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TESTIMONIOS DE JÓVENES

"La sociedad no acepta que te quedes embarazada con 14 años"

Cuatro madres adolescentes relatan cómo han vivido una gestación precoz y las dificultades sociales y emocionales que han sufrido

Las chicas relatan falta de instinto maternal, malos tratos de sus parejas, fracaso escolar, conflictos con sus padres o rechazo de su entorno

Cristina Buesa

Estel Collado, en el castillo de Cardona, se quedó embarazada con 14 años. / Marc Vila

Estel Collado, en el castillo de Cardona, se quedó embarazada con 14 años.
Jamila Bengharda, que fue madre con 16 años, acaba de regresar a su Vilafranca natal para reprender su vida.
Noemí García abraza a Noah junto a su marido Daniel (que sostiene a Daren) con Arabia en primer plano sobre un patín y la más mayor, Vicky, a lo alto de la escalera de su casa de Sant Vicenç dels Horts.
Gabriela Game, que fue madre con 15 años, vive en un piso de la Associació Benestar i Desenvolupament (ABD) en la Zona Franca con su actual pareja.

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Estel Collado Morales: “La sociedad no acepta que te quedes embarazada con 14”

Quien acabó denunciando la enésima agresión fue su madre, no ella. Estel Collado Morales dice que estaba “ciega”. Llevaba meses soportando los malos tratos psicológicos y físicos pero él había logrado enfrentarla a toda su familia, así que era incapaz de reaccionar. “Siempre creía que él iba a cambiar, pero ahora ya sé que no es así, nunca cambian. No obstante no me veía con ánimo de denunciarle, pensaba que lo que hacía era porque me quería”, recuerda.

Esos golpes físicos (los emocionales habían hecho mella durante años) fueron los que lograron una orden de alejamiento que Estel se saltó hasta en cinco ocasiones. Había sido su novio durante más de dos años, su compañero, el primer amor. Estaban juntos desde los 12 años. Y a los 14 se quedó embarazada.

Cuando me confirmaron que esperaba un bebé, pensé en abortar pero era demasiado tarde

“Siempre usábamos preservativo, pero supongo que falló. Cuando nos dimos cuenta, estaba de 27 semanas, no nos lo podíamos creer. Un mes antes de que me confirmaran que esperaba un bebé me había hecho una prueba porque no me venía la regla y salió negativa. Pero cuando fuí al ginecólogo era demasiado tarde. Hubiéramos abortado pero ya no se podía”, expone para a continuación admitir que pensaron en darlo en adopción. Lloró mucho, lloraron los dos, rememora.

Los meses de gestación no fueron fáciles. Su chico se había ido volviendo agresivo. Esta vecina de Cardona (Bages) de 16 años sonriente, fresca, entusiasta, vitalista cuenta que era celoso, le prohibía ponerse ciertas prendas de ropa, hablar con chicos, relacionarse con las que habían sido sus amigas.

Nació Àlex. En ese momento Estel ya se había dado cuenta de que ese chaval no podía ser un buen padre. Con un bebé de cuatro días, él le pegó en la cara. Ella lo ocultó con maquillaje pero su madre, harta, acudió a los Mossos. Basta ya. Y en ese momento entró en escena la Direcció General d’Atenció a la Infància i l'Adolescència (DGAIA) que, para proteger a la menor y al bebé que acababa de nacer, le propuso el ingreso en la residencia maternal Antaviana.

“Yo tenía una vida normal, no procedía de otro centro de menores, ni de una familia con problemas, como la mayoría de madres que había allí. Lo único que me había pasado era que había sido madre con 15 años y era una chica maltratada”, relaciona. “Es duro. El primer mes estuve recluida. Pero poco a poco me adapté, los educadores me ayudaron a reponerme”, valora la adolescente.

