FAMILIAS QUE LUCHAN POR DERRIBAR TÓPICOS

"No me dejan jugar en el recreo"

Un mes después de que su reivindicación se hiciera viral, Fernando del Río explica que a su hijo le siguen menospreciando en el colegio por llevar las uñas pintadas

A la izquierda, Fernando del Río Martín y su hijo Iker, con las uñas pintadas. A la derecha, detalle ampliado de las uñas pintadas de ambos.

A la izquierda, Fernando del Río Martín y su hijo Iker, con las uñas pintadas. A la derecha, detalle ampliado de las uñas pintadas de ambos. / FACEBOOK / FERNANDO DEL RÍO MARTÍN

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Fernando del Río -madrileño de 36 años y residente en Calpe (Alicante)- es el papá de Iker y Diego, gemelos de cuatro años y medio. Desde hace un tiempo, a Iker le gusta pintarse las uñas, disfrazarse de princesa y usar tacones. Es un juego. Y como tal lo tomaron Fernando y su mujer. Hasta que un día, al recogerle en el colegio público en el que está matriculado, Iker les contó que los niños no le dejaban jugar durante el recreo. A la cuarta vez que Iker les comentó lo mismo, Fernando pidió cita con los profesores y empezó también a hablar con otros papás y mamás de la clase. “Encontré buena disposición de todo el mundo. Me decían que, efectivamente, Iker no merecía el menosprecio de sus compañeros”.

Fernando jamás ha dicho a su hijo que las uñas pintadas o los tacones son cosa de niñas. “Yo sé que para él es una diversión. Lo que sí le expliqué es que la estética no es importante a su edad, que ya tendrá edad de querer estar más o menos guapo”, destaca. Cuando Iker era más pequeñito, Fernando y su mujer sí que se preocuparon al ver que hablaba de sí mismo como si fuera una niña. “Fue cuestión de semanas y se le pasó, así que olvidamos el asunto”, comenta por teléfono desde la tienda de cigarrillos electrónicos que regenta en Calpe.

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Por el qué dirán

Una noche fue a casa una amiga de Fernando. Vino cargada de maquillaje para jugar con Iker y Diego. “Ven, que te pinto las uñas”, le dijo. “No, que si no en el cole no me dejan jugar”, fue la respuesta del crío. A Fernando le sentó como un tiro. “¿Por qué mi hijo de cuatro años tiene que estar pendiente de lo que digan de él los demás? Qué triste”, reflexiona. Así que cogió a su hijo y le repitió varias veces que no estaba haciendo nada malo. “¿Quieres que papá se pinte las uñas contigo? Venga, vamos”, le animó. “A Iker se le iluminó la cara”, recuerda. Ambos se hicieron fotos divertidas con las uñas pintadas.

Llegó la hora de dormir y Fernando acostó a los niños. Seguía dando vueltas a la cabeza al asunto. Si su mujer hubiera estado en casa se hubiera desahogado hablando del tema con ella. Pero estaba trabajando y Fernando encontró una vía de escape en Facebook, donde colgó la foto que se había hecho esa tarde con Iker y una defensa del juego de pintarse las uñas. “Pensé que se quedaría ahí, que lo verían cuatro personas y ya está”. Jamás barajó la idea de que se haría viral.

Jesús Fernando Ruiz, de Bedia (Vizcaya), también usó las redes sociales en diciembre para reivindicar las uñas pintadas de su hijo, de cinco años / facebook

Fernando tuvo el respaldo de muchos usuarios de las redes sociales, como ya sucedió en diciembre con Jesús Fernando Ruiz, otro papá de Bedia (Vizcaya), que se fotografió junto a su hijo con una manicura bien colorida. Mostrar las uñas acicaladas en las redes sociales fuera su manera de protestar porque muchos compañeros de clase de su hijo, de cinco años, se burlaban y le llamaban "mariquita". "Intentamos convencerle de que el problema lo tiene el que mira sin ver, pero es duro verle así.  Aunque lo que más me entristece es el cerebro de esos niños que sin duda están siendo encauzados hacia unas ideas retrógradas, anticuadas y sexistas", explicó.

Menosprecio en Facebook

Entre los miles de mensajes positivos recibidos, el papá de Calpe también leyó bastantes ofensivos. "Un señor que decía tener una Biblia en la mano me dijo que yo pintaba las uñas a mi hijo para después violarle", recuerda con tristeza e indignación. A pesar de todo, procuró no entrar a ninguna discusión con ‘trolls’.

Un mes después, Iker sigue recibiendo el menosprecio de sus compañeros de clase. “Los chavalillos son listos y no lo hacen descaradamente sino que, por ejemplo, le dejan el peor lugar para jugar. Mi hijo tiene buen corazón y les sigue llamando amiguitos. Me da pena, claro, pero por lo menos he conseguido que no deje de hacer algo que le gusta por el qué dirán. Puede que sea pequeño pero tiene mucha personalidad”, explica. “Vivimos en una sociedad avanzada, pero no tan concienciada como nos gustaría. Esta es una lucha diaria y lenta”, añade.

Fernando y su mujer siguen defendiendo y apoyando a su hijo cuando este les dice que quiere pintarse las uñas. “Quiero que haga lo que le guste, que sea feliz. Dentro de unas normas, evidentemente. De momento, es un juego. Si con 15 años quiere llevar tacones y ropa de mujer ya será otra cosa, pero también nos parecerá perfecto. Nos dará igual su tendencia sexual. A lo mejor dentro de 15 años esta sociedad ha avanzado y no le miran mal”.

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Valores patriarcales

A Estíbaliz, ingeniera industrial de 37 años residente en Madrid, no le preocupa nada que su hijo Javier, de cuatro años, sea fan del rosa, el esmalte de uñas y los ponis. “A los niños les encantan los colores y las cosas que brillan. Si ven que se pueden pintar las uñas y que así quedan más bonitas pues lo quieren hacer”, explica. “Con el paso del tiempo los vamos metiendo en sus cárceles textiles negras, grises, azules y marrones… y de repente tienen 14 años y son tipos serios”, concluye la ingeniera. En su opinión, todo este debate tiene que ver con los valores patriarcales y el machismo estructural de la sociedad: "Siempre estará mejor vista una niña que practique boxeo que un niño que se apunte a ballet clásico".