21 oct 2020

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CAMBIO DE VIDA A CONSECUENCIA DEL CORONAVIRUS

De 'pixapins' a vecinos

Belén y Carlos han dejado su casa de Barcelona en un trastero y, convencidos, se han ido a vivir a la Cerdanya

Al margen del ahorro, valoran la calma, el teletrabajo y una educación más libre y pausada para las niñas

Carlos Márquez Daniel

Belén y sus hijas, Inés y Ana, observan las vistas de la Cerdanya en uno de los días en los que papá está fuera trabajando

Belén y sus hijas, Inés y Ana, observan las vistas de la Cerdanya en uno de los días en los que papá está fuera trabajando / CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

Martes, pasadas las cinco de la tarde. Belén ya ha ido a por las niñas mientras Carlos está en Tarragona trabajando. Un paseo por los alrededores basta para darse cuenta del profundo cambio de chip. Las pequeñas Inés y Ana acompañan al visitante bosque adentro, donde tienen un par de árboles que han convertido en cabañas. Calzan las típicas Quechua que aguantarían un paseo por Venus y van indicando el camino. "Aquí tenemos que poner una cuerda para bajar", dicen. Esta familia que hace unos meses era 100% urbanita ha decidido abandonar Barcelona para instalarse en un pueblo de la Cerdanya. Llevan aquí dos meses y medio, y por ahora, aunque saben que el invierno será crudo, no se arrepienten de nada. La despoblación rural sí le debe algo al covid. 

Belén y sus hijas, en la urbanización en la que viven / carlos márquez daniel

Vivían en un abigarrado cruce en el que hay un enorme concesionario. Mucho ruido. Toda esa casa está ahora en un trastero. Las niñas estudiaban en un colegio enorme, papá iba y venía cada día a Tarragona, donde ejerce de director comercial de una empresa de transportes, y mamá compaginaba la oficina con el trabajo en casa al frente de su propia compañía de recursos humanos. Todo bien. Llegó la pandemia y afloró un debate que no era nuevo para ellos: ¿y si nos vamos a vivir fuera de la ciudad? Pensaron pasar el confinamiento en la Cerdanya, pero la idea se esfumó en cuanto se aprobó el estado de alarma. En julio ya sí se instalaron y fue entonces cuando Belén, quizás por defecto profesional, empezó a trazar un plan redondo para abordar a Carlos. "Hablé con personas que vivían aquí y empecé a buscar coles. Cuando lo tuve todo, se lo planteé". Papá, de entrada, vio más inconvenientes que virtudes. "Le recordé la falta de normalidad en la vuelta al cole, la posibilidad de vivir con más tranquilidad, la suerte de compartir juntos esta experiencia familiar, el hecho de poder volver cuando lo veamos claro". Aceptó. 

Cole en Francia

Si antes lo habían hablado, era por si salía una oportunidad laboral en el extranjero para alguno de los dos. Todo eso de aprender otro idioma, otra cultura, hacer nuevos amigos..., y más pronto que tarde, regresar a casa. Aunque sea más cerca de lo previsto, podrán mantener parte de esa filosofía, puesto que a las niñas, de 9 y 7 años, las han inscrito en un colegio de Saillagouse, en Francia, en la escuela Jordi Pere Cerdà, un centro transfronterizo y plurilingüe en el que cada mañana, al llegar, empiezan el día corriendo por un parque cercano. Inés, la mayor, dice estar encantada. Cuenta que no le gusta Barcelona porque hay "demasiado ruido", y lo único que por ahora le hace fruncir el ceño es tener que compartir clase, y también habitación, con su hermana pequeña. Son las cosas de la escuela rural, que aprenden todos a la vez, desde los 7 hasta los 12 años, en la misma aula. Belén tiene la sensación de que con el cambio, sea el cole o el entorno, la preadolescencia de Inés se ha frenado. "Aquí hay menos tonterías", dice.