Tanto es así que durante el año que estuvo ingresada decidió reprender en un instituto de L’Hospitalet 3º de ESO que había dejado a medias en su pueblo. “Me parece muy fuerte que tuviera que ser yo, la víctima, la que tuviera que huir”, se queja. Pero ese año en Antaviana (con conflictos, no fue de color rosa), y sobre todo su familia, la sacaron del pozo.

Ella se describe como una chica que siempre se ha levantado al caer. Inquieta y crítica, madura a la fuerza, realista y generosa, Estel mueve nerviosa el pírcing de su lengua mientras busca el adjetivo más apropiado y hace planes. “Estudiaré un módulo medio de enfermería y luego otro superior de integradora social. Si pudiera iría a la universidad, claro, pero con un hijo no creo que pueda. Y viajar, querría viajar mucho”, sueña.

Socialmente es un error quedarse embarazada con mi edad, claro. Creen que te has ido con todos, que eres una guarra, te critican. Pero ese no es mi caso. Sabía cómo evitarlo y lo hice, pero pasó”, razona instantes antes de que la recoja su madre, que llega acompañada de Àlex, de un año y 9 meses, con la misma mirada curiosa y decidida que Estel.

Jamila Bengharda Castellanos: “No me arrepiento de haber tenido a mi hija pese a los malos tratos que sufrí”

El pasado martes le hicieron la fiesta de despedida en la residencia maternal Antaviana. Fue emocionante. Cortar el cordón umbilical que te ha mantenido viva durante un año lo es. Habla de las personas que la han ayudado como de su familia: de su tutora como una madre, sin desmerecer a la biológica, puntualiza.

Jamila Bengharda Castellanos regresó a su casa de Vilafranca del Penedès (Alt Penedès) hace pocas semanas tras un año allí con Samira, que ahora tiene dos años y dos meses. Es fuerte, valiente, tiene las ideas claras. No obstante, para llegar hasta aquí ha tenido que luchar y reconstruir todo lo que su pareja, el padre de su hija, destrozó.

Esta chica de 18 años de Vilafranca fue expulsada de su casa por su padre, que era alcohólico

Hoy es una adolescente de 18 con ganas de superarse. No habla solo de formarse más y mejor en peluquería, que ya hizo un curso, sino de montar su propio negocio. Esta niña de padre marroquí y madre catalana nació en Vilafranca. Conoció en un concierto al chaval que poco a poco le hizo la vida imposible y con quien por el camino concibió una hija.

Maltratada, vejada, insultada, en su casa las cosas tampoco iban bien, expone. Su padre tenía problemas con el alcohol, su hermana mayor (que ella describe como un modelo a seguir, independiente, autónoma profesionalmente, madre muy joven también) se fue de casa a la que pudo.

Llevaba más de dos años con él. En ocasiones le había confesado que, si se quedaba embarazada, estaría encantado. “Era solo para pillarme y yo tomaba pastillas”, cuenta. Pero se quedó. Su padre encolerizó. Cogió toda su ropa en bolsas de basura y la echó de casa, así que se fue a vivir con los padres de él durante los primeros meses de embarazo, sin salir de casa, encerrada en una habitación.

Relata episodios de amenazas con un cuchillo, de tirarla por la escalera, de pellizcarle para que no durmiera por las noches, de chillarle constantemente, de prohibirle volver al instituto… No sabe cómo lo soportó, “no podía pensar, me veía frágil e indefensa, él sabía que yo era menor y me manipulaba”, reflexiona.

Hubiera podido abortar desde el principio, encaja, pero como a su madre le hacía “ilusión” ser abuela, lo descartó. Fue ella la que intercedió con su padre para que regresara a casa. Pactó que en cuanto pariera a la niña lo dejaría. Pero le hacía la vida imposible.

Los servicios sociales detectaron el caso. Un hematoma en la pierna, en el cuarto mes de embarazo, provocó que en el hospital la invitaran a denunciarle aunque no lo hizo. Samira nació y el acoso no cesaba. El infierno con su padre alcohólico tampoco. La Generalitat, prosigue, la instó a ingresar en Antaviana: “Me decían que no estaba preparada para ser madre y que si no lo hacía me quedaría sin la niña”.

