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INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

Lawrence del Mediterráneo

Jordi Boada busca desiertos submarinos para demostrar que la crisis climática también se carga los océanos

Ha encontrado páramos marinos en Blanes, pero también en paraísos protegidos como las islas Medes

Carlos Márquez Daniel

Jordi Boada recoge el dron submarino, tras revisar los fondos de la bahía de Blanes, el 12 de junio. 

Jordi Boada recoge el dron submarino, tras revisar los fondos de la bahía de Blanes, el 12 de junio.  / CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

El erizo. El maldito erizo. Jordi Boada se sumerge cuatro metros y saca a la superficie un ejemplar inmenso, de los que no caben en la mano. "Este debe tener unos 10 años". Lleva una década comiendo algas, moviéndose con su armadura de pinchos, sorteando depredadores y aguantando corrientes, asido a la roca y minando los bosques submarinos. Pero ojo, tampoco hay que odiar a estos animales, porque forman parte de la cadena trófica y son necesarios en su justa medida. Para que se entienda, es lo que Mufasa le cuenta al pequeño Simba en 'El rey león' sobre el ciclo de la vida: en el equilibrio está la supervivencia del medio.

La salida acuática para entender el fenómeno de la desertización de los fondos marinos se realiza en Blanes la mañana del 12 de junio. Día soleado, con el dichoso viento de Garbí asomando, como de costumbre, a partir del mediodía, pero con buena visibilidad. Antes de lanzarse al agua, y para tener algo de contexto, Jordi, investigador postdoctoral de la Universitat de Barcelona y el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB), dependiente del CSIC, echa a volar el dron. Desde una altura de 150 metros, envía imágenes muy nítidas del espigón, una hilera pelada de roca granítica natural. Luego lanza el pequeño submarino, cedido por National Geographic, que proporciona una visión directa de la situación. Ambos chismes se usan en las expediciones para economizar tiempo, para saber dónde debe realizarse la inmersión. En definitiva, para detectar antes y no meterse a ciegas en un mar de dudas.

Boada lanza el dron marino para observar el espigón de Blanes / CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

El tercer paso es enfundarse el neopreno, los patos y las gafas para contemplar la desdicha en primera persona. Y ahí están los erizos, que resulta que suelen moverse durante la noche y aguardar y parapetarse durante el día, para según avanzan, ir consumiendo hierba submarina en cantidades industriales. Y cuantas más larvas de erizo llegan a la costa, mayor es su comunidad; y cuanto menos depredadores tengan que afrontar, cuantos menos peces queden para diezmar su ejército, más fuerte resulta su presencia y su daño involuntario al litoral. Ahí es donde el sargo, un clásico de la costa mediterráneo podría ejercer su papel de azote de los erizos. Pero sus tropas, diezmadas por la sobrepesca, son incapaces de romper el frente de pinchos. 

El espigón de la punta de Santa Anna, que sirve de escudo para el puerto de Blanes, está prácticamente pelado, plagado de erizos y con muy pocos peces. Ahí es donde reside ese ejemplar de 10 años. "Cuando el sargo está bien, cuando la pesca permite que se desarrolle, entonces en principio todo está correcto. Pero no es el caso". Cuenta Boada, una suerte de Lawrence de Arabia en versión mediterránea, que hay lugares en Catalunya en los un no esperaría encontrar jamás un desierto marino, como las islas Medes, uno de los destinos turísticos más importantes de la Costa Brava y meca de submarinistas de todo el mundo. También ahí se han hallado páramos submarinos infestados de erizos. Podría pensarse que este animal acorazado no es un manjar apetecible. Falso: "Para los peces, un erizo es como un plato de pasta cuando todo lo demás es lechuga". La sensación en Catalunya, cuenta este experto, es que los desiertos submarinos están creciendo. Y no parece que nadie, o casi nadie, se esté ocupando de ello.