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Kandy García Santos: "Los miedos son barreras para justificar no cumplir los sueños"

La llamada 'abuelita mochilera' lleva 18 años recorriendo el mundo por libre tras colgar la toga al jubilarse

"Cuando viajas sola hablas con ese niño interior que todos llevamos", cuenta la octogenaria

Imma Fernández

Kandy García Santos, en el yacimiento arqueológico de Tikal, en Guatemala.

Kandy García Santos, en el yacimiento arqueológico de Tikal, en Guatemala.

La granadina Kandy García Santos colgó la toga a los 66 años y desplegó sus alas, dice, para cumplir su sueño: dar la vuelta al mundo. Con la mochila y en solitario. Tardó nueve meses. Un parto (relatado en ‘La abuelita mochilera’) que le cambió la vida. Ya no ha dejado de volar. Ha estado 15 veces en la India, seis en Vietnam y Birmania, cuatro en Perú...

-Cuando hace 18 años se fue sola a recorrer el mundo, ¿qué le dijeron los suyos?

-Todos creían que era un capricho y que a la vuelta regresaría a mi trabajo. El Derecho me apasionó, pero fue una lástima haber descubierto tan tarde, tras mi jubilación, este mundo viajero porque me van a faltar años para seguir conociendo este planeta tan maravilloso.

-¿Qué fue lo más difícil de la nueva etapa?

-Tuve mis dudas antes de mi primer viaje pero desaparecieron cuando me alejé de España, de mi mundo, de mis amigos. Se abrieron nuevos caminos y lo vi todo tan fantástico que supe que había tomado la mejor decisión.

-¿Cuántas veces le han dicho que ya no tiene edad para hacer esas cosas?

-Que me lo digan ahora, con mis 83 años, podría entenderlo, pero es que también me lo decían a los 66. ¿Qué tienen que ver los años con el deseo de ver nuevas cosas, de emocionarte viendo paisajes de ensueño o a un bebé en un rincón del mundo? Hay personas que tienen los miedos tan arraigados que en todo ven peligro y esos miedos son las barreras que ellas mismas se ponen para justificar el no haber cumplido sus sueños. Siento pena por lo que la gente se pierde por no superar esos miedos que no tienen una base sólida.

-¿Alguna vez se sintió 'rara' en un albergue juvenil? Como que pensaban: ‘¿Qué hace esa vieja aquí’?

-Ja, ja, ja. Sí, durante mi primera vuelta al mundo. Entonces no era muy normal el turismo de mochila, ahora la edad ya no cuenta. Cuando a los albergues, siempre había cuchicheos entre los jovencitos, diciendo: “¡Una abuela y sola!”. Yo les decía: “Hola, mochileros, estoy dando la vuelta al mundo y necesito economizar, además me encanta dormir donde lo hace la juventud”. Entonces todos me bombardeaban a preguntas: “¿Abuelita, cómo llegaste a Machu Picchu? ¿Viste a los maorís? Al final todos querían seguir conmigo el viaje. Ahora creo que soy un ejemplo para el mundo mochilero, algunos me reconocen y me dicen que de mayores quieren ser como yo.

Kandy, en Auckland (Nueva Zelanda)

-¿Por qué prefiere los albergues? ¿Ha notado más gente mayor en los últimos años?

-Elegir un albergue solo por el precio es un gran error, incluso hoy hay hoteles más baratos. Lo que motiva es saber que allí vas a encontrar a verdaderos viajeros, que no van por los caminos marcados, muy distinto de los turistas. Cada vez hay más mochileros por el mundo y los albergues son cada vez más numerosos, mejor equipados y más visitados por jubilados. En España los llamamos albergues juveniles, pero en el resto del mundo se conocen como ‘hostelling’ o ‘backpackers’, sin la palabra “juvenil”.

"Hay gente que cuando van a un lugar lo primero es ir de compras… ¡Noooo! Eso el último día. Se va a conocer a la gente, el país. No son las fotos, es sentirlo, vivirlo"

-¿Cuál ha sido la situación más angustiante que ha pasado?

-Viajando durante 18 años seguidos, siempre te encuentras situaciones difíciles. En Hong Kong unos filipinos me chantajearon. Me denunciaron diciendo que les había robado un monedero, la policía me arrestó y cuando salí se estaban riendo.  

