27 sep 2020

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Notas de un confinado (1)

Yo voy tirando

Josep Maria Fonalleras narra su experiencia como confinado por haber estado en contacto con una persona que tuvo el coronavirus

Josep Maria Fonalleras

Notas de un confinado (I). Josep Maria Fonalleras nos cuenta en primera persona su experiencia confinado por el coronavirus / JOSEP MARIA FONALLERAS

Tengo la tentación de empezar así: "Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la universidad". Y de continuar así: "Yo voy tirando". Y de terminar así: "Decido empezar este dietario. Escribiré -justo para pasar el rato, a la buena de Dios- lo que se me irá presentando". Pero resulta que eso ya lo escribió otro, un tal Josep Pla, en un cuaderno que era gris y que también terminó siendo un monumento literario. Sin comparación posible. Eso sí: tenemos dos coincidencias. La gripe, o lo que sea eso que nos agobia, y el 8 de marzo, que es el día que él empezó a escribir y que es el mismo día, 102 años después, que yo también empiezo a decir "lo que se me irá presentando".

Estoy confinado. He estado cerca de una persona que tiene el virus (ahora ya da negativo en los análisis, es decir, esto se cura) y tengo que estar en casa 14 días. Ya llevo nueve (¿o quizá son 10?), porque he decidido contar (los tacho en un calendario de la cocina, con un fluorescente) como contaban los evangelistas. Si Jesucristo murió el viernes por la tarde y celebramos la Pascua el sábado a medianoche, como mucho resulta que resucitó al cabo de 36 horas y no al tercer día. Cuento como los de la Biblia, pues, pero me temo que el Servicio de Epidemiología cuenta como los científicos.

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Catorce días. Ante todo, la despensa. Pude cargar comidas precocinadas, verdura, fruta, congelados. Después, me han llegado víveres diversos (unos guisantes celestiales, un rape fresco, un pastel de limón, unas colmenillas de San José) que no se adecuan a la condición de confinado, pero que han sido un regalo de los dioses bajo la apariencia de familiares y amigos. Llegan, llaman, me coloco la mascarilla, toman la distancia prudencial (ahora he leído que es de 1 metro y 82 centímetros), me saludan con conmiseración, dejan las bolsas en el suelo y se van. También les he pedido hielo y tónica (ginebra ya tenía) y tabaco. Estoy confinado, pero nadie me ha prohibido los vicios. De hecho, son una barrera contra dos tentaciones: lanzarse por el balcón es la primera; la segunda es lanzarse por la ventana. No sufran, no hay peligro. De hecho, hay una tentación tercera que es la peor de todas. Es más bien un destino, el destino del confinado. La comenta el periodista Jon Snow, de Channel 4, que es también un compañero de reclusión. "No soy muy bueno con mi propia compañía. Si me llamáis dentro de 14 días, tal vez tendréis entre manos un caso de psiquiátrico". De repente, me doy cuenta, como Snow, de que se acaba el papel higiénico ("me veo obligado a pensar en las necesidades más íntimas") y pienso que es tan importante (o más) que el gin tonic. Mi hija Bet, la del rape, me lo compra.

Tengo material diverso para resistir una semana más. No cuento los días, no los quiero contar, pero cada vez que entro en la cocina y veo el calendario vuelvo a tachar la fecha con el rotulador, compulsivo-obsesivo, como si así el día pasara más rápido, como si los días que aún faltan se fundieran en la nada. Mañana hablaré de cómo me levanto y de qué hago cuando me levanto. De la rutina, la disciplina y otras cosas parecidas.