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ESPAÑA SE SECA

Viaje a la cuenca del Segura, el corazón de la sequía

La falta de agua, la agricultura intensiva y el turismo devastan la economía de la región

Los ecologistas denuncian los abusos de los cultivos de regadío

Nacho Herrero

Balsa de riego completamente seca en Santomera.

Balsa de riego completamente seca en Santomera. / Miguel Lorenzo

“Quien resuelva los problemas del agua será merecedor de dos premios Nobel, uno por la paz y otro por la ciencia”, dijo en su día John F. Kennedy. De haber conocido la situación de la cuenca del Segura, el expresidente de EEUU habría pedido algún galardón más para el que lograra una solución para esta zona entre Albacete, Murcia y el sur de Alicante. Sequías cíclicas cada vez más largas deben convivir con una explotación cada vez más intensa de la agricultura y con una presión turística que, aunque a menor ritmo, no deja de crecer. Cada vez hay que regar más, hay más casas en las que abrir grifos y más campos de golf que cuidar. Y no hay agua en superficie. El agua embalsada es el termómetro más común para medir la situación hidrográfica y los datos son muy preocupantes. La cuenca tiene ahora mismo un pírrico 13’1% frente al ya pobre 22% de hace un año o al 38’4% de media de la última década.

“Desde el punto de vista social y económico la situación es grave y puede ser gravísima. Después de tres años de sequía, está todo el límite, sobre todo para el regadío. De esta zona salen cinco millones de toneladas al año y hace falta regar, aunque la primera preocupación es que llegue el agua a las casas”, reconoce Miguel Ángel Rodenas, presidente de la Confederación Hidrográfica del Segura.

A pie de campo las palabras son aún más secas. “La situación ya es gravísima, porque los riegos del río están cortados y los que dependen de embalses están restringidos. En una semana tiene que haber una solución", explica Eladio Aniorte, presidente de ASAJA Alicante. Unos kilómetros más abajo, en la Vega media murciana, frente a la enorme y vacía balsa de El Esparragal, en la localidad de Santomera, Benito Arellán, vocal de la junta de riego local, asegura que “a estas alturas del año pasado estaba llena" y que de ella depende el riego de la margen izquierda de la vega, "y ahora en algunos sitios la tierra está como si fuera la carretera, como si fuera asfalto, ni el rocío cae”.

Pozos de origen árabe

Jesús Ángel Rodríguez, un agricultor de la zona, asiente y explica cómo se las están apañando. “Solo estamos regando con los pozos de sequía que han abierto y con los drenajes de los meranchos”, apunta. Se trata de unas acequias secundarias de origen árabe a la que regresa el agua que drena de las parcelas. Pura supervivencia para una zona que no quiere dejar de plantar. “Es que tal y como están los precios si no haces al menos dos cosechas no es rentable”, destaca.

Dos agricultores comprueban unas canalizaciones de regadío / MIGUEL LORENZO

Desde Greenpeace, Julio Barea, coordinador de un reciente informe sobre la situación de la cuenca, denuncia que en este verano se ha seguido “roturando” para hacer nuevos regadíos. Su postura pasa por racionalizar el consumo urbano, evitar que sigan proliferando campos de golf pero sobre todo “centrarse en la agricultura”, que es la que se bebe la mayor parte de recursos y para la que pide reducir su extensión o mantener la actual sólo mal menor. Además, advierte de que "se están regando a saco cultivos leñosos para tener más cosechas y mayores producciones” y pide acoplar los cultivos a las condiciones actuales.

El presidente de la Confederación asegura que “la superficie neta de producción se mantiene estable desde hace una década en 260.000 hectáreas”, pero admite también que “el problema es lo que se planta y el número de cosechas, porque no es lo mismo plantar una que tres, que consume el triple de agua”. Cuenta que han hecho campañas pero desliza que sin mucho éxito. “El que planta se arriesga a un quebranto económico. Nosotros damos información de los riesgos pero luego cada uno invierte su dinero como quiere”, apunta.

El trasvase y las desalinizadoras

Mientras actualizan con ansiedad las previsiones de AEMET y escuchan extemporáneas peticiones como la de Antonio Cañizares, arzobispo de la vecina diócesis de Valencia, que ha emplazado “a rezar fervientemente a Dios por el don de la lluvia”, siguen los debates sobre qué hacer si no llueve.

El escaso nivel del río Tajo impide de momento plantearse el trasvase como solución

Derogado hace una década el faraónico trasvase del Ebro, la batalla está ahora en el del Tajo. Denostado por muchos y ansiado por otros, el aumento de 240 a 400 hectómetros cúbicos del nivel necesario para autorizarlo y la complicada situación que se vive en los embalses de su cabecera lo hacen inviable salvo que el Ministerio de Agricultura dé un completo viraje. Y eso es lo que pide ASAJA. “Ahora el nivel está en 350 pero si hace unos años en una situación de emergencia se hizo ahora hay que hacerlo”, reclama Aniorte.  “Las autonomías son la ruina de este país, el Estado tenía que haber cogido la competencia del agua y haberlo arreglado ya”, se enciende.

Con otras palabras, Ródenas pide también una aportación extra. “Esto necesita una solución nacional. La cuenca es deficitaria en 400 millones de metros cúbicos sólo para atender a lo que ya hay, para mantener la riqueza creada. Hay que traer agua de otras cuencas. El Gobierno de España debe plantear un Pacto del Agua”, señala. De momento, el ministerio ha empezado a abrir las baterías de sondeos, los pozos públicos, y ha puesto a funcionar al máximo nivel a las desalinizadoras. Ya se trabaja también en un refuerzo del suministro eléctrico que permitirá en primavera triplicar el agua desalada en la gigante instalación de Torrevieja. Usar ese agua implica subir los recibos, algo que puede desatar críticas entre los ciudadanos y que puede acabar con la rentabilidad del campo, que pagaría a casi un euro lo que ahora le cuesta entre diez y veinte céntimos. Pero eso sí ya nadie se imagina cómo sería la situación sin las otrora denostadas desaladoras.

La batalla por el agua subterránea

La desoladora imagen de los embalses obliga a preguntarse si hay otra solución para esta cuenca. Más allá de los pozos que todos apoyan desde Greenpeace aseguran que es el agua del subsuelo, la de los acuíferos, la que, con una gestión racional, debe llevar a la cuenca a ser autosuficiente. “A todos les viene bien que sea cuenca deficitaria por todo el negocio que hay alrededor. Hay sequía meteorológica pero no hidrológica”, afirma Barea. 

En el informe ‘La trama del agua en la cuenca del Segura, diez años después', se pone de manifiesto que la del Segura es la única cuenca que no tiene en cuenta las aguas subterráneas de los acuíferos y que si lo hiciera no sería deficitaria. 

Esa tesis fue rebatida por 25 científicos en una carta que hizo pública la Confederación y que aseguraba que las particularidades tectónicas de la zona hacen que se trate de agua estancada y extremadamente salada. “Es un estudio con errores graves, creo que Greenpeace se equivocó dándole cobertura. Se han hecho sondeos e investigaciones, sabemos que hay agua pero a más de cien metros y con una cantidad de sal enorme”, apunta Ródenas. “No dan datos, es simplemente el discurso de hace 40 años”, responde Barea, que insiste en que “con mucho cuidado” se puede y se debe utilizar. “Con los embalses no llueve en dos meses y nos hemos quedado sin agua, así que no es solución hacer más sino que hay que gestionar mejor un recursos limitado”, destaca.

Temas: Agua Sequía

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