-Muchas señoras se han animado a viajar con usted, pero los hombres son reacios, ¿por qué?

-Cada día hay más abuelitas que deciden acompañarme en mis viajes, pero solo tres hombres vinieron una vez porque eran los esposos de unas de ellas. Caballeros solos nunca. No sé por qué.

-¿Alguna recomendación para abuelas viajeras primerizas?

-El primer error es meter en la mochila más cosas de las necesarias. ¡Que no vamos de desfile de modelos! Nunca debe pesar más que el 10% de tu peso. Para 22 días, con 7 kilos te sobra. Y si se te olvida algo, siempre hay comercios donde comprar. Yo nunca facturo. El ser mochilera no es por llevar mochila, se puede serlo llevando una maletilla de ruedas. Yo me rompí la cadera hace dos años y no puedo levantar pesos y a veces llevo una maletilla. Se trata de viajar a esos lugares soñados y levantarte sin tener una ruta marcada. Dejarte fluir por las personas o acontecimientos que encuentres. Es vivir cada día tan intensamente como si fuese el último de tu vida. 

-¿No todo el mundo es apto para este tipo de viajes, donde hay momentos de soledad, esfuerzo…?

-Pero es que en tu vivir diario, dentro de tu entorno, ¿no hay a veces sufrimiento y soledad? Pues lo mismo, con la diferencia de que como cada día hay nuevas experiencias esos nubarrones se disipan y el sol brilla con más fuerza.

-Ahora todos hacen turismo, pero ir de ‘mochilero’ es otra cosa. ¿Cómo explicaría la diferencia?

-Es abismal. Los mochileros no llevamos reloj ni ruta marcada, el camino lo hacemos nosotros y nos paramos para contemplar a ese vendedor ambulante cargado de cosas extrañas que no vimos nunca o esa plaza repleta de cientos de motos o tuc-tuc pensando cómo es posible que sin semáforos puedan circular sin chocar. Eso sí que es un milagro diario. Hay gente que cuando van a un lugar lo primero es ir de compras… ¡Noooo! Eso el último día. Se va a conocer a la gente, el país, no a comprar. No son las fotos, es sentirlo, olerlo, vivirlo. 

Kandy, en Nueva York. 

-¿Qué cosas positivas encuentra en viajar sola?

-Siempre aconsejo que si puedes ir sola, lo hagas sin dudarlo. Yo durante muchos años así lo he hecho y todas son ventajas. Yendo sola eres libre para coger la ruta que quieras, para pararte o no en los lugares que a ti te dicen algo, es el vivir más intensamente las ceremonias en los templos, es el poder hablar con más frecuencia a ese niño interior que todos llevamos y que tantas veces olvidamos. Es recrearte en aquello que más deseas sin tener que preocuparte de si a tu compañera le gustará o se aburrirá.

-¿Viajar le ha hecho cambiar prioridades; le ha hecho menos materialista y más tolerante?

-Nunca fui materialista, pero sí he descubierto que para vivir se necesita tan poco. Me entristece ver cómo los niños que tienen de todo se pelean por tener un juguete más. Entonces veo a mis niños asiáticos cómo con una caja de cartón empujándola por la tierra o una cometa hecha por ellos mismos se les llena la cara de felicidad.

-La sociedad va a contracorriente de ese espíritu: consumismo voraz, viajes exprés...

-Cuando después de nueve meses viajando con una mochila que pesaba seis kilos, volví a casa y vi los armarios llenos de ropa pensé que algo no iba bien. ¿Para qué necesitaba tantas prendas? Vi mi joyero con baratijas que allí estaban calladitas y encerraditas. Las miré con pena porque sabía que ya nunca más iban a salir a la luz. Ahora mis pendientes han sido sustituidos por dos tatuajes que me hice por esos mundos y mis pulseras, por cordones bendecidos por monjes con los que me siento inmensamente feliz. Todos los días cuando me levanto canto esa célebre canción de: “Gracias a la vida que me ha dado tanto…”. A mis 83 años conservo los cinco sentidos y eso, yo creo, ya es bastante tener.

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