“No era la edad ni el momento, pero salí adelante, no tiré la toalla. Samira es una niña muy espabilada y no me arrepiento de haberla tenido a pesar de lo que pasé”, razona Jamila, que no volvió a saber nada de él. 

Gabriela Game Uzho: “Cuidé al bebé porque debía hacerlo pero no tenía ningún instinto maternal”

Su madre la dejó en Ecuador con dos meses y se fue a vivir a Italia. Necesitaba trabajar para darle de comer a ella y a sus otros tres hijos, que se quedaron a cargo de unos tíos. El padre estaba en España, intentando ganarse la vida también. Se separaron al poco de nacer ella, pero no tenían mala relación. “No conocí a mi madre hasta los 10 años, cuando fuimos a vivir con ella a Pavia, cerca de Milán. Podían pasar dos días sin verla porque se levantaba a las tres de la mañana y regresaba a las nueve de la noche”, recapitula sin una chispa de acritud.

“Los dos hermanos con los que también convivía, varones, siempre se reprochan a sí mismos que no cuidaron de mí lo suficiente, pero el hecho es que me quedé embarazada con 14 años. Tenía tanto miedo de mi madre, que tiene un carácter tan difícil, que se lo oculté”, confiesa Gabriela Game Uzho, que ahora tiene 19.

Cuando el padre de Oliver supo que estaba embarazada, se desentendió y nunca más volvió a saber nada de él

El padre de su hijo Oliver, con cuatro años recién cumplidos, era un chico italiano de otro colegio. Gabriela admite que ella no sabía nada de precauciones. “Era muy niña, no me habían contado nada, en mi casa era un tema tabú”, describe la adolescente, que ahora vive en un piso de la Associació Benestar i Desenvolupament (ABD) de la Zona Franca tras un periplo inmobiliario considerable.

Cuando aquel chico supo que esperaba un bebé se desentendió. Nunca más supo de él. En su casa se produjo un terremoto. “Yo era un mar de lágrimas porque era demasiado tarde para abortar y mi madre me dijo que era una boca más que alimentar, que no podía asumirlo y que lo diera en adopción”, explica. Su padre la acogió en Barcelona, aunque los meses siguientes no fueron fáciles.

El parto se complicó y la salud del bebé era frágil. Aún hoy mantiene los controles médicos periódicos porque llegaron a operarle del corazón. Ingresos hospitalarios, UCI, angustias. Oliver era un niño que lloraba mucho, que pedía más comida, que no dormía bien. A las estrecheces económicas (el padre de Gabriela no encontraba trabajo y lo poco que tenían se lo gastaba en bebida) se sumaba tener que compartir una misma estancia tres adultos y el retoño, con una sola sábana colgada del techo que les separara.

El programa Preinfant de AMB, que atiende a madres y familias vulnerables, fue su salvación. “No sabía ser mamá, ni tan solo había asimilado mi embarazo. Cuidé de él porque era mi obligación pero no tenía ningún instinto maternal”, se describe. Le propusieron ingresar en una residencia, pero su padre se opuso, así que la solución fue facilitarle un piso de la entidad en Can Vidalet, en L’Hospitalet.

Le brillan los ojos al referirse al cambio. Era la primera vez que tenía una habitación para ella sola. “Era un lujo, había hasta secadora y robot de cocina, nos daban 100 euros por semana y teníamos la nevera llena de comida. De marca blanca, pero comida”, sonríe. Asistía a una “escuela de mamás”, donde le enseñaron, dice, a sentir a su hijo como propio, “a estimularlo, jugar con él, hacerle masajes, alimentarlo como tocaba”.

