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VACACIONES EN FAMILIA

Bañarse es de pobres

Los currantes hacen vacaciones, los ricos veranean y los pobres, que cada vez hay más, se quedan en su casa hasta que los desahucian

Javier Pérez Andújar

Conversación veraniega de familia en el cámping La ballena alegre de Castelldefels, a medidados de la década de los 90.

Conversación veraniega de familia en el cámping La ballena alegre de Castelldefels, a medidados de la década de los 90. / CARLOS MONTAÑÉS

Los currantes hacen vacaciones, los ricos veranean y los pobres, que cada vez hay más, se quedan en su casa hasta que los desahucian. Para veranear es necesario mucho tiempo, el verano entero, como su propio nombre indica. Para veranear se necesita no toda una vida, sino toda una genealogía. ¿Se acuerdan de Balbec, el lugar de la costa normanda al que se retiraba la aristocracia de 'En busca del tiempo perdido'? A orillas del mar se ve la diferencia entre la aristocracia y el pueblo. Los ricos no se mojan, bañarse es de pobres. Los ricos se quedan en el yate, en el hotel, contemplando con prismáticos las crestas de las olas. Meterse en el agua a dar manotazos para salir sacudiendo el cráneo mojado y resoplando como un caballo solo se le ocurre a quien debe 30 años de hipoteca. Las vacaciones son la versión 'low cost' del veraneo.

Las primeras vacaciones las vi por la tele. Era otra familia quien las hacía simbólicamente en nombre de todos los españoles. Para eso está la cultura popular, para crear símbolos, para representar algo que creemos que estamos haciendo todos cuando realmente solo ocurre en un tebeo o en un puñado de fotogramas. Me refiero a las vacaciones de 'La gran familia', con Pepe Isbert, y Alberto Closas y Amparo Soler Leal y sus alegres retoños. En su caso, vivían en Madrid y se iban a un hotel de Tarragona. El mestizaje siempre ha sido una cuestión de presupuesto.

Yo prefería ir a la playa que ir al pueblo. Pero no se decía ir al pueblo, se decía volver al pueblo aunque fuese para estar una semana. El caso es que solo fui una vez a aquel sitio tan lejano, y al poner allí los pies (sandalias de plástico, se llamaban de río, pero cualquiera se metía en aquel Besòs semidescalzo), eso, que nada más ver aquel secano, las casas abandonadas, las viejas de luto sentadas en el poyo de la puerta, comprendí que en ese sitio no se me había perdido nada. Yo era del teniente Colombo, de Tintín, de todo lo que llevara gabardina. Las raíces no se heredan, cada planta echa las suyas.

Un 127 de tres puertas

Al pueblo habíamos llegado en un 127 de tres puertas, verde jornalero, parando en Valencia para dormir. Cualquier viaje estaba entonces más cerca de la ruta de la seda que de las autovías gratis en cuanto se sale de Catalunya. Poco después de esa visita a Gor (Granada) dieron en Estudio Uno 'La velada en Benicarló', una adaptación teatral del diálogo escrito por Azaña sobre la guerra civil, y viéndola sentí que aquella noche que habíamos hecho en Valencia era una noche hermana de la noche de Azaña.

Un Seat 127, icono de una época.

Con el 127 íbamos todas las mañanas de agosto a la playa de Castelldefels, porque el agua de esa zona de Barcelona era más cálida y cubría menos que en Ocata y el Maresme. De ir a la Costa Brava, ni hablar. Bueno, una vez fuimos a una cala de Santa Cristina, en Lloret, y las rocas me recordaron la fotografía en blanco y negro que teníamos en la puerta del mueble del contador de la luz, en el recibidor. La parte de Castelldefels era más proletaria. De Badalona para arriba parecían playas de pijos. En el 127 íbamos mi padre al volante, mi madre en el asiento de al lado encendiéndole los cigarrillos, Kaiser, Rex, 46, detrás mi hermana, mi abuela y yo, y en el maletero la sombrilla y la nevera con los bocadillos, Fanta, el agua en la botella de gaseosa. La Fanta decían que era de naranja, y por eso a mi madre le parecía más natural, más necesaria, que la Coca-Cola, que en mi casa nunca entraba como no pasaba nada dudoso de ser un capricho. A la altura del Prat subíamos rápidamente las ventanillas del coche porque de aquellas industrias químicas salía una peste inmunda, insoportable como el calor y el recocimiento que sufríamos con las ventanillas subidas durante ese tramo. De repente hubo un verano, quizá cuando dieron en la tele 'La velada en Benicarló', en que apareció en la guantera del coche una casete con la Internacional, y con ella a todo volumen íbamos y veníamos de Sant Adrià a Castelldefels.

La parte de Castelldefels era la más proletaria, de Badalona para arriba parecían playas de pijos

Las vacaciones eran eso, y también era la espalda pringosa de Nivea, y ducharse al volver para quitarse la playa de encima, y por las tardes correr entre los bloques con los perros que se hacían amigos nuestros, y la conciliación no era necesaria entre nosotros sino con el mundo. Luego he hecho otra clase de vacaciones y he visto más mundo del que vieron mis padres en toda su vida, y mis sobrinos desde niños han pateado más mundo que yo. Pero con todo ese mundo visto, creo que ni mis sobrinos ni yo tenemos más conocimiento de la vida del que tenían sus abuelos.

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