Las niñas no echan de menos la ciudad y los padres, por ahora, solo temen por el crudo invierno

Su caso, por cierto, no es ninguna anécdota: en el cole hay otras cinco familias que han cambiado la ciudad por el monte. ¿Y si hay estado de alarma y cierran la frontera? Explica Belén que tienen un certificado para ir a clase. Entrar y salir, nada de pararse en el Carrefour a comprar queso. No muy lejos de aquí, a media hora en coche, la escuela Ridolaina también ha notado un incremento de alumnos de ciudad. Gemma Bach, la directora de esa pequeña escuela, cuenta que todos los casos son similares, familias que tenían la espinita de abandonar la gran urbe y que ahora han considerado que era el momento oportuno. Una de ellas, de hecho, vivía en la calle de Aragó, quizás una de las más incómodas de la capital catalana.

Observando desde casa la llegada de cazadores de setas / carlos márquez daniel

Todo vino muy rodado en este nuevo proyecto. Carlos, tras digerir la idea, planteó el asunto en su empresa, una compañía tradicional que, sin embargo, le permitió combinar el teletrabajo con la actividad presencial. Se va el martes a primerísima hora y vuelve el jueves por la tarde. Y Belén solo tiene que bajar para la entrevista final de los candidatos tras unas fases previas de selección realizadas de manera virtual. La mayor parte de su faena la hace desde casa, donde no tienen tele pero sí instalaron internet. Ahí tiene mucho que hacer el Departament d'Empresa i Coneixement, que tiene entre manos un ambicioso proyecto para llevar la banda ancha a todos los municipios catalanas en los que se desarrolle una mínima actividad económica. La idea es tener el cable totalmente desplegado antes del 2023. 

"Hicimos números y nos hemos dado cuenta de que aquí reducimos el gasto casi el 65% respecto a Barcelona"

Otro factor a tener en cuenta es el ahorro. Tras hacer números, se han dado cuenta de que aquí gastan el 65% menos que en Barcelona. No solo por el coste de la vida: ahí estaban de alquiler y esto es suyo, el precio de la escuela y las extraescolares es muy inferior, menos viajes, pocas cenas... Ya tienen al payés al que comprarle las verduras, les han contado de un hombre que vende una carne estupenda en Prullans..., poco a poco van haciéndose con el entorno, modificando la piel del 'pixapin' por la del residente empadronado. Y con una novedad a la que les ha sido fácil acostumbrarse. La calma. "Ayer era lunes y estábamos por la tarde los cuatro jugando a cartas. Eso era impensable en Barcelona. La ciudad es muy grande y tiene muchas exigencias que no permiten que te relajes". 

Ay, los abuelos...

Si tuvieran que señalar algún punto flaco, al margen del invierno que todavía no han vivido más allá de los fines de semana en los que venían a disfrutar de la nieve, es la lejanía de los abuelos. Cuenta Belén que son los que peor lo han encajado. Porque se acabó eso de ir un miércoles cualquiera a verlos a casa (a buscarlos al cole, mejor que no, que el covid sigue suelto). Ahora ya tienen la excusa ideal para subir, pero sin duda, para ellos, no será lo mismo. Para compensar, cuando bajan a Barcelona se instalan en su casa para que puedan hacer un intensivo de niñas. 

Belén y Carlos no se han fijado una fecha de regreso. Irán viendo. Saben que el colegio no les guarda la plaza, pero no les preocupa porque seguramente, cuando llegue el momento buscarán una escuela más pequeña. Las niñas tienen la mayoría de tardes ocupadas gracias a las extraescolares montadas por el polideportivo municipal de Puigcerdà. También van a una hípica en la que les enseñan todo lo que tiene que ver con el mundo del caballo. Las idas y venidas al tenis o a la piscina las organizan con los otros padres. La relación mucho más estrecha entre familias es otra de las cosas que les ha enamorado de esta nueva vida. 

Tras la charla salen al jardín y a lo lejos ven acercarse a un par de cazadores de setas. Ellas ya no son 'pixapins', así que examinan a los visitantes con mirada local. No les conocen, pero bueno, les dejarán hacer.