Gabi, como la conocen sus amigos, volvió a cambiar de piso, en el que está ahora. Lo compartió con su padre y hermano hasta hace poco. También apareció Steven, su actual pareja, ecuatoriano pero con documentación en regla, algo que ella todavía no ha logrado. Con él también sufrieron un desliz y se quedó embarazada otra vez. Tenía 17. Pero esa vez no lo dudó y abortó.

Noemí García Alcubierre: “Te juzgan, creen que serás mala madre por el simple hecho de ser joven”

Tiene una sonrisa permanente en los labios. Objeta, sin embargo, que ha tenido que luchar mucho para lograrla. Que ha necesitado ayuda. Que ha trabajado de sol a sol. Cuenta que es dura y desconfiada y que así ha educado a sus hijos. Hijos, en plural. Porque Noemí García Alcubierre, de 33 años, fue madre adolescente con 16 pero hace cuatro años decidió con su marido Daniel que querían ampliar la familia.

Así que la casa que ocupan en una urbanización de Sant Vicenç dels Horts (Baix Llobregat) está llena de vida. Vicky, la primera en llegar, tiene ya 17. Sus hermanos: Arabia, 4; Noah, 3 y Daren, 1. También hay dos enormes perras, Shiba y Latika, educadas y obedientes. La distracción está asegurada.

"Pensaba que mi familia no me iba a querer más", evoca esta mujer, que pidió ingresar en una residencia maternal

Vicky es silenciosa. Su madre la describe como una chica muy inteligente que cursa 2º de Bachillerato y quiere ser forense. Acusó la llegada de su primera hermana, ella que había sido la princesa de la casa, con sus tíos y en la residencia maternal Antaviana, donde vivió con su madre hasta los tres años.

“Me quedé embarazada con 15 años, llevaba un año con él, era mi vecino y supongo que pensábamos que no nos podía pasar a nosotros. Solo me había venido la regla una vez antes y pensé que era un retraso. No lo supe hasta los seis meses porque no tenía nada de barriga”, narra Noemí.

Después llegó la ansiedad. “Mi madre nos había dicho a los cinco hermanos que si nos quedábamos nos mataba”, evoca esta mujer menuda, que añade que su padre era alcohólico. Y prosigue: “Tenía muchísimo miedo. Pensaba que no me iban a querer más y que sería una carga más para la familia, así que acudí a las asistentes sociales que teníamos asignadas y les pedí que me ingresaran en un centro”.

De esta manera entró en Antaviana, de la cooperativa Eduvic, una entidad entonces aún joven. El que hoy es su director, Lluís March, fue el educador que fue a buscarla a casa y la acompañó al centro de L’Hospitalet. Recelaba por si perdía la custodia de Vicky pero describe los tres años que pasó allí, hasta los 18, como una escuela emocional.

“Todo fue a mejor, aprendí muchísimo, sobre todo a escuchar y a decir lo que sentía, me convertí en una chica comprensiva, pude reprender los estudios e hice un curso de ayudante de veterinaria, me daban una paga, además de lo que necesitara para la niña”, analiza, positiva.

Cierto es que Noemí era distinta de la mayoría de sus compañeras: “Me decían que era especial porque tenía las rutinas aprendidas. Muchas de ellas procedían de familias desestructuradas mientras en mi caso compraba, limpiaba, hacía lo que tocaba, nunca levantaba la voz”. El vínculo con los responsables de la residencia fue tan estrecho que todas las Navidades desde entonces envía una felicitación, en los últimos años con foto de la familia ampliada.

Pero esta mujer no olvida los malos tragos. “Mientras yo trabajaba, estudiaba y tiraba adelante a mi hija mis amigas estaban en la plaza comiendo pipas. Ser madre adolescente me cambió la vida, hizo que me perdiera una parte, aunque gané otra. No obstante, me trataron fatal en los ambulatorios o los colegios porque daban por hecho que mi juventud me convertía en negligente, me juzgaban. Pensaban que lo iba a hacer mal solo por ser joven”, lamenta.

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