El marista que escribía cartas de amor a las niñas

Primera denuncia contra el hermano G. F., apartado de la Immaculada tras acosar y mandar una misiva a una menor

El colegio de los Maristas de La Immaculada, en el Eixample de Barcelona. 

El colegio de los Maristas de La Immaculada, en el Eixample de Barcelona.  / JORDI COTRINA

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GUILLEM SÀNCHEZ / BARCELONA

La última denuncia por abusos sexuales recogida por los Mossos d'Esquadra ha sido contra un profesor de quien la víctima no recuerda su nombre y apellidos. Tan solo ha facilitado a la policía catalana el apodo con el que lo conocían todos los pupilos de los Maristas del colegio de la Immaculada del Eixample.

Según han remarcado cinco exalumnos distintos de este centro pertenecientes a promociones diversas, el profesor que recibía el apodo en cuestión era el de religión y matemáticas, G. F. Ellos recuerdan que este profesor era “el terror” de la hora del patio. Eran famosas las “puntuaciones” de las que se servía para apercibirlos cuando se portaban mal. Si acumulaban tres debían cumplir el "castigo de los sábados”: cinco horas de la mañana de ese día festivo “memorizando en pie fragmentos literarios”.  

En 1993, G. F. desapareció. Circuló a toda velocidad una leyenda que todavía perdura entre todos los estudiantes que han pisado la Immaculada. Esta cuenta que fue apartado de la enseñanza tras escribirle una carta de amor a una niña de sexto de EGB. La leyenda es verdad. Este diario ha localizado a la receptora de la carta.

ESCONDIDA EN EL LAVABO

Una niña de 11 años, G., entró en el colegio de los Maristas de la Immaculada en el curso escolar de 1992-93. Según detalla a EL PERIÓDICO, sus recreos se convirtieron enseguida en un calvario porque G. F., un profesor que no le impartía ninguna clase aquel año, se encaprichó de ella. Se empeñó en que pasaran muchos recreos juntos "y a solas". Se autoproclamó su tutor y la obligó a recibir sus clases “de refuerzo” durante todos los recreos del mediodía. Aunque nunca sufrió “abusos sexuales”, se apresura a remarcar, se sentía “ tan incómoda” junto a él que escondía un compás en su bolsillo por si “necesitaba usarlo”. 

Pasados los años ha sido este detalle del compás el que ha hecho que tomara consciencia de hasta qué punto sabía con 11 años que aquellas sesiones cruzaban “límites” que la asustaban. A final de curso, comenzó a mostrarse “esquiva” con él, tratando de evitarlo escondiéndose en el baño de niñas, el único lugar en el que descubrió que podía protegerse de su 'tutor'. Su estrategia lo alteró y forzó que G. F. terminara mandándole una carta “inapropiada” que ella encontró en su pupitre. 

A los 11 años, G. ocultaba un compás en el bolsillo  para protegerse de G. F.

La chica entregó la misiva a sus padres. De entrada, “no creyeron que su autor pudiera ser un profesor”. De hecho, hizo falta que un maestro de la escuela se presentara en su domicilio para convencerlos de que la niña decía la verdad. Sus padres se quejaron a la dirección del centro, que al leer la carta terminó prometiéndoles que G. F. no volvería a mantener ningún contacto con su hija y que abandonaría la escuela próximamente.

M. A., la madre de G., ha confirmado el relato de su hija y ha añadido que esta necesitó apoyo psicológico a partir del incidente porque sus notas en Matemáticas, "excelentes hasta entonces", bajaron hasta "el insuficiente". 

G. F. salió de la Immaculada y pasó varios años en una residencia de la orden en Lleida. Allí se quedó hasta hace poco, cuando regresó a un colegio marista de la corona metropolitana como encargado de mantenimiento. Actualmente, tal como ha podido constatar este diario telefónicamente, sigue allí. G. F. rehusó hacer ninguna declaración.

CURAS INAPROPIADAS

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Sobre G. F. pesa al menos otro incidente "inapropiado", además de la carta enviada a G. y de los abusos que han motivado la denuncia presentada a los Mossos d’Esquadra. La sufrió otra niña, S., que calcula que tendría entre 7 y 8 años. En declaraciones a este diario, cuenta que tuvo lugar durante el recreo, a comienzos de la década de los 90. Esta alumna le pidió ayuda a G. F. porque le dolía “la tripa”. “Me llevó a la enfermería, hizo que me tumbara en la camilla, me levantó la camiseta y comenzó a restregarme un algodón con alcohol”, detalla. Al poco rato, le desabrochó los pantalones y comenzó a bajarle las bragas. La niña se sintió repentinamente “muy incómoda”. Logró huir incorporándose y asegurándole que ya estaba mucho mejor. “Años después me di cuenta de que aquello no era una actitud normal”, remarca.

Ni G. ni S. han denunciado estas conductas porque, aunque les causaron sufrimiento y miedo, no las consideran "delictivas". La denuncia ante los Mossos d'Esquadra la ha presentado una tercera alumna, por abusos sexuales.