09 jul 2020

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ANÁLISIS

El secreto de los maristas

La orden religiosa tapó de forma sistemática numerosas denuncias de abusos sexuales de menores en sus colegios

Luis Mauri

Un trabajador borra una pintada en el muro del colegio marista de Sants-Les Corts, tras estallar el escándalo de pederastia.

Un trabajador borra una pintada en el muro del colegio marista de Sants-Les Corts, tras estallar el escándalo de pederastia. / JULIO CARBÓ

Los maristas taparon por sistema numerosos abusos sexuales perpetrados por profesores contra niños de 7 a 16 años al menos en cuatro centros de la orden religiosa en Catalunya: los colegios de Sants-Les Corts y el Eixample, en Barcelona, el de Badalona y la casa de colonias de Planoles, en el Ripollès. La ocultación metódica de los delitos de pederastia se extendió al menos durante los años 70, 80 y 90, como ha podido corroborar EL PERIÓDICO.

La congregación se limitaba a trasladar a otros colegios a los docentes que acumulaban quejas por abusos, pero nunca, hasta el 2011, dio parte a la justicia. Y en la única ocasión en que lo hizo, ocultó a la jueza que el pederasta Joaquim Benítez había admitido el delito ante sus superiores, denegó información a los Mossos y no movió un dedo para indagar si había más niños damnificados. Ciertamente, la justicia tampoco le exigió más. Pero hay un dato relevante: para entonces habían transcurrido 27 años desde que, en 1984, otro docente pillara a Benítez masturbando a un niño en su despacho. Veintisiete años regalados. ¿A cuántos chiquillos más pudo agredir durante todo ese tiempo?

ENCUBRIMIENTO

Otro caso paradigmático de esta política de encubrimiento. En 1972, el director del colegio de Sants recibió la queja de una familia: su hijo era víctima de los abusos sexuales del hermano A. B. Este fue obligado a abandonar el colegio, pero no apartado de la docencia, mucho menos denunciado. Fue destinado a Madrid e Igualada, y en 1982 ya estaba de vuelta en Barcelona, en el colegio del Eixample.

Ese mismo año, la dirección de la escuela recibió una queja similar de la familia de otro alumno. Y se puso en marcha el mismo procedimiento. A. B. desapareció y anduvo por otros destinos antes de regresar a Barcelona, a la misma escuela del Eixample. Aquí, en 1994, se repitió la historia, ahora con una niña. Entonces, la dirección intentó convencer a la madre de que si algo había sucedido era a causa de los "provocativos" vestidos de la niña. A. B. se jubiló tranquilamente en el 2002.

¡QUÉ HONOR!

Otro caso significativo es el del profesor A. E., que ha admitido en una entrevista con EL PERIÓDICO que manoseaba los genitales de los niños encomendados a su magisterio. Tres de estos han relatado las agresiones de que fueron víctimas en el Eixample entre 1977 y 1993. La dirección recibió la primera queja conocida en 1977, pero no tomó ninguna medida. El pederasta pudo seguir cazando en las aulas del centro. En 1993, 16 años después, llegó una queja idéntica. Esta vez el director apartó al docente, pero exigió a cambio que la familia renunciara a denunciarle a la policía. Había que proteger el honor de la institución. ¡Qué honor!

Ya son ocho los denunciados, siete profesores (tres religiosos, entre ellos el subdirector de Sants-Les Corts, y cuatro seglares) y un monitor. El escándalo estalló hace un mes, a raíz de una denuncia contra Benítez, quien confesó sus delitos a este diario antes de ser citado por el juez. Además de Benítez y A. E., otro docente ha reconocido que abusaba de sus alumnos. Se trata de A. F., cuya confesión ha sido grabada por una de sus víctimas. En el 2011, el hermano Lucio Zudaire, denunciado por seis exalumnos por abusos cometidos en los centros de Badalona, el Eixample y Planoles, también reconoció sus crímenes en una conversación grabada por una víctima suya.

OSCURO MURO DE SILENCIO

La profusión de denuncias policiales (una treintena en cuatro semanas) y de testimonios periodísticos de víctimas y pederastas contrasta radicalmente con el oscuro muro de silencio erigido por la congregación religiosa. El hermetismo de los maristas encaja más con la orden de ocultación de los abusos sexuales que el Vaticano de Juan XXIII dirigió a los obispos en 1962 que con la exigencia de transparencia del papa Francisco.

Parapetados tras sendos comunicados de sus claustros y sus ampas (coincidentes ambos en la reclamación de que la prensa se aleje del caso: elocuente reclamación, pues sin la  prensa no habría habido caso), los maristas han denegado las innumerables solicitudes que este diario les ha dirigido para conocer su versión. Las preguntas siguen atronando en busca de luz. Pero de momento solo hay tinieblas.