostiene Planas. Pero esta es solo una parte del problema. "También ha habido niñas que nos cuentan que los padres, teletrabajando, no se daban cuenta de nada. O que les mandaban a ellas hacer la comida y allí tenían un control del 100% sobre lo que comían", comenta Serrano.

"También los memes han hecho mucho daño", añade Planas. "Hay niñas que veían estas imágenes de 'después del encierro vamos a salir todos rodando' que a ti o a mí nos dejan riendo y a ellas les entra en la cabeza y les afecta muchísimo. Muchas niñas terminaron pensando que el encierro en sí iba a engordarlas", añade la doctora. Todo ello sumado al aumento del consumo de internet: los 'cuerpos perfectos' de Instagram, los tutoriales para hacer deporte en casa y los videos de Youtube donde se muestran los vómitos o las restricciones de comida como un modo de vida  saludable tampoco han ayudado a calmar las obsesiones.

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Para tratar de contrarrestar este efecto, ya hace años que el Hospital de Sant Joan de Déu tiene una cuenta de Instagram donde las pacientes con anorexia y bulimia cuentan sus historias en la red. "Es una forma de que ellas se comprometan con su recuperación y, a la vez, sensibilizar otras chicas que puedan estar en la misma situación", aclara Serrano. La práctica también la ha emulado, durante el confinamiento, el Clínic. "La hemos usado como un perfil privado para que las niñas compartieran sus experiencias y se pudieran ayudar entre ellas. La verdad es que nos ha sido muy útil. Quizá el segundo paso sea abrirlo al público. Pero lo que es evidente es que es una herramienta que nos está ayudando en la recuperación", sostiene Planas.

Helena (nombre ficticio) empezó a obsesionarse con el peso a mediados del 2018. "Se puso muy rígida con la comida que ella decía saludable, perdió mucho peso y durante unas vacaciones vimos que se pesaba muy a menudo". Entonces tenía tan solo 13 años. La niña, que en el 2020 trataba de recuperarse de la enfermedad, ha sufrido una grave recaída durante el confinamiento. "Se obsesionó de nuevo para comer lo mínimo y necesitaba hacer deporte constantemente. Nos mentía incluso para seguir moviéndose", explica